Sacerdotes, ¿para qué?

Josep A. Comes
Director de Iglesia Viva
A modo de “parche urgente”, lo que cabe hacer para paliar la escasez de sacerdotes es instaurar el diaconado permanente: hombres y mujeres, célibes o casados, de probada virtud y sentido común, que viviendo entre sus vecinos como uno de tantos se encarguen, en cada comunidad, de bautizar, casar, enterrar, predicar, dirigir celebraciones de la Palabra, distribuir la comunión eucarística, coordinar las distintas actividades pastorales. Y los pocos curas que vayan quedando que sean auténticos “epíscopos” que periódicamente visiten las comunidades, animen sus carismas, sobre todo la vocación propia del seglar en el mundo, celebren comunitariamente la eucaristía e impartan el perdón de Dios.
Pero yendo al fondo de la cuestión, antes de buscar las consabidas respuestas de que los curas se casen, las monjas celebren y sean ordenados hombres y mujeres casados la pregunta que hemos de respondernos todos juntos, ya y sin miedos, es: ¿sacerdotes para qué? Porque si es para reproducir todo el aparato clerical, patriarcal, piramidal y monárquico que padecemos hace siglos es mejor que el clero tradicional vaya desapareciendo. Dios proveerá. A la luz del evangelio y de los signos de los tiempos lo que ha de preocuparnos no es la escasez de clero, sino qué Iglesia estamos construyendo.
Es lícito y urgente pedir al Señor que envíe operarios a su mies; pero me escandaliza mucho comprobar que siendo ésta la petición más necesaria y frecuente en todas las comunidades no sea escuchada como cabría esperar.
Pedimos mal, ciertamente; pero no por las razones que daban los padres espirituales, sino porque en contradicción con lo que decimos en el Padrenuestro (y con el mismo ejemplo de Jesús en el huerto) no pedimos que se haga la voluntad de Dios sino la nuestra. Estamos tan seguros de cómo deben ser los sacerdotes (y las comunidades que han de dirigir) que tenemos hecho el retrato robot de ambas realidades y mostrándoselo a Dios le pedimos que se acomode a él y nos conceda ese tipo de sacerdote y de comunidad, no otro. Nosotros hemos decidido, no Dios, que sólo puede ser sacerdote quien sea varón, soltero y se comprometa a no casarse y que la iglesia sea una comunidad de desiguales en las que unos saben y mandan y otros aprenden y obedecen. A partir de ahí pedimos que Dios suscite vocaciones entre los niños y los jóvenes, pero en nadie más. “Que se haga nuestra voluntad”. No se nos ocurre dudar, ni un instante, de nuestro retrato ni nos preguntamos si Dios no tendrá otro. Como Dios sigue hablando a través de los signos de los tiempos me pregunto si la actual escasez de vocaciones al sacerdocio no será la respuesta de Dios que nos invita a buscar por otro camino.

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