Charles de Foucauld y la mística del desierto

Carlos Eymar
Filósofo
La reciente beatificación de este profeta nos invita a recordar su vida en una ermita de arcilla.

El pasado 13 de noviembre, con la correspondiente proclamación de Benedicto XVI, culminaba con éxito la larga causa de beatificación de Charles de Foucauld, iniciada en 1925, siete años después de su muerte. Una causa cuya lentitud se debió, en buena medida, a la guerra de Francia con Argelia y a la hostilidad del gobierno argelino hacia las minorías bereber y tuareg por las que Foucauld había tomado partido con la esperanza de hacer presente allí el Evangelio. Si bien, al final, por entre los inevitables obstáculos, intrigas, calumnias y dificultades burocráticas, ha llegado a imponerse la transparencia de su vida que ya fue reconocida por Pablo VI con una mención expresa en su encíclica Populorum progressio. Allí se le exalta como misionero que, además de testimonio cristiano, elaboró un precioso diccionario de la lengua tuareg. Juan Pablo II también le puso como ejemplo de una verdadera evangelización realizada en el respeto y la escucha del otro. Pero quizás, su labor evangelizadora, tanto o más que con los tuaregs, la ha realizado Foucauld con nosotros occidentales mostrándonos la vía del desierto.
En el inicio de este largo camino está aquel pasaje del Evangelio de Marcos: “Enseguida el espíritu le empujó hacia el desierto” (Mc 1, 12). Irse al desierto en una época de corrupción de las ciudades fue visto, desde los primeros tiempos del cristianismo, como el mejor camino de crecimiento espiritual. El monacato primitivo, con todas sus grandes figuras como San Antonio, San Pacomio, San Simeón el estilita, exige una reacción contra la tibieza de los cristianos mundanos y destila toda su sabiduría en obras como los Apotegmas de los padres del desierto. Sólo el heroísmo del desierto podía dar respuesta a las exigencias del Evangelio y, así, San Jerónimo llega a decir que si el Espíritu Santo descendiera arrojaría de las ciudades a los monjes que viven en casa de sus padres y los llevaría a la soledad del desierto. Más tarde, en la España de finales del siglo xvi y principios del siglo xvii, en plena época contrareformista, tiene lugar un nuevo auge de la espiritualidad del desierto de la mano del Padre Tomás de Jesús, promotor de la vida eremítica en la reforma teresiana. Él es el inspirador de los desiertos carmelitas de Bolarque (Guadalajara), Trasierra (Córdoba) o las Batuecas, y de las llamadas “constituciones del Yermo” en las que se trata de regular la vida eremítica en un contexto conventual y en el más puro espíritu de Elías.
Charles de Foucauld puede inscribirse, con plena legitimidad, en esta tradición en el marco de la Europa colonialista de finales del xix. Su vida tiene todo el atractivo de la de los grandes conversos como San Pablo o San Agustín. Él, el subteniente de Saint Cyr, rico, disoluto e indisciplinado, comienza a sentir la llamada del desierto en sus primeros contactos en las guarniciones de Argelia. Luego vino la exploración de Marruecos y su conversión en la iglesia de San Agustín en París. Su vida de creyente es la de un nómada que se va adentrando cada vez más en el desierto de la soledad y la desposesión. Pasa por la Trapa, es jardinero del convento de clarisas en Nazareth, se ordena sacerdote y, por fin, llega a instalarse en una pobre ermita de ladrillos de arcilla seca junto al oasis de Beni Abbès. Imagina una fraternidad, pero nadie puede seguirlo en su ascesis. Es absolutamente pobre, pero, aún así, los pobres del desierto no cesan de llamar a su puerta. Su cuerpo demacrado, prematuramente envejecido, desdentado, subalimentado, somnoliento, ora sobre el suelo de tierra ante el altar iluminado por una débil bujía y presidido por una cruz de palo seco. Él, el hermano universal, el diseñador de fraternidades, muere solo, firme en su fe, asesinado por unos bandidos junto al fortín fantasma de Tamanrasset.
Hoy, para nosotros, el desierto sigue siendo ese lugar improbable, quimérico, de holocaustos y pasiones antiguas, pero también espacio apocalíptico que avanza lentamente sobre nuestras confiadas ciudades. Ante este horizonte de final de la historia, Charles de Foucauld es el profeta que nos invita a anticiparnos, a saltar la valla en sentido contrario y a internarnos hasta el corazón del desierto, auténtico núcleo de la luz.

Revistas del grupo

Publicidad