Mi primera película

Lola Mayo
Periodista y guionista de cine
Hace cuatro semanas que estrenamos una película. Cuando ustedes lean esto, habrá pasado algún tiempo más, y quizá no quede mucho rastro de ella en los cines; tal vez sí, y entonces habremos tenido mucha suerte. Ya la tenemos, puesto que muchas películas en España ni siquiera se estrenan. Es muy raro que la primera película de un director español esté en cartel más de dos semanas, y es muy raro estrenarla, como nos ha ocurrido, en la sección oficial del Festival de San Sebastián. Nuestra película se titula Ce que je sais de Lola (Lo que sé de Lola) y es sólo nuestra primera película larga. Antes rodamos cinco cortos, que también son películas, aunque a Javier Rebollo, el director, y a mí, todo el mundo nos recordaba que sólo seríamos mayores si rodábamos una película que durase más de hora y media.

‘Lo que sé de Lola’ se estrenó con mucho más ruido del que esperábamos, en un festival enorme, que apostó por una película muy distinta a las que solía seleccionar, en un cine enorme que nos dio un aplauso enorme, con los espectadores aplaudiendo como locos al final de la proyección y haciéndonos un pasillo por las escaleras del cine Kursaal, antes de atravesar, de verdad, una alfombra roja, y subir, de verdad, a una limusina.

El día había sido vertiginoso. Había empezado con un desayuno en la habitación de un hotel magnífico, con más de doce toallas en el cuarto de baño, muchas más de las que solemos usar. Después llegaron unos cincuenta periodistas para cincuenta entrevistas diferentes. A mí no me entrevistaron. “Nadie quiere preguntarle nada a los guionistas”, me explicó quien organizaba aquello. No le agradecí su sinceridad, a veces es mucho mejor que te mientan.
Siguió después una tortura innecesaria, el pase de prensa: una proyección a las 12 de la mañana en un ambiente frío, con el cine tan lleno como estaría por la tarde, pero con una atmósfera que a mí me pareció como una guerra. Me senté nerviosísima junto a uno de los productores de la película, y sentí como una bofetada cada vez que un espectador se levantaba, cada vez que una viejecita tosía o un niño estornudaba (¿para qué les traen al cine si están enfermos?), cada vez que algún miembro del jurado, encendía una linternita y apuntaba algo, murmurando algo (si no prestan atención, ¿para qué vienen? ¡se están perdiendo la mejor escena!), y mi estado de ánimo iba rodando por las escaleras del Kursaal, convencida del fracaso, de la equivocación, de la catástrofe. (Este cine se oye fatal, los subtítulos están entrando tarde, este tío de delante se está durmiendo, la de al lado tose por séptima vez, ¿si le doy un caramelo se lo tomará mal?) Por fin terminó y yo no quería mirar a nadie. Pero la mayoría de los espectadores, claro, no pensaban en la película, en mi película, sino en dónde se tomarían un pincho rico, o en que tenía que volver a la oficina.
El productor, que se había pasado la película completamente feliz, riéndose con todos los gags, y eso que la película no los tiene, me dijo con una sonrisa de verdad fantástica: “Bueno, qué estupendo pase, ¿no?” “¡Pero si se han levantado más de treinta personas!”. “Tendrían algo que hacer. En el cine caben 1.500 espectadores.” ¡Qué sería de los neuróticos sin los optimistas! Claro, por eso este señor nos ha producido esta película tan rara.
La tarde fue una agitación de vestidos de colores, todo el equipo de rodaje llegando a San Sebastián, emocionados, radiantes, felices como niños, llamadas de teléfono, entradas que faltaban, secadores de pelo, pintalabios, nervios, la deliciosa expectación que será lo que en adelante recordaremos. Todo esto al director le parece lo menos importante, pero yo pienso que, más que los grandes momentos, recordaremos la sensación de esperar esos momentos, la curiosidad por saber cómo serían, la desbocada invención de lo que ha de ser distinto, ni mejor ni peor, pero siempre otra cosa diferente a lo que ya no podrá ser, de ninguna manera, la ilusión de esperar el gran momento.
A la salida del hotel de las doce toallas, camino del estreno, una multitud nos esperaba. Bueno, a nosotros exactamente, no. En realidad esperaban a Lola Dueñas y Carmen Machi, las actrices de la película. Alguien me llamó de lejos: “¡Lola!” Un chaval de quince años oyó el grito y me saltó encima, histérico, rabioso, entusiasmado “¡Lola, Lola, por favor, un autógrafo!” “No…” “¡Por favor! Llevamos todo el día delante del hotel, por favor!” Tuve que explicarle que me llamo Lola, pero no Dueñas, y que yo sólo había escrito el guión. “¡Y Lola Dueñas dónde está, llevo todo el día aquí!” Todo eso, claro, le molestó muchísimo. Quise pedirle perdón por no ser la actriz, por ir al cine en autobús y no en limusina, por no cotizarme en el mercadillo de los autógrafos. Pero mi vestido también era bastante bonito, lo compré en una tienda estupenda, con descuento, y creo que parecía de marca.

La proyección fue magnífica, ya lo conté antes, fue estupendo escuchar los aplausos, saludar, pensar que aquello era lo importante, aunque lo realmente importante era, hace un año ya, haber empezado a rodar en París aquella historia de un hombre solo que se enamora de su vecina de al lado, aunque nunca le hablará, nunca se atreverá a llamar a su puerta para pedirle sal, o conversación, o caricias.
Todo empezó en realidad hace casi diez años, cuando rodábamos nuestro primer corto mientras empezábamos a escribir el guión del largometraje, cuando Javier y yo vivíamos en otra casa, y teníamos otro trabajo, pero teníamos, afortunadamente, los mismos amigos, unos chalados que, años después, hicieron con nosotros la película; cobraron poco, pasaron frío, pero se reían del mundo por las calles de París donde por entonces jóvenes negros y árabes quemaban coches para sacar de la oscuridad la miserable igualdad y justicia con la que desayunan cada día los expoliados de las grandes ciudades. La vida, a nuestro alrededor, seguía. Una película es bien poca cosa. Y una vez proyectada por primera vez, ya está de verdad terminada, y nada se puede cambiar, ya es más de los otros que tuya.

Cuando uno rueda una película, o escribe un libro, o produce cualquier cosa que requiera la mirada y reconocimiento de los otros, de pronto se da cuenta de que ha aceptado quedar expuesto al aire, dejarse criticar como un vestido zurcido, como una mujer desnuda en medio de una plaza. Teníamos miedo, pero los críticos han sido realmente buenos con nosotros. El estreno en San Sebastián les ha obligado a mirarnos. Nos han colocado frente a nuestra película, nos la han reescrito, nos han hecho volverla a pensar con los ojos de otros. Hay quien la ha considerado una película seca, fría. Otros se han enamorado de nuestro solitario en París, o han agradecido nuestra forma de contar su miseria. No olvidaremos las palabras del director Basilio Martín Patino, que se negó a entrar en nuestra fiesta tras el estreno, pero nos quiso conocer, diciendo con luminosa ironía: “¡Pero cómo os habéis atrevido a hacer esto! Esta cosa tan rara no me atrevo a hacerla ni yo. Mañana os van a hundir. Felicidades”. Y fue maravilloso ver en cada proyección a Fernando Lara, que dirigió el festival de Valladolid y hoy dirige el Instituto de Cinematografía: “Siempre vendré a veros. Yo soy un groupie”. Y leer las críticas de Carlos Heredero, que, aunque no es nuestro padre, ni nunca ha hablado con nosotros, dijo cosas maravillosas de la película. Otro escritor de cine, Miguel Marías, le encontró cinco mil defectos a la historia, aunque creo que un poco sí le gustó, pues se tomó el tiempo de contárnoslos en una carta de ocho folios con la que no estamos de acuerdo, pero que ha servido para entablar un diálogo que seguro que nos hará cambiar algo en la próxima película. Le contestamos con veinte folios, para compensar.
La película se está proyectando en doce cines de España, sólo en versión original en francés y con subtítulos, en salas pequeñitas. Nunca esperamos llenar los cines, pero muchos días lo hicimos. Nunca esperamos “hacer taquilla”, y la que hacemos es discreta, pero muy digna.
Pero es triste el momento en que una historia se convierte para siempre en un producto. Entras a ver tu película como un espectador más. El cine de la Plaza España de Madrid está a dos terceras partes, sientes que el público está entregado, que sale contento, que no se marcha hasta que sale el último crédito. Sólo tú sabes que están proyectando mal, que se han visto micrófonos toda la sesión, porque la sala no tiene la ventanilla de proyección adecuada y es probable que no vayan a comprarla. Sólo tú sabes que, aunque la sala esté medio llena, mañana quitarán la película de este cine, porque toca un estreno americano o español de los que salen al final de los telediarios, y en el que tiene intereses el dueño del cine, que además de exhibidor, es productor y es distribuidor.

‘Lo que sé de Lola’ acaba de verse en el Festival de cine de Londres, en dos proyecciones donde la gente se moría de risa, hasta cuando los protagonistas sufren o se mueren. Yo no creía haber escrito tantos chistes, en realidad creo que no hay ni uno, pero estos británicos los encontraban todos y después nos saludaban a la salida, y no dejaban de hacer preguntas en el coloquio, decidiendo ignorar el lado más trágico de la historia. Estábamos ya en el aeropuerto, con nuestras maletas embarcadas en el avión cuando nos llamaron diciéndonos que habíamos ganado el Premio de la Crítica, algo inesperado que no logramos digerir hasta el día siguiente, después de una noche hermosa donde Michel Ciment, uno de los grandes críticos franceses, nos entregó un diploma con un marco dorado. El diploma y su marco se perdieron en el aeropuerto de Barajas. Yo ya me lo imaginaba colgado en la pared de alguien que tacharía el nombre de Javier y pondría el suyo con un boli, pero dos días después el premio apareció, y ahora parecemos gente importante.

Y la película quedará en Madrid y en Barcelona en una sola sala, en sólo dos sesiones, pero de pronto oiré a dos locos comentándola en el metro. Eso quiere decir que existe. A la salida de ese metro un chico nigeriano vende cuatro películas piratas que lleva escondidas en un periódico viejo. No las vende para jorobarme a mí, que me dedico a hacerlas, es que con eso se paga la cama.
Y en ese mismo metro viajaba alguien con una historia que un día me gustaría contar, otro hombre solo, como el de nuestra primera película. En la segunda película habrá quizá un vagón de metro, un sábado por la noche, casi de madrugada, cargado con gente gritona que viene de divertirse. Un hombre mayor, digno, con una gabardina vieja, dirá: “Señores, buenas noches. Voy a recitarles un poema de Rosalía de Castro para ver si me puedo pagar una habitación”. Y con una voz tenue recitará esos versos que dicen: “Sombra que siempre me asombras”. El último verso será sólo un murmullo apagado por los que chillan. Algunos viajeros le darán una moneda, y él murmurará: “No hay manera. No puede ser. No escuchan”. Este hombre, que existe de verdad, estará quizá en nuestra segunda película. Al metro y al frío de las grandes ciudades siempre le falta un poco de glamour.

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