Seis avisos para aprendices de místicos

Dolores Aleixandre
Religiosa y teóloga
«Dios empeñado en ser humano y nosotros empeñados en ser místicos”, (“espirituales” dice en su versión primitiva la sentencia apabullante de Federico Carrasquilla). ¿Y si un místico fuera entonces alguien empeñado en ser humano, que estira (ensancha, ahonda, sondea, expande) hasta el extremo los límites de su humanidad y, precisamente ahí, vive el encuentro con Dios y hace una experiencia parecida a la que cantaba Moustaki hace mucho tiempo: “Je ne sais pas où tu commences, tu ne sais pas où je finis” (No sé dónde empiezas, no sabes dónde termino)?
Hablar de lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo de lo humano y sus alrededores tiene la ventaja de ser un lenguaje que resultaría familiar a aquellos hombres y mujeres del tiempo de la Biblia que trataban de contar, como podían, algo de lo que había significado para ellos la presencia invasora de Dios en sus vidas, pero que al oír la palabra “místico”, hubieran dicho:
–¿Mande?, poniéndose la mano en el pabellón de la oreja para que se la repitieran otra vez. Porque no sabían filosofía, el pensamiento abstracto les venía grande y no se les daba bien definir ni argumentar de manera sistemática, pero tenían un imaginario poderoso y unos sentidos aguzados por el contacto con la realidad material y concreta de la que nunca recelaron.
Imaginemos algunos de sus avisos y recomendaciones dirigidos a ese “aprendiz de místico” que somos cada uno de nosotros:
Pégate a la realidad porque, como la tierra que esconde un tesoro, es portadora de la presencia de Dios: le tienes tan cerca como el pan de cada día, como la savia que nutre al sarmiento en la vid, como la sombra del árbol que te cobija. Se pega a ti como el cinturón que se adhiere a tu cintura, está tan próximo como los pasos de un caminante a tu lado, como el hombro del amigo en el que puedes apoyarte para escuchar sus confidencias. Su amor es mejor que el vino, por eso le conocerás mejor tratando de gustarle y saborearle que pensando en él. Puedes escalar el Horeb o el Tabor para buscarle, pero tendrás que aprender a escuchar su Palabra en las plazas o en el taller del alfarero, porque es entre los hijos de los hombres donde prefiere pronunciarla.
Despierta tus oídos y tus ojos. Su voz puede resonar como el rugido de un león o como el rumor de un silencio tenue. Se te comunica en el centro de ti mismo y también en el florecer de los almendros para recordarte que, lo mismo que no eres tú el responsable de que llegue la primavera, tampoco lo eres de la fecundidad de su Palabra, porque de eso es Él quien se encarga.
Si te pregunta: –¿Qué ves?, no intentes levantar los ojos para contemplarle: mira hacia abajo, hacia los lugares en que la vida de un pobre vale menos que un par de sandalias y no te sorprendas al descubrir cuánto le inquieta que devuelvas a tu hermano antes de la caída de la tarde el manto tomado en prenda porque si no, ¿dónde dormirá y cómo se defenderá del relente de la noche?
Vive a la vez alerta y tranquilo: no tengas miedo pero mantente vigilante, porque puede presentarse de improviso y llamar a tu puerta en medio de la noche. Si le abres, entrará y cenará contigo; si le dejas, te llevará al desierto para hablarte al corazón o para atraerte violentamente con las correas de su amor. Su palabra te sabrá en los labios dulce como la miel, pero quizá te queme las entrañas como un fuego. Después de encontrarle te irradiará el rostro, pero si te atreves a luchar con él, te dejará cicatrices.
Cuida tu corazón y escúchale porque su voz te indica los caminos de vuelta a tu casa, a ese centro de ti mismo, donde eres más tú que en lo que haces o piensas. Ahí encuentras lo único necesario: tu Padre, que está escondido y te infunde su Aliento para que todo tu ser se vaya concentrando y haciendo afín con su Hijo. Aprende a estar y a permanecer ahí, a fluir desde su misericordia y apasionarte por su mundo, a respirar el nombre de Jesús como un perfume que se derrama.
Adéntrate en otra sabiduría, disponte a dejar atrás como un manto viejo, tus propios saberes y certezas. La semilla del Reino crece sin que tú sepas cómo y aunque las cañadas que atraviesas te parezcan oscuras, puedes confiar en que tu pastor sabe a dónde te lleva. Según él, a la ganancia se accede por el extraño camino de la pérdida y es la puerta estrecha la que desemboca en la anchura del gozo. Porque él contempla ya la espiga en el grano de trigo hundido en tierra y escucha el llanto del niño que nace cuando la mujer grita aún por el dolor del parto: deja que te descubra las posibilidades de vida que se esconden allí donde parece que la muerte ha puesto la última firma.
Acoge tu nombre único: lo tiene tatuado Dios en la palma de su mano y te lo entrega grabado en una piedrecita blanca, como tu modo irrepetible y singular de vivir en comunión de vida con él. Alégrate: estás invitado a participar en el banquete del rey y el lugar a su derecha no está reservado.

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