Mejor la sobriedad

Lluís Foix
El concepto de austeridad me parece excesivo y difícilmente compatible con la convivencia entre quienes no lo practican. Prefiero la sobriedad que puede ser más adecuada para vivir sin adornos innecesarios y superfluos. Procuro practicar la sobriedad no consumiendo más agua de la necesaria en las abluciones matutinas. Agotar la pasta de dientes hasta que no quede nada. Tener sólo un recambio de cepillo de dientes. No comprar nuevos zapatos hasta que uno de los dos pares que dispongo esté inservible. No comprar un nuevo coche hasta que el que utilizo me amenace con dejarme tirado en mitad de un trayecto. Sigo los consejos de Valentí Fuster comiendo un poco menos de lo que me gustaría. Camino un rato cada día y los fines de semana recorro unos treinta kilómetros de mi ciudad en bicicleta. Usar la ropa hasta que llegue a cansar a quienes me rodean. Una colección amplia de calcetines y camisas que me permitan cambiarlos cada día. No comer nunca solo en un restaurante y no buscar el más lujoso, el que sea más caro, o el que esté más de moda cuando soy el que invita.
No suelo ser sobrio en las corbatas ni en los libros. Me cuesta tirar las corbatas y nunca me desprendo de los libros, con las dificultades consiguientes de espacio en mi domicilio. Regalo los relojes, plumas, agendas y videos que se amontonan en las estanterías y armarios en las fiestas navideñas. ¿Y el dinero? Esta es la gran cuestión. No tener más del necesario para vivir una existencia sobria sin preocuparme de un futuro, siempre incierto, que no depende del dinero. La sobriedad me parece imprescindible para administrar el tiempo de que dispongo. Es lo que más dificultades comporta porque el tiempo no es mío sino también de los demás. Estoy muy lejos de esta meta.

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