Me resulta antipática

Fernando Rey
El concepto “austeridad” me resulta, de entrada, antipático. Sólo oírlo me invita a ser libertino y hedonista, comparable a las ganas de comer que entran ante la mera insinuación de la palabra “dieta”. El pedigrí de la palabra no puede ser peor.
Según el Diccionario de la Real Academia, “austero” es, en su primer significado, “agrio”; en segundo lugar, “retirado, mortificado y penitente”; después “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral”; y sólo en último y cuarto lugar, “sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”.
Desconfío de los austeros o, por decir mejor, de los que recomiendan “austeridad”. No creo, además, que tal astringente actitud tenga, a pesar de las apariencias, pedigrí auténticamente cristiano. A Cristo le acusaban sus detractores, entre otras cosas, de no ser austero en la comida o la bebida. Una cierta lectura del cristianismo (en la que coinciden, curiosamente, conservadores y progres) ha sostenido sin desmayo las virtudes de la austeridad como virtud. En parte, creo, porque se solapa con actitudes que sí tienen raíz cristiana, como la sencillez, la pobreza o la humildad. En cualquier caso, la austeridad sólo tendría sentido como “medio” para llegar a la unión con Dios y no como “fin” en sí misma.
En ese contexto, incluso yo podría admitirla. Y también lo haría, descendiendo (si eso resultara posible) de la interpretación teológica a la antropológica, por un egoísta cálculo hedonista (o, mejor dicho, epicúreo). En efecto, Epicuro y sus amigos del jardín invitan a un cálculo sensato de los placeres: “Es mejor soportar algunos pesares a fin de gozar de placeres mayores. Y conviene privarse de determinados placeres a fin de no sufrir dolores más penosos”. Epicuro es partidario de la templanza por inteligencia: los placeres desordenados no aportan serenidad, no son útiles; los placeres impiden el placer.
Platón había comparado la existencia del ansioso e insaciable buscador de placeres con el vano ejercicio de las Danaides en el Hades, condenadas a acarrear agua interminablemente en vasijas desfondadas. Así pues, admitiría la austeridad sólo como gimnasia de una suerte de hedonismo inteligente.

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