Cinco mujeres de Angola

Lola Mayo
Periodista y guionista de cine
Viajo a Angola entre febrero y marzo de este año, quiero conocer el proyecto de prevención de sida que Médicos del Mundo lleva adelante en la provincia de Benguela, en la costa del Atlántico. Grabo con ellos un documental durante 20 días y conozco a una docena de mujeres que me conmueven. Hablo de ellas ahora, y no de hombres, porque creo que las mujeres son la clave en la expansión y también en el control de la epidemia de sida. Algunas de ellas estarán en el documental, otras no. Por eso he querido dejar escritos sus retratos.
He llegado a Benguela en la estación de las lluvias, pero no llueve. Dicen que no ha llovido apenas este año, y estas mujeres que veo vendiendo tres plátanos o un montoncito de tomates en el mercado pasarán hambre si la lluvia no llega. Hoy no lo piensan; hoy, sudando, llenas de polvo con sus trajes de colores, sonríen, viven en el presente de una forma radical, inevitable, irracional casi. Si una vende tomates, ¿qué le queda más que venderlos? Si mañana no hay tomates para vender ¿qué podemos hacer hoy para que los haya, si la lluvia no puede inventarse?

ROBERTA COME APARTE
Roberta llega tarde. Me dijeron que vivía en la casa azul, una casa con una fachada celeste en un barrio de adobe de la ciudad de Benguela, pero en realidad vivía en la casa de al lado, una casa con una fachada de cemento y un interior caliente, angustioso. Se ha pasado la mañana tratando de conseguir una plaza de universidad para su hija, ha recorrido en moto-​taxi los 40 kilómetros que le separan de la ciudad. Roberta tiene 37 años, es seropositiva, acaba de tener un bebé que duerme bajo un mosquitero azul. Tiene los brazos marcados por manchitas blancas y los labios llenos de heridas. También parece estar muy cansada, se mueve despacio, parece triste pero decidida, una mezcla que no sé si es posible. Acaba de volver de Luanda, la capital, el único lugar del país donde las personas con VIH pueden recibir tratamiento antiretroviral. Si no pueden ir a Luanda, que está a ocho horas de viaje de Benguela, enfermarán de malaria o de tuberculosis –que son enfermedades que tienen cura– y morirán en pocos meses, porque su cuerpo no podrá defenderse. Pero Roberta es una enferma beligerante. “Cuando voy a un centro de salud me acerco a la gente que espera y les digo: hola, soy Roberta, soy seropositiva. Quiero que se den cuenta de que un seropositivo es una persona como ellos, que camina igual, que mira igual. Tengo suerte, porque la mayoría de las familias angoleñas abandonan a los enfermos de sida. Sé que mi familia no se va a ir, sé que me quieren igual, pero mi madre tiene miedo de que toque a mi hijo, de que le cambie de ropa. Por eso como aparte, en mi plato. Yo sé que el virus no se contagia de esa manera, pero mi madre es una anciana y todo esto es demasiado para ella.” Roberta habla de su enfermedad como si aquí no fuese una enfermedad maldita. Su hija de 18 años no entiende su libertad. Después de un rato, empieza a tirar piedras dentro de la habitación, no quiere que hablemos. “Cariño, déjanos hablar, si es sólo un rato”. Roberta sonríe muy triste y acaba saliendo fuera. A través de la cortina sólo vemos sus pies, sólo oímos la voz llorosa de la hija: “¿Para qué hablas con un periodista? ¿Para qué te sirve que lo sepa todo el mundo? ¿Es que te van a dar leche para el niño o te van a dar un trabajo?” Roberta vuelve. “Si pudiéramos terminar ya. Gracias. Está un poco nerviosa.” La chica prácticamente nos echa de allí, gritando: “La entrevista ya ha terminado. ¡Fuera!” Tenía toda la razón. Ni teníamos leche para su madre ni le íbamos a dar un trabajo. Sólo habíamos llevado al bebé unos peluches inútiles.

TUXA ME SIGUE
No sé cuántos años tendrá Tuxa, con su pelo rubio seguramente decolorado, sus bracitos largos y sus ojos de ratón. Tendrá siete, ocho. Llego a creer que no sabe o no puede hablar, siempre mira asustada y luego sonríe con todos los dientes, pero no dice nada. Cuando la conozco hace sumas en una pizarra apoyada en unas piedras. Me sigue, me sigue y me sigue, como hacen siempre los niños en estos barrios: caminar por África es siempre llevar a la espalda una nube de niños curiosos, impertinentes, saltarines, que te llaman “¡amiga, amiga!” Vi a Tuxa tres veces, en tres días distintos, siempre descalza y con la misma camiseta sujeta al cuello, trotando con otros niños entre charcos de pura porquería, cristales rotos, jeringuillas… Iba a escribir “restos de comida” pero en Angola no hay restos de comida. El último día estuve en el barrio de Tuxa viendo un partido de fútbol callejero, con aquellos chicos serios, patilargos, calzados con unas botas de fútbol agujereadas y con medias de lana hasta las rodillas. Tuxa vio el partido a mi lado. “¿Tú vas a la escuela?” Tuxa sonríe, dice que sí con la cabeza. Abre por fin la boca y me dice en un soplo “¿Y tú?” Le digo que no, que tengo que trabajar, que trabajo en la televisión. Entonces me mira fascinada y me dice: “¿Y en tu país se ve ‘Esmeralda’?” “Esmeralda” es una telenovela que en Angola sigue toda el mundo. Algunos se arremolinan todas las tardes frente a la única tele del barrio, la del bar. Otros siguen las peripecias porque otros que la vieron se las cuentan, un día tras otro. Le digo que no a Tuxa, y me mira decepcionada, qué tele será la mía si no ponen “Esmeralda”. Entonces le digo que se quede conmigo, porque antes de irme quiero darle una cosa, pero que no tiene que decírselo a nadie. Y entonces Tuxa, que yo creía que no hablaba, se marcha de mi lado para decírselo, bajito, a todo el mundo en el barrio. Y en un minuto hay diez, treinta, cien niños gritándome “¿¡Qué le vas a dar a Tuxa?!” Al principio sonríen, luego me rodean, gritando cada vez más fuerte: “¡¡A nosotros también!!” Tienen razón, me he equivocado, no puedo ofrecer algo a uno de ellos si no tengo regalos para todos. No es justo. Cojo a Tuxa de la mano, salimos del campo de fútbol en medio de las casas, pero los niños nos siguen, nos empujan, nos pisan, Tuxa tiene miedo y yo también “¿Qué le vas a dar, qué le vas a dar!” Me meto corriendo en casa de una mujer que conozco, le cuento lo que pasa y logra espantar a los niños a voces. Me quedo sola con Tuxa y le doy mi juguete, salgo de la casa, subo al coche. La mitad de los críos persiguen entonces el coche, la otra mitad a Tuxa, aterrorizada. Van a alcanzarla enseguida, es como si Tuxa llevase un tesoro. Cuando uno sólo come harina y agua, cualquier cosa es un tesoro. Pero es que yo le he regalado a Tuxa algo miserable: una Barbie.

UNA MUJER CARGA A UN HOMBRE
En la provincia de Benguela, cuando uno tiene una enfermedad que no se cura, una malaria resistente, una hepatitis, una tuberculosis, lo llevan al Centro de aislamiento, un edificio que parece un hangar, con el techo de uralita, donde pasará dos meses en observación. Si su enfermedad sigue sin evolucionar, a los dos meses le hacen al enfermo el test de sida. A los dos meses. En dos meses una de estas enfermedades oportunistas le ha dejado a uno en los huesos, irreconocible, quizá hasta más alto, como nos decían de pequeños, que uno crece cuando está en la cama mucho tiempo. Como este hombre a quien lleva a cuestas esta mujer desconocida. Este hombre ya es sólo brazos, piernas, piel, cráneo. Este hombre se está muriendo de algo, tal vez de sida, yo no lo sé, pero ¿qué hace tomando amoxicilina y un jarabe expectorante? La mujer lo carga en silencio, él se queja bajito, los dos son muy jóvenes, quizá son marido y mujer, quizá son hermanos, el hermano mayor de pronto convertido en niño pequeño, incapaz de moverse él solo. La mujer lo carga, así, como derramado en sus brazos, porque acaba de conseguir una cama para él, antes dormía en el suelo. En este lugar, seguramente, los médicos y las enfermeras hacen todo lo que pueden, pero es que la amoxicilina no lo puede todo. La mujer desconocida se sienta, lee una revista de un grupo religioso. En la portada dice “¿Qué nos traerá el futuro?”

DULCELINA CASI ES MINISTRA
‘El próximo septiembre habrá medicamentos contra el sida en todas las provincias de Angola.” Lo dice Dulcelina Serrano, directora general de Salud. No es ministra, pero casi. No le gusta que la entrevisten, pero tiene muchas cosas que decir. Acaba de contar un par de chistes verdes en la celebración del aniversario del Hospital Esperança, en Luanda, donde se administran los tratamientos antiretrovirales. Todos están muy contentos. Pero ahora, frente a los periodistas, permanece rígida. Nos recuerda que en Angola “sólo” el cinco por ciento de la población tiene sida. Es cierto, pero solo es una media. Hay provincias en el sur donde los enfermos llegan al veinte por ciento. Familias enteras. Antes de despedirse, Dulcelina transmite un mensaje de socorro: “Los gobiernos africanos no pueden sostener tratamientos tan caros. Necesitamos que las grandes empresas farmacéuticas rompan sus patentes ya”.

CAROLINA RÍE Y NO SE CALLA
Luanda es la ciudad con los atascos más grandes del mundo. En las guías de viaje no lo pone porque no hay guías de Angola. Angola acaba de salir de treinta años de guerra y a los turistas no debe interesarles un lugar donde quedan miles de minas, donde la vida es carísima y las calles son un inmenso basurero picoteado por gallinas. Se pierden hermosas playas y una gente muy divertida. Pero es que en este atasco llevamos seis horas. Seis horas en la misma ciudad, en la misma carretera, con cuatro carriles en el espacio donde cabrían solo dos, y niños que te venden absolutamente todo, para que aproveches el atasco: guitarras, cables para el ordenador, afrodisíacos caseros. Seis personas en un coche que nos ha prestado la Agencia de Cooperación Española.
Lo conduce Dinis, un chico angoleño del interior, sorprendidísimo de que a su lado viaje Carolina, cuando todo el mundo en el país sabe que esta chica tiene el virus del sida. Carolina ha salido en un anuncio de Unicef para defender la causa de los seropositivos y, por la calle, en vez de aplaudirla, la acusan. “Es mentira, no tienes sida, sales en la tele por dinero.” Dinis, en cambio, sí se cree que Carolina tiene sida, y me mira con los ojos abiertos cada vez que la abrazo. Es que es imposible no abrazar a Carolina, porque es dulce y valerosa, otra mezcla imposible. Tiene 27 años y lleva ocho con el virus. Ha tenido que viajar a Sudáfrica para hacer el tratamiento, porque su cuerpo ya ha creado resistencia a los antiretrovirales que se administran en Luanda. “Me gusta esto, hablar por otras personas, no me da vergüenza. Si cuando tengo malaria no me da vergüenza decirlo ¿por qué me tiene que dar vergüenza decir que tengo el virus del sida? La razón por la que nos discriminan tanto es que la gente asocia exclusivamente el virus con el sexo, ¡pero el sexo es algo que todos llevamos encima!” Dinis ya no puede callarse, creo que le preocupa tener a Carolina al lado porque ella es la mujer de uno de sus compañeros de trabajo, que es también chófer. “Tú dices que tu marido no es seropositivo, y eso no puede ser. ¿Tú duermes con él?” “¿Me estás preguntando que si hago el amor con él, no? Claro, con preservativo.” “Ya, pero también le das la mano, y le abrazas” ¡Carolina se muere de risa! “¡Si el sida no se transmite por tocarse!” Dinis está atónito, como si hubiese descubierto algo. “No es tan malo esto. Saber que tengo el virus dentro cambió mi forma de pensar, cambió muchas cosas para bien. El sufrimiento cambia a las personas. Vivir con el HIV no es fácil, pero siento que nada ocurre por azar, es como si yo viviese con el virus y tuviese una misión: ayudar a la gente a protegerse y reclamar a mi gobierno que tiene que haber antiretrovirales en todo el país.” Con toda su ternura, Carolina es famosa aquí por no callarse delante de nadie.
En un congreso internacional, Carolina, pequeña y sonriente, pero implacable, increpó al embajador de Estados Unidos porque hablaba de invertir en prevención, pero no en tratamientos. “Usted nos está negando la esperanza. Si a mí me dicen que tengo una enfermedad y sé que hay un medicamento para curarla pero me lo niegan, ¿cómo voy a tener fe en la prevención? En mi país las personas enfermas son siempre los pobres, y los pobres no se pueden pagar el viaje hasta la capital. Y entonces ¿qué les pasa? Se mueren”. Cuando la tarde cae, Carolina me invita a su casa a conocer a su niño de tres años. Sin luz, sin agua, a medio construir, alumbrada con velas. Recorre la casa a oscuras para buscar algo que pueda llevarme de recuerdo, una tela, una figurita. Al final me llevo un “secreto”, que es un murmullo bellísimo que su niño desliza en mi oído, para decirme adiós. Y eso que a su niño yo no le he comprado el balón que me había pedido, balones era lo único que no me vendían en el atasco.

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