La vida subversiva carmelita

Carlos Eymar
Filósofo
Mi primera estancia en un monasterio se produjo allá por el año 1975, a los 23 años, en un momento vital de plena expansión y de abundancia de proyectos, justo cuando uno necesita dar respuesta a la pregunta: ¿adónde voy? Permanecí casi un mes, envuelto en la brisa cantábrica, entre los trapenses de Cóbreces (Santander), participando de lleno en la vida monástica. Por supuesto en el rezo del oficio divino, pero también en las tareas del campo como la recogida de nabos, la limpieza de los surcos del maíz o la fabricación del queso. El recuerdo de ese idílico mes me ayudó a mejor sobrellevar los sinsabores de mi vida adulta. Al cumplir los 50, cuando uno ya sabe adónde va, se encuentra menos urgido por las demandas familiares y se comienza a preparar para bien morir, decidí pasar un mes en el desierto carmelita de las Batuecas. Desde entonces suelo acudir a él con cierta frecuencia, unas tres o cuatro veces al año. El contacto con la naturaleza y con la vida subversiva de los carmelitas, es una fuente inagotable de paz y de energía espiritual.
Pienso que frecuentar un monasterio, o detenerse en él en determinadas etapas del camino de nuestra vida, es la mejor forma de que ésta termine por adquirir la densidad y la seriedad que le corresponden. Es también el mejor antídoto para sobrevivir a los regalos y frivolidades del idiotizado y ruidoso mundo que habitamos. Pero ser amigo de los monasterios, además de visitarlos, significa ayudar a que se mantengan en pie y estar agradecido a esos hombres excepcionales que han recibido la extraña vocación de habitarlos a lo largo de buena parte de su existencia.

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