El corazón puro

Raimon Panikkar
Hasta tiempos muy recientes (y aun hoy en día algunos así lo piensan) la mística se consideraba un fenómeno más o menos extraordinario, algo aparte del conocimiento “normal” del ser humano, un “algo” especial –sea patológico, paranormal o sobrenatural. Pero la mística, no sólo como yo la entiendo, sino como se va interpretando cada vez más y así lo corroboran los grandes místicos de todos los tiempos, no es una especialización (que es una característica del pensar occidental moderno), sino una dimensión antropológica que pertenece al mismo ser humano. Todo hombre es místico –aunque demasiado a menudo sólo en potencia, debido a la banalización de la vida moderna. La auténtica mística no es la fuga a “otro mundo”, no deshumaniza, no es una alienación. Nos hace ver que nuestra humanidad es más (no menos) que pura racionalidad.
Lejos estamos del mythos del siglo pasado, que podríamos simbolizar en las dos grandes figuras de Sigmund Freud y Romain Rolland (además de otros muchos): el primero viendo en la mística un fenómeno psicológico de evasión, y el segundo, un atributo antropológico de sensación oceánica. En ambos casos, sin embargo, la mística se asimilaba a lo primitivo y se consideraba ajena a lo mundano. Los nombres de S. Radhakrishnan, S.N. Dasgupta, M. Eliade, L. Lévy Bruhl, M. Blondel, H. Bergson, R. Guénon, W. James, A. Huxley, Ph. Sherrard, R. C. Zaehner y tantos otros, representan una reintroducción de la mística en el terreno de la reflexión filosófica de los últimos tiempos –sin mencionar la legión de nuestros contemporáneos ni la noción tradicional de la filosofía, que era esencialmente una noción mística, no reducida a opus rationis.
Sea de ello lo que fuere, la experiencia plena de la Vida sería la experiencia mística en su aspecto más genérico y también más profundo.
Uso la palabra “vida” en lugar de “realidad” por ser más inmediata y cercana a la experiencia. En el fondo dicen lo mismo, pero mientras “realidad” es un concepto que hay que explicar, la “vida” es algo que experimentamos directamente; participamos en la Vida aunque la reflexión luego nos diga que somos seres (vivientes) que participamos en el Ser. Nuestra experiencia es la de la Vida.
Para esta experiencia integral, esto es, íntegra (intocada por cualquier facultad reflexiva) de la vida, se requiere tener despiertos nuestros tres ojos. La euforia moderna del racionalismo (no digo de la razón) ha acarreado la atrofia del tercer ojo, que es el de la fe (cuando ésta no se ha reducido a creencia). “Fides enim est vita animae” (La fe es pues la vida del alma), escribió Tomás de Aquino. La experiencia mística sería aquella que nos permite gozar plenamente de la Vida. “Philosophus semper est laetus” (el filósofo siempre está lleno de gozo), escribió el místico Ramón Llull; ananda (gozo) es uno de los nombres propios de la Trinidad del Vedanta (aunque otra versión diga ananta, infinitud). La fe es “la alegría de la Vida”, se atreve a decir el mártir Justino.
Si tuviera que esbozar con mis palabras esta experiencia integral de la vida diría que es la vivencia completa tanto del cuerpo, que se siente vivir con palpitaciones de placer y dolor, como del alma, con sus intuiciones de verdad y sus riesgos de error, añadida a las fulguraciones del espíritu que vibra con amor y repulsión. La experiencia de la Vida no es sólo la sensación fisiológica de un cuerpo vivo; tampoco es exclusivamente la euforia del conocimiento tocando la realidad, ni el efluvio del amor participando en el dinamismo que mueve el mundo. La experiencia de la Vida es la conjunción más o menos armónica de las tres consciencias antes de distinguirse por el intelecto. Esta experiencia parece mostrar una armonía especial –que llamaría trinitaria. No es nunca un puro placer sensible o una sola intuición intelectual, como tampoco un mero éxtasis inconsciente. “La condición humana” nos acompaña siempre. La experiencia de la Vida es corporal, intelectual y espiritual al mismo tiempo.
Igualmente hubiéramos podido decir que es material, humana y divina –cosmoteándrica. Sentirse vivo, si no nos atolondramos, es sentir la Vida en su plenitud dentro de nuestra limitación concreta. Por eso he incluido la consciencia de los contrarios de dolor, error y repulsión, aunque frecuentemente agazapados en el subconsciente de nuestras mismas vidas. Describir esta experiencia como la experiencia mística, no supone el reduccionismo de rebajarla a un conjunto de tres vivencias porque no son tres –sin excluir una jerarquía en esta trinidad. Son la trenza de una experiencia única –que incluye también la experiencia del morir. “Cada día muero” (apothnêskô, que es verbo), dice san Pablo. A quien tiene miedo a la muerte o es egoísta, se le escapa la experiencia de la Vida. Por eso el único requisito para la experiencia mística es tener el corazón puro.

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