La penitencia de confesar

Joaquim Gomis
Del comité de redacción de esta revista surgen muchas posibilidades de temas a tratar. A veces llegan a puerto, con mayor o menor fortuna. Con frecuencia, se quedan como propuestas que no acertamos a concretar. Lo cual no significa que no fueran interesantes. Me temo que eso sucederá con uno de los sugeridos: la confesión. O, quizá, mejor formulado como pregunta: ¿por qué hoy hay desafección hacia la confesión?
No pretendo hablar aquí de ello. Esto es un intento de diario personal y es de mis experiencias de lo que me gusta hablar. De cuando un servidor, hacia los años 6070, ejercía de confesor. El resumen es lo que indica el título: confesar es habitualmente una penitencia. El penitente, por lo menos entonces, se iba con una leve penitencia del rezo de un padrenuestro y unas avemarías. Pero al confesor le tocaba aguantar pacientemente a veces horas de un bla-​bla casi siempre insignificante y repetido. Ya sé que la culpa no era de los buenos cristianos que se sentían obligados a confesarse, sino de la educación recibida. Pero uno tenía la impresión que la vida real no pasaba por allí.
Explico anécdotas porque con frecuencia son lo más expresivo. Los años en que estuve de coadjutor (vicari, en catalán) en un pueblo cercano a Barcelona, únicamente cuando me divertía confesando era en las vísperas del primer viernes de mes (entonces existía la leyenda de que comulgando nueve primeros viernes de mes, uno aseguraba su salvación). Y desde las escuelas nos traían multitudes de niños y niñas, chicos y chicas, a confesar. Especialmente, los que venían de las entonces denominadas “escuelas nacionales” (es decir, públicas), que acogían al sector más popular del pueblo, con casi nula formación cristiana. “Burro, imbécil, estúpido”. Alguno, más libre, añadía: “Hijo de puta”. Eso solía ser el inicio y final de su confesión, especialmente entre los chicos. Primero me sorprendí pero pronto comprendí que no me lo decían a mí sino que les habían enseñado que debían decir “los pecados” y para ellos era eso. Lleno de buena voluntad, intentaba decirles que eso no era importante, y les preguntaba sobre cómo se portaban con sus padres y sus amigos. Las respuestas eran sinceras e incluso divertidas. Pero allí esperaba una multitud y no había tiempo para más que una leve exhortación a portarse bien, como ellos querían que los otros se portaran bien con ellos.
Con todo, años después, descubrí que aquellas confesiones no siempre eran inútiles. Una joven, siempre sonriente y al mismo tiempo activa reivindicadora en el comité de su empresa, dijo ante el actual párroco de mi pueblo: “Joaquim me ayudó mucho en mi adolescencia, porque cuando me confesaba siempre me decía: ‘No te preocupes, esto no tiene importancia, tú tranquila’”. Yo no lo recuerdo, importancia no la debía tener, pero pienso que esa es la principal tarea del confesor: perdonar como Dios siempre perdona y tranquilizar.
Las confesiones con los adultos solían ser mucho más aburridas. Era cuando el oficio de confesor era más una penitencia. En aquellos años, había beneméritos cristianos que se confesaban cada domingo, antes de la misa. Y cada semana decían lo mismo, casi siempre insignificancias. Era inútil intentar decirles que aquello no tenía importancia. Venían porque querían cumplir y tranquilizar su conciencia. Pero uno tenía la impresión que aquello no era una celebración del sacramento de la conversión (que es lo que significa penitencia). Y, por ello, no me extraña que años después, la práctica de la confesión haya entrado en crisis profunda.
Me quedaría por confesar dos historias que quizá reflejan la cara y cruz de lo que era la confesión. Una, diría que cómica, la de una señora que cada domingo venía a acusarse de que había robado un huevo en la casa donde servía y le pagaban poco. Otra, trágica, en Florencia, donde una joven me expresaba su angustia porque le habían obligado a abortar: con mi precario italiano también intenté tranquilizarla. No sé si lo conseguí, pero me ha quedado grabado para toda la vida. Querida, desconocida hermana: que Dios te haya ayudado mucho más de lo que yo procuré.

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