Un año de Blázquez

Joaquim Gomis
Escritor
Cuando en marzo de 2005 resultó elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, la sorpresa fue general. Sorpresa y, para bastantes, esperanza. La de pasar de una CEE muy conservadora, identificada con sus altos cargos con excesivo protagonismo, poco sensible a la diversidad de situaciones en el conjunto de la Iglesia en España, a otra más moderada, atenta a las distintas y vivas realidades de la base cristiana.
Con todo, es preciso recordar que el cambio se consiguió por un escaso margen de votos. El cardenal de Madrid, Antonio M. Rouco, no consiguió su reelección por un voto. Había sido el gran protagonista en la guía de la CEE en los años anteriores y ahora quedaba marginado. Y en la lucha por su sucesión, afortunadamente –digo yo – , el arzobispo de Toledo Antonio Cañizares perdió ante Ricardo Blázquez (por 40 frente a 37 votos). Parecía una victoria del sector moderado, incluso aperturista, del episcopado español.
Y no es que Blázquez sea un prelado “progresista”. Se sabe su antigua historia de relación con el camino catecumenal fundado por Kiko Argüello, las reticencias con que fue acogido por nacionalistas del País Vasco. Pero allí, en Bilbao, se ha mostrado como un obispo dialogante, acogedor, trabajador por la paz y el buen entendimiento.
Si sorpresa y esperanza fue un año atrás –coincidiendo con la agonía de Juan Pablo II – , se puede decir que ahora la sorpresa es la contraria y lo que domina es la desesperanza. Porque de cambio en la CEE ninguno, más bien dominio y acentuación de las posiciones más conservadoras, beligerantes políticamente, con gusto por declaraciones y documentos que rozan el integrismo. ¿Qué ha sucedido? Unos acusan a Blázquez de inhibición, pero es preciso puntualizar que él cumple con lo que prescriben los estatutos de la CEE: el presidente no es un jefe de los obispos, sino un simple coordinador e impulsor. Quien manda y decide en cada diócesis es el propio obispo. Ya Joseph Ratzinger, cuando era simplemente cardenal, se quejaba de la pretensión de algunas conferencias episcopales de mandar sobre los obispos, relativizaba –e incluso criticaba– la manía de producir documentos con una pretensión doctrinal y moral que él ponía en duda.
¿Qué sucede, pues, en la CEE actual? Según la mayoría de opiniones, el fondo de la cuestión está en el dominio de los denominados “tres Antonios”.
Antonio M. Rouco Varela, que como cardenal arzobispo de la capital de España se sigue sintiendo jefe, especialmente en las cuestiones políticas (aunque debe notarse que bastantes de los sacerdotes de Madrid le valoran como pastor dialogante allí, “como un buen gallego” me dijo uno de ellos). Antonio Cañizares, arzobispo primado de Toledo, recientemente creado cardenal, cruzado en luchas tan diversas como la defensa de la unidad de España, las denuncias contra lo que han bautizado como pansexualimo en la sociedad española, el combate que lleva a organizar manifestaciones callejeras contra normativas gubernamentales sobre la enseñanza o el matrimonio entre homosexuales. De los tres Antonios es probablemente el más temible: tan simpático de trato como crecientemente empecinado en posiciones doctrinales y morales –y políticas– del más duro conservadurismo, con el apéndice de duro combatiente contra quienes discrepan. Y queda el último Antonio, el secretario y portavoz, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, el que aparece más en los medios: el problema es que aparenta y los medios interpretan como si hablara en nombre de los obispos, cuando no tiene ninguna autoridad para hacerlo.
La última y quizá decisiva cuestión sería preguntarse cuál es el papel de los obispos de las diócesis españolas en todo esta lucha de tendencias. La respuesta simplista pero clara sería: ninguno. Suelen tener escaso interés por lo que se dice y decide desde las alturas y organismos da la CEE. Su problema, su ocupación, es su diócesis. Los más conservadores –bastantes de los nombrados en los últimos años de Juan Pablo II– asienten y escriben pastorales en la línea de los tres Antonios. Los más abiertos, o simplemente realistas, calla y se dedican a su trabajo.

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