El celibato obligatorio, la exclusión de la mujer

José Pérez Vilariño
Catedrático de Sociología de la Universidad de Santiago de Compostela
La emergencia de la mujer libre y autónoma es tal vez el hecho social de mayor envergadura a finales del siglo XX. Su rápido acceso a los niveles educativos más elevados y al mundo del trabajo rompe su clausura doméstica y desarbola las formas tradicionales de religiosidad, vinculadas a ella. A esta nueva luz, el celibato “obligatorio” del clero aparece como una insoportable sacralización de la exclusión social de la mujer. Los datos parecen indicar una situación en estado avanzado de cambio. Durante los últimos cuarenta años, los efectivos sacerdotales se han reducido y envejecido de forma drástica, mostrando una enorme dificultad para reclutar y retener a nuevos candidatos. En pocos años, su población llegará a contraerse hasta un 80 por ciento del total respecto de los años sesenta. El factor, señalado por los propios sacerdotes, con más peso en su decisión de abandonar el sacerdocio es la cuestión del celibato. Asociada a la disminución de sacerdotes se está produciendo un abandono similar de las prácticas tradicionales entre una mayoría creciente de fieles, que sin embargo no renuncian a su fe e incluso asumen nuevas formas de práctica religiosa.
En este entorno, resulta insostenible la vigencia de la norma de la exclusión de la mujer del sacerdocio jerárquico. Más aún, al menos en teoría, tal norma resultaría jurídicamente impugnable. Pero el sacerdocio femenino remueve fundamentos jerárquicos más profundos que la cuestión del velo. Por ello, resulta difícil establecer un calendario para su implementación práctica y definir una hoja de ruta única. La Iglesia Católica es una institución con dos mil años de implantación “transnacional”, con una enorme inercia organizativa, unida a una gran versatilidad y una inagotable panoplia de estrategias diferenciadas, que le han permitido sobrevivir en los entornos más adversos y más favorables. Baste recordar, a este respecto, que de hecho y desde hace ya muchos años existen países con sacerdotes casados. Una observación cuidadosa descubre un importante esfuerzo por abrir vías de acceso, más o menos transitables, hacia la suspensión del celibato obligatorio y el sacerdocio de la mujer. He aquí algunas pistas.
Si no acepta curas casados o mujeres ordenadas y dado el tiempo que exige la preparación de un sacerdote, al menos a plazo medio, la Iglesia tendrá que asumir un escenario con una penuria cada vez más grave de sacerdotes. Basta una hojeada a las casas sacerdotales abandonadas o convertidas en viviendas de turismo rural, por no hablar de los conventos vacíos o convertidos en paradores, museos o simples restaurantes y de los colegios religiosos transformados en servicios franquiciados en manos de laicos y con frecuencia con mayoría de mujeres. La disminución del número de curas supone una disminución del número de misas, de las posibilidades de contar con un confesor, escoger con libertad el día de la boda o bautizo, encontrar un sacerdote para administrar la unción a los enfermos y presidir un funeral. Pero también es evidente el enorme margen que ofrece una organización más eficiente de estos servicios y de aprovechamiento de los efectivos sacerdotales, que sobre todo en el mundo rural mostraban un importante nivel de subempleo. La generalización del modelo urbano permite un alto grado de concentración y de mejora de la calidad de la oferta religiosa, similar a la substitución del pequeño comercio por grandes áreas comerciales. A su vez, los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, permiten llegar a más sitios y personas.
La clausura de la mujer en el ámbito familiar y su vinculación a la estructura clerical de la Iglesia fue hasta hace poco la clave de la formación religiosa de las nuevas generaciones, por lo que la exclusión de la mujer y la cuestión del celibato sacerdotal aparecen como una cuestión que se sitúa más allá de los números. Mujer y familia, celibato sacerdotal obligatorio y exclusión social de la mujer, jerarquía patriarcal y formas clericales de vida religiosa han estado durante mucho tiempo formando un bloque sólido, que no permite modificar seriamente un elemento sin alterar las bases de los otros. En consecuencia, la actual alteración de la condición de la mujer, que no soporta ningún tipo de exclusión social, pone radicalmente en cuestión la exclusión religiosa legitimada por el celibato sacerdotal. La cuestión es cuánto tiempo podrá aguantar la Iglesia hasta convocar un nuevo concilio con esta cuestión en el centro de su agenda.

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