El Vaticano en Arizona

El Vaticano tiene un observatorio espacial en Arizona, en Estados Unidos. Nosotros no lo sabíamos y nos parece una noticia sensacional que el Papa se dedique a estudiar el cosmos desde Arizona. Su director, el norteamericano y jesuita George Coyne, dice que en Arizona tienen el telescopio en una “montaña alta, donde el aire es límpido y transparente”.
Hemos descubierto a Coyne porque a finales de año dio una charla en el Vaticano. La conferencia era básicamente una explicación de la teoría del Big Bang y de cómo el universo sigue en expansión. Uno de los mejores ejemplos de Coyne para hacer comprender nuestra importancia en la edad del universo fue reducir sus 13.700 millones de años a un año. Así, si el universo hubiera empezado un 1 de enero, la Vía Láctea hubiera nacido el 7 de febrero y la tierra el 14 de agosto. El 4 de septiembre hubiera surgido la vida en la tierra. El 25 de diciembre hubieran aparecido los dinosaurios y el 30 de diciembre se hubieran extinguido. El día 31 de diciembre a las siete de la tarde empezaron a pasearse por el mundo nuestros primeros antepasados, pero el primer ser humano no hubiera nacido hasta dos minutos antes de medianoche. Dos segundos antes de fin de año, nació Jesucristo. Somos, por tanto, apenas diez segundos en la historia del universo.
Conley se pregunta si todo esto ocurrió por casualidad o por necesidad. Y responde que por ambas. Pero él añade un tercer elemento, que llama “fertilidad”: “El universo es tan prolífico en ofrecer la oportunidad para el éxito, tanto de la necesidad como de la casualidad, que una característica como la fertilidad debe ser incluida en la discusión”. Según Conley, “es la combinación de estos tres elementos los que mejor explican el universo tal y como lo ve la ciencia”. Con lo que “el universo no es un proceso casual y ciego, sino que tiene una dirección y un destino ‘intrínseco’. Con intrínseco quiero decir que la ciencia no necesita, ni de hecho puede metodológicamente, invocar un diseño como hacen los que defienden un diseño inteligente”.
Es este el punto más interesante del discurso de Conley. En Estados Unidos, hay un 50 por ciento de gente que cree que la historia de Adán y Eva y el Génesis es verdad. Conley lo lamenta: “¿Necesitamos a Dios para entender el origen del universo? Muy resumida, mi respuesta es que no. Uno tiene la impresión de que algunos creyentes tienen la íntima esperanza de que los huecos en nuestro saber científico de la evolución se mantengan para que así puedan llenarlos con Dios. Pero esto es justo lo contrario de lo que es la inteligencia humana. Tenemos que buscar la plenitud de Dios en la creación. No necesitamos a Dios; debemos aceptarlo cuando viene a nosotros”. Conley concluye que “Dios trabaja con el universo. El universo tiene una vitalidad propia, igual que un niño. Un padre debe permitir a su hijo que crezca, que tome sus decisiones, que haga su vida”. Así, el error del creacionismo americano es “reducir a Dios a un diseñador, en lugar de a un amante”.
Esto es lo que dice un jesuita a sueldo del Vaticano desde el desierto de Arizona. Es, al menos, sorprendente. No lo hemos visto en ningún medio de comunicación por aquí (aunque sí en alguno extranjero). A veces hay que estar atentos al Vaticano.

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