A la cárcel, no

Un periódico español publicó en noviembre una entrevista con el presidente de un célebre club de automovilistas. El titular era éste: “Quien conduzca bebido, ¡a la cárcel!” La frase completa del entrevistado de la que el periodista había sacado el titular, era: “Hay que endurecer penas para infractores, convertirlos en apestados sociales, ¡a la cárcel quien conduzca bebido o a altas velocidades, o atropelle a un peatón! ¡Penas de prisión!”, concluía.
No vamos a discutir las penas que debe recibir un mal conductor, y nos resulta difícil aclarar qué es un “apestado social”, pero sí que nos disgusta la idea de la cárcel como solución. Reclamar la cárcel a la mínima demuestra al menos dos cosas: que no sabemos qué significa estar encerrado y que como sociedad somos incapaces de mejorar sin recurrir a amenazas.
Un periodista de El Ciervo entró hace poco en dos cárceles y habló con sus funcionarios (lo publicamos en noviembre). En una de estas charlas, el director de un centro penitenciario dijo: “Aquí dentro no quiero ver a ningún conductor borracho. A esos que los lleven a trabajar unas horas al día a un centro para discapacitados”. Esto sería lo que se conoce como una medida penal alternativa. Nos parece un mejor remedio, un mucho mejor remedio –más barato, más útil, más lógico– que la cárcel.

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