Michael Fish:

Jordi Pérez Colomé.
Periodista
Michael Fish es director de vocaciones del monasterio New Camaldoli The Hermitage, en la región del Big Sur de California (Estados Unidos). La hospedería dispone de quince habitaciones, de las que cinco son caravanas aisladas. Ofrece además otras cinco para religiosos y sacerdotes. Las habitaciones –que son todas individuales y cuestan un “donativo sugerido” de unos 50 euros por noche– se llenan con seis meses de antelación; las caravanas, con un año. Esta afluencia fecunda nos ha animado, para este número sobre laicos y monasterios, a ponernos en contacto con Michael Fish, a través de un suscriptor que lo conoce. Fish es sudafricano y fue redentorista en su país hasta hace diez años, cuando se trasladó al Hermitage para convertirse en monje. Allí parece haber encontrado su camino y echa una mano a quien se acerca. En esta entrevista telefónica nos cuenta cómo lo hace.
–¿Qué buscan los laicos que van a un monasterio?
–Nuestro primer objetivo como comunidad es la hospitalidad. No ofrecemos charlas, sino espacio, silencio y soledad. Esto es lo que es nuevo para la gente que se acerca. A los hombres y mujeres modernos les cuesta vivir en un lugar en el que haya silencio y estén solos. Las mujeres son más valientes que los hombres. En general suelen afrontar el silencio y la soledad con más naturalidad. Los hombres al llegar tienden a estar nerviosos, pero una vez lo han experimentado pueden quizá llegar a mayor profundidad que las mujeres.
–¿Qué tipo de gente viene?
–Son una mezcla. La mayoría son personas de mediana edad y entre un 40 y un 60 por ciento no son católicos, aunque algunos son de otras tradiciones cristianas. Son personas que buscan algo profundo en su interior. Esta búsqueda es un fenómeno que está relacionado aquí –no sé en España– con la mediana edad, hacia los cuarenta años. Es una edad que trae una cierta crisis. Vienen a buscar un mayor significado en ellos y también qué pueden hacer en este mundo, con todas sus complejidades. Entre los no católicos, un 40 por ciento no son practicantes y vienen a buscar espiritualidad. Lo mismo sucede con los católicos que han dejado la Iglesia y que sienten necesidad de algo más. A menudo éstos ven el monasterio como un lugar no muy vinculado a la institución.
–¿Como algo periférico?
–Exacto. A través de un monasterio es más fácil para este tipo de personas acceder a lo divino.
–¿Por eso puede haber más diversidad en los monasterios que en las parroquias?
–La diversidad en un monasterio es mucho más grande que en una iglesia, sí. Gente de todo tipo se siente instintivamente atraída por la mística de un monasterio.
–¿Por qué no van jóvenes?
–Otra vez voy a generalizar, pero diría que es por dos motivos. Primero, las generaciones jóvenes han sido educadas en un medio ruidoso y les cuesta estar en silencio. Y segundo, en la cultura norteamericana de hoy el nivel de madurez tarda más en desarrollarse que hace veinte años. Hoy un joven de 25 años, a menos que sea excepcional, no tiene demasiada conciencia de su yo interior y no tiene mucho interés para él buscarse a sí mismo, porque tampoco tiene demasiada experiencia de vida. Se junta por tanto el temor al silencio y soledad con la innecesidad real de hacerse las grandes preguntas.
–¿Qué preguntas son?
–Diría que son tres. La primera: ¿quién soy? Quién soy yo en lo más hondo; en el mundo uno no tiene la oportunidad de descubrirlo entre la competitividad y superficialidad que le rodea. La segunda: ¿por qué soy yo? ¿Por qué estoy yo existiendo en este planeta en el año 2006? Y la tercera: ¿quién o qué es lo trascendente o lo divino?

Un papel en el mundo
–¿Cómo se ve desde dentro del monasterio este incremento de visitantes laicos?
–Estamos muy contentos y animados por este creciente interés porque, aunque no atraigamos a gente joven, de algún modo esto significa que el monasterio tiene un profundo papel en la Iglesia y el mundo. Esto es muy importante porque no se trata sólo de estar aquí y rezar por el mundo, sino que ofrecemos nuestra contribución. Así que la comunidad está entusiasmada por toda la gente que viene hasta el Hermitage y con toda la gente que se afilia a la comunidad a través de nuestro programa de oblatos. A pesar de ser nosotros sólo 20 monjes, este programa nos enlaza con más de seiscientas personas en todo el mundo que quieren vivir este tipo de vida, lo que nos da mucha energía. Porque aunque haya debilidad en el grupo de monjes, que nuestro estilo de vida sea tan atractivo, nos dice que hacemos algo bien. Lo que no esconde que haya una crisis en las vocaciones religiosas: a la gente le apetece venir a pasar unos días a un monasterio, pero no quieren quedarse aquí de por vida.
–¿Cuál es esa ‘debilidad’ que hay en el grupo de monjes?
–En los años 50 parte de la elite de una sociedad podía dedicarse a la vida religiosa. Luego este porcentaje se redujo y se acercaba a la vida monacal gente a la que le puede resultar muy difícil adaptarse a vivir aquí dentro.
–No es fácil ser monje.
–No, por supuesto que no. Y una de las cosas más difíciles es sobrellevar la comunidad, relacionarte con los hermanos, aprender a vivir con ellos y aceptarlos tal como son, con sus diferencias.
–¿Es más difícil vivir en comunidad que la soledad?
–Sí. La soledad puede ser una enorme escapatoria de la realidad. Aunque si la gente se refugia demasiado en la soledad, puede empezar a caer en la depresión.
–¿Esta es una de las razones por las que es tan difícil conseguir vocaciones?
–Es una de ellas. La otra es que hay tantísimas opciones hoy para los jóvenes.

Sin libros y a pasear
–¿Qué les dice a la gente que viene aquí?
–A los que vienen por tres o cuatro días y que quieren ver a un monje al principio les pregunto qué han traído con ellos. Muchos me responden que unos cuantos libros espirituales. Yo les pido entonces si son tan amables de enseñármelos. Cuando me los traen suelo decirles si me permiten quedarme con los libros. A cambio les doy una buena novela. Ellos se sorprenden, y entonces les pido lo siguiente: ‘Prefiero que no vengas a la oración de las cinco y media de la mañana con los monjes; quiero que camines, si puedes, arriba y abajo por la colina, unos seis kilómetros, quiero que descanses más, que leas la novela y que empieces a fijarte en lo que empieza a aparecer dentro de ti. Y lo escribes’.
–¿Por qué esta requisación de libros?
–La idea central de la soledad no es poner información en nosotros, sino escuchar lo que Dios dice en nosotros. No poner información de fuera adentro, sino escuchar de dentro afuera.
–Si eso es así, ¿por qué leer una novela? ¡Es información!
–Para evitar que uno se asuste demasiado al estar solo. Además la novela va acompañada de la idea de descanso y ocio. Ayuda a que no haya ninguna expectativa para el tiempo en el monasterio. Así en lugar de leer, leer y leer, e intentar pensar, de repente uno sólo tiene que descansar, pasear, dormir. Y además con el permiso de un monje.
–¿Sin ninguna otra indicación?
–A menudo también les doy una botella de vino y les digo: ‘Quiero que al atardecer mires la puesta de sol y te bebas una copa de vino con Dios’. Es difícil creer la diferencia 48 horas después cuando vuelven a hablar conmigo: sonríen, están relajados y están más preparados para hacerse esas preguntas. A menudo la gente viene aquí tan agarrotada que el único modo de afrontar esa tirantez es leer libros espirituales. Y entonces no pasa nada.
–¿Y luego?
–Les digo que sigan haciendo esto, pero que cojan ya el Evangelio del día y les pregunto: ‘¿Qué dice eso al Dios que hay en ti?’
–¿Qué es un monje?
–Me gusta la definición de Thomas Merton, que consiguió hablar de esta vida en un lenguaje más moderno: ‘Un monje es un hombre o una mujer que se compromete al cien por cien al viaje interior’.
–¿Qué es el viaje interior?
–Convertirse en quien en realidad somos: integrado, pleno, liberado. Esto significa convertirse en un ser humano pleno. ¿Y quién es para nosotros cristianos el ser humano pleno? Jesús. Así el viaje interior es averiguar quién en realidad somos y convertirnos en la presencia de Jesús en el mundo. Sigue Merton: ‘El Espíritu Santo está unido a nuestro yo más íntimo. La presencia del Espíritu en nosotros hace de nuestro ojo, el ojo de Jesús y de Dios’. Qué bonito. Esto es lo que invito a la gente a hacer aquí.
–¿Qué papel tiene el cuerpo en este viaje interior?
–El cuerpo es el gran olvidado. En el pasado hemos llegado a ver el cuerpo como un ‘enemigo’, cuando en realidad es nuestro ‘amigo’ en el camino de la integración. El Verbo se hizo carne, piel, humano y así hizo sagrada nuestra humanidad, nuestro cuerpo, nuestra sexualidad. La ‘nueva espiritualidad’, creo, no puede dejar fuera el cuerpo y debemos encontrar un camino para escucharlo y hacerlo un colaborador en nuestro camino.

Las otras tradiciones
–¿Qué pueden aportar otras tradiciones?
–Aquí tenemos encuentros con monjes budistas y monjas hindús. Lo que hemos averiguado con ellos es que, aunque procedamos de distintas religiones, como monjes tenemos más cosas en común que diferencias. Aunque nuestras religiones sean distintas. Tenemos en común un amor por la soledad y el silencio, un compromiso para la oración, la cuestión del celibato, las dificultades de la vida en comunidad, la llamada de la simplicidad y el deseo de ser una presencia de lo divino en el mundo. Como cristianos y católicos hay muchas cosas que podemos aprender de otras religiones porque a lo largo de los años la Iglesia católica se ha convertido en muy activa o masculina en su mirada a las misiones y al trabajo, mientras que las religiones orientales son más contemplativas o femeninas. Estas religiones nos invitan a encontrar en nosotros la dimensión pasiva, más que la activa. Muchas de las religiones cristianas u otras denominaciones se han convertido en algo muy intelectual y pesado, mientras que las orientales tienen una maravillosa simplicidad en cuanto a la espiritualidad y lo divino.
–¿Cuál es la contribución de un monasterio al mundo exterior?
–Los monasterios son islas de esperanza y del reino de Dios en nuestro mundo. Como nosotros, en el monasterio, estamos tanto tiempo escuchando la palabra de Dios, el silencio alrededor nuestro y en nosotros y porque escuchar está en el centro de la regla de san Benito, creo que estamos preparados para escuchar a los que vienen aquí. Los monasterios se han convertido en lugares de diálogo entre gente que no es oída o entendida fuera y también entre personas de distintas religiones. La tradición en esta orden es que la vida de cada monje debe ser equilibrada. Este equilibrio se consigue a través de los tres bienes: la comunidad, la soledad y el servicio. Lo interesante para mí es compartir estos tres bienes con los que vienen aquí. Lo más importante hoy para todos es encontrar ese equilibrio. Cuando se encuentra, se encuentra paz.
–¿Cómo sabe uno que ha llegado a esa armonía?
–Instintivamente tomas conciencia de que hay una presencia en ti mayor que tú. Nuestro cuerpo nos lo dice, nuestro corazón nos lo dice. Nos convertimos en personas nuevas porque empezamos a notar esta presencia. Con ello viene una confianza que ayuda a mirar en este mundo de ambigüedad. Es algo que se convierte en esperanza y amor. Crece la creencia de que el mundo no es todo malo porque hemos encontrado algo bueno dentro de nosotros. Es un amor hacia nuestros hermanos y hermanas y hacia toda la creación. Es la esperanza de que no todo es tan oscuro como parecía porque cada vez más gente encuentra este tesoro.
–¿Lo ha encontrado?
–Lo estoy encontrando. Aunque no creo que sea capaz de encontrarlo del todo. Estoy descubriendo el placer de lo divino en mí y quiero gastar mi tiempo ayudando a la gente a encontrar su tesoro.

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