No comparto la visión pesimista

Jesús Castellano Cervera
Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe
De entrada, no comparto esa visión pesimista. Y tengo buenas razones. Pienso que por ahora la Iglesia no tiene otra opción que la de mantener viva la pastoral vocacional inteligente y audaz en la promoción, selección y formación de candidatos al sacerdocio. No veo que los signos del Espíritu apunten a otras soluciones radicales. Las cosas no están tan mal como se ven desde nuestra Iglesia europea. Empiezo por unos hechos.
Me gusta durante el verano ir por América Latina. El año pasado en Guadalajara prediqué el retiro anual a cuatrocientos y pico seminaristas del Seminario diocesano. Es verdad que la diócesis es grande, pero no es chico el número de candidatos al sacerdocio, teniendo en cuenta que tienen también casi 500 jóvenes en el Seminario menor. Este año he estado en Santiago de Chile. En el Seminario mayor había unos 80 seminaristas: también quizá son pocos para aquella diócesis, pero hay ganas de promover una pastoral vocacional en las parroquias y en la Universidad.
Este año estuve en Polonia para un Simposio Eucarístico en el seminario de Katowice. Hay más de 140 seminaristas mayores para una diócesis de millón y medio de habitantes. Este año habían entrado más de cuarenta jóvenes. Durante la misa y los encuentros miraba con envidia, pensando en España, a ese grupo de jóvenes piadosos, modernos, deportistas, con gran inquietud intelectual y misionera. Pero me dicen que hay otras diócesis más pequeñas como la de Tarnow que llega a más de 300 seminaristas. Lo mismo que nos interrogamos por la escasez de curas en otros lugares podríamos preguntarnos por estos hechos significativos que no hay que atribuir sólo a una especie de retraso cultural, ahora que en las naciones del Este también sienten los vientos de la secularización. Hay también un fenómeno importante en el conjunto de la Iglesia, que es la cantidad de vocaciones que nacen en el Camino Neocatecumenal. Me impresionó mucho en agosto de 2000, ver en el Circo Máximo como se “levantaban” cantidad de jóvenes que sentían la llamada, era empezar un camino vocacional. Algo semejante ha sucedido este año en Colonia. La cantidad de jóvenes que han dicho inicialmente su sí a un camino vocacional y el hecho mismo de que se haga esa llamada y se confíe a comunidades vivas el cultivo de esas vocaciones. Sin presumir, pero con realismo, miro las estadísticas de mi Orden, el Carmelo Teresiano, y veo que tenemos más de 900 jóvenes en formación, sobre todo en Asia. Este necesario contrapunto, que nos hace abrir los ojos más allá de una cierta miopía, centrada en la situación actual de España y de otras naciones de Europa, me sirve de trampolín esperanzador para hacer una serie de consideraciones.
Teniendo en cuenta que el amo de la viña es el Señor, que él llama a quien quiere y nosotros cooperamos con nuestra oración y nuestro ejemplo a esa pastoral vocacional del Señor, yo me preguntaría por el cómo, el dónde y el cuándo de esa colaboración con la gracia de la llamada. Ante todo creo que pecamos por negligencia al no proponer sistemáticamente a nuestros jóvenes la posibilidad del camino vocacional hacia el sacerdocio; faltando esa inquietud no apoyamos las semillas vocacionales que pueden estar vivas en tantos niños y jóvenes.
El dónde, naturalmente, es en la comunidad cristiana, empezando por la parroquia, en la pastoral de preparación a la primera comunión y a la confirmación, pero sin soslayar el ambiente de la escuela, en la pastoral de los acólitos. Hoy daría mucha importancia también al ambiente universitario como lugar de búsqueda.
El cuándo depende mucho de las circunstancias y de las personas. No excluyo la llamada desde la niñez que hay que mantener, cuidar y educar. Pero pienso sobre todo en la adolescencia y juventud, cuando el problema de la existencia y del sentido de la vida puede hacer que personas con idealismo y sensibilidad evangélica puedan recibir la llamada de seguir a Cristo en su Iglesia. Entonces es cuando a veces se espera ese impulso decisivo para una opción por el ministerio sacerdotal.
Pero no hurto el cuerpo a la pregunta crucial de la revista. ¿Y qué hacer allí donde de veras disminuyen los sacerdotes? Sólo tres sugerencias, además de cuanto ya he dicho. La primera, es la de favorecer comunidades donde la ministerialidad de los laicos sea más efectiva en todo lo que puede ser fruto y realidad del sacerdocio real, para que el sacerdote se dedique a lo que es suyo: cuidar y favorecer el crecimiento y la responsabilidad de los laicos en todas las funciones ministeriales que pueden ser propias de ellos, desde la catequesis a la administración. La segunda, aceptar por parte de los laicos esta escasez de sacerdotes a favor de una participación más consciente en comunidades que con gran sentido de responsabilidad mantengan la vida eclesial con la palabra de Dios y la oración, el tipo de celebraciones dominicales, menos numerosas y más participadas en cantidad y calidad, buscando mejores horarios; y aceptar también esas celebraciones dominicales en ausencia, o en espera de presbítero, como ahora se dice, presididas por laicos o religiosas, con la liturgia de la palabra y la comunión eucarística, cuando no se puede celebrar en su plenitud la Eucaristía, revalorizando teológicamente esta celebración como lo hace la Iglesia de Oriente y lo hace cada año la Iglesia latina de Roma el Viernes Santo. Y por último favorecer un intercambio universal de presbíteros, en favor de las Iglesias con menos vocaciones, abiertos a una experiencia de misión “recibida”, de ayuda aceptada con humildad y generosidad, de visión de una Iglesia universal en la que también esta ayuda mutua es signo de reciprocidad y de necesaria comunión de bienes. Cuando está en juego un bien tan necesario como es la Eucaristía y los otros sacramentos reservados a los presbíteros.

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