He descubierto que no creo

Pablo Duque san Juan
Neuropsicólogo
Me han preguntado por qué voy a un monasterio muchas veces. Y mi contestación ha sido variopinta. Comencé a ir al monasterio de San José de Batuecas (entre Las Mestas y La Alberca, justo en la frontera entre Cáceres y Salamanca) en el año 2000, a raíz de una conversación que tuve con mi amigo Alejandro. La razón: probar. Desde entonces he vuelto unas cuatro o cinco veces. Mis estancias son de varios días y nunca he estado más de diez. Allí he conocido a una de las pocas personas por las que merece la pena luchar, por las que merece la pena seguir confiando en el ser humano: el padre Ramón. Todavía conservo una imagen muy nítida de su rezo oculto en una esquina oscura de la iglesia. Me quedé allí, mirando a lo lejos, casi extasiado, como el que ve a Dios.
En ese monasterio he leído y estudiado, he compartido rezos y pesares con los monjes, he comprendido cosas que era incapaz de comprender de mi paso por este mundo y –sobre todo y ante todo– he descubierto que no creo en Dios. ¿Les sorprende? Gracias a la paz que allí se respira, a la sensación de “no pasa nada”, a la libertad que nunca he encontrado en mi juventud y mi primera adultez, comprendí, como diría Vattimo, que creía que creía. Fue dando un paseo por el monte, divisando el monasterio desde una de las ermitas que antaño ocuparon los ermitaños y ahora están derruidas. Lo comprendí de repente, como se sabe que se está enamorado: no se puede explicar pero se sabe. Me sentí libre, en contacto con la realidad y despierto. Sigo yendo a ese monasterio y sigo rezando con los monjes (he entendido que rezar no significa, por mucho que diga el diccionario de la Academia, dirigir oraciones a Dios). Ese lugar forma parte de mi vida. ¿Quieren más razones?

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