Pinochet, Saddam

A finales de año murieron dos presidentes célebres por sus fechorías: Augusto Pinochet y Saddam Hussein. Fallecieron, como es sabido, de modo distinto.
Pinochet murió primero, y lo hizo en la cama de un hospital, a los 91 años y por un paro cardiaco. Que terminara sus días apaciblemente parece haber sido una mala noticia para algunos. No es así. Que el hombre muera en la cama, no significa que su legado deje huella. Además de a sus crímenes, el nombre de Pinochet irá unido al caso que inauguró la persecución de dictadores fuera de su país. La extradición que pidió el juez Baltasar Garzón cuando Pinochet llegó a Londres en 1998 y que la Casa de los Lores inglesa aceptó ha cambiado la justicia internacional. Pocos presidentes acusados de crímenes podrán viajar ya alegremente fuera del país donde residan. Pinochet se va también de un país en paz. Los pocos seguidores que podía tener se esfuman mientras se descubren sus cuentas corrientes en el extranjero. Si Pinochet hubiera muerto de un modo más violento, algunas de estas cosas habrían sucedido de otro modo. Su memoria podría haber sido conservada como la de un mártir. Ahora sólo fue un dictador corrupto.
Saddam Hussein murió en cambio en la horca acusado por unos crímenes que debió cometer o imaginar. Leímos en las crónicas que murió insultado por sus verdugos, a cara descubierta y “dignamente”. Se ha dicho que una sociedad como la iraquí no hubiera entendido otro final para Saddam. Quizá sea así. No lo sabemos. Pero el destino final que se le dio le concede un aura que antes no hubiera tenido. Si hubiera afrontado su larga lista de culpas ante un tribunal, si su país hubiera visto cómo se reconocían los delitos de su régimen, Irak podría haber empezado a curar alguna de sus heridas. La muerte de Sadam en la horca las deja abiertas. Muchos podrán enarbolar aún su bandera. La violencia –la pena de muerte lo es– sólo trae más violencia.
Es curioso que ambos dejaran cartas póstumas. La letra de Pinochet llamaba a los chilenos “amigos sin exclusión”. Lo más curioso es el final, donde dice: “Yo voy a misa y comulgo. Nunca dejo de pensar en las heridas abiertas”. Vaya. Sigue con un deseo humano: “Cómo me gustaría andar en las calles, saludando, consolando, ayudando… Mi destino es un tipo de destierro y soledad que jamás hubiera pensado, y menos deseado”. Es castigo notable. Sin embargo justo después se declara “orgulloso” del levantamiento militar de 1973, “sin pizca de vacilación”. Le puede al final el orgullo. Y concluye: “De repetirse la experiencia hubiere deseado, sin embargo, mayor sabiduría.” Qué razón tiene.
La carta póstuma de Sadam, si verdadera, era en gran parte un recuerdo ridículo de lo grande que fue: “Muchos de vosotros habéis conocido al propietario de esta carta por su sinceridad, su honestidad, su pureza y su genuina preocupación por su gente, por su sabiduría, su visión y su justicia”. La lista es larga. De nuevo al final, sin embargo, Saddam lanza un mensaje de esperanza: “Os pido que no odiéis porque el odio no deja lugar a una persona para ser justa”. Y un poco más adelante: “No odiéis a los que hacen el mal, odiad la semilla mala y luchad contra el mal como se merece”. Este mensaje está rodeado de monsergas, pero es lícito recuperarlo, y más de un hombre que iba a morir.

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