Cómo se destruye un pueblo sin que pase nada

Jordi Pérez Colomé
Si existe un lugar más complicado para coger un barco que el muelle de Pengshui, donde hay que llegar tras cruzar un puente colgante y atravesar dos kilómetros de una mina llena de desvíos y que es un simple sendero que da al agua, no conozco ese lugar. El taxi que me ha traído se ha ido, nadie más espera, llueve y no hay ningún barco a punto de zarpar. A lo lejos, en una barcaza, alguien sale a cubierta. Grito si van a Gongtan, mi destino. Responde que no y señala la otra orilla. Allí, a unos cien metros, veo un coche, personas y un barquito. Pero, ¿cómo cruzar?
La situación es compleja. El taxista me ha dicho que de aquí sale un barco que no veo, el pueblo está a unos veinte kilómetros y no hay nadie a quien preguntar. Vuelvo a gritar al marinero. Le pregunto si ellos me llevarían y dice que no. Me mira extrañado: ¿qué hará este aquí?, parece pensar.
Los minutos pasan y las soluciones se reducen. ¿Qué hacer? Es un amanecer con niebla, lluvioso, el río baja con mucho caudal y en las orillas hay, sobre todo, barro. Llega un coche. Me abalanzo a su ventanilla y pregunto por Gongtan. Son pasajeros también y cuentan que el barco sale de la otra orilla, pero antes de remontar río arriba cruza y recoge a los que esperan aquí. Menos mal. Ellos aguardan dentro el coche y como ven que me mojo, me prestan un paraguas de colores. El barco viene al cabo de un rato y se detiene ante un lodazal. Para subir hay que hundir los pies en puro barro. Una mujer con su hija, que parece más señorita, clama que por ahí no pasa. Nadie le hace mucho caso y al final se enfanga ella también. El barquito va lleno. Son campesinos que van de un pueblo a otro. Muchos fuman y prefiero viajar en cubierta. El paisaje es extraordinario, son las gargantas del río Wu. Dicen que son más bonitas y menos visitadas que las célebres Tres Gargantas del Yangzi.

Gente, gente, gente
A lo largo del río, a los lados, se elevan laderas de montañas, verdes, alguna cascada. A menudo, en alguna roca esperan dos o tres personas. ¿De dónde saldrán? No se ven casas, no se ven pueblos, y sin embargo alguien vive aquí. Esta es una de las características que más impresiona de China: hay gente por todas partes. A menudo en mis viajes por China, desde la ventanilla del tren o del autobús, he jugado a contar cuántos segundos paso sin ver a nadie. Nunca supero el medio minuto.
Gongtan es un pueblo sobre el río Wu, en la provincia de Chongqing, en el centro de China. Lo descubrí en una web de turismo en inglés. Nunca había oído hablar de él ni salía en las guías de viaje que utilizo. En la web había fotos y lo describían como “una reliquia intacta de arquitectura tradicional en un paisaje impresionante y lo bastante remoto como para ser poco visitado”. Algunas de las casas tenían cuatrocientos años.
Planeé parte del viaje para pasar por ahí. Días antes de salir, en julio, miré de nuevo la web. Leí todos los textos con más atención y descubrí al final esta frase: “Tragedia: este magnífico pueblo aislado será inundado antes del final de 2007 por la construcción de una presa”. El texto había sido escrito en 2003. ¿Habría llegado ya la tragedia de 2007 a Gongtan? El año aún no había terminado. Miré otras webs chinas en inglés y parecía que ya había ocurrido: en abril o mayo de 2007 se habría destruido el viejo Gongtan. Pero nada parecía seguro. No había fotos del pueblo, sí de gente que abandonaba sus casas. Decidí mantener el recorrido, por curiosidad.

Una ciudad bulliciosa y llamativa
La presa que iba a destruir Gongtan tiene que alimentar la ciudad de Chongqing. Chongqing es el puerto fluvial más grande de China y está destinado a ser uno de los centros del crecimento del interior chino. Las grandes ciudades chinas hasta hoy están todas en la costa o cerca: Beijing, Shanghai, Guangzhou, Shenzhen. A su alrededor están las regiones más prósperas. El gobierno procura ahora hacer crecer también el interior.
En mi camino hacia Gongtan pasé por Chongqing. Es una ciudad levantada entre dos ríos, con calles empinadas y rascacielos. No tiene nada particularmente bonito, pero como todas las ciudades chinas, es bulliciosa, lo que la hace llamativa. Por Chongqing paseaba por descuido con la mochila abierta. Un niño quiso meter la mano y un joven de unos quince años se lanzó a evitarlo. Cuando me giré, le estaba riñendo y el joven me miró como para pedirme disculpas. Dije “gracias” y me alejé discreto. He estado otras veces en China y los mayores peligros que he pasado han sido sólo este tipo de carterismo poco profesional.
Desde Chongqing paso seis horas en un autobús para llegar a Pengshui, que es una pequeña ciudad de provincias. Cuando llego, dejo las cosas en un hotelito digno por el que pago seis euros y, para pasar el rato, busco un lugar para mirar internet. Lo pregunto por la calle a gente joven. Al final uno rapado y con varias tiritas en la calva me acompaña. Cuando le digo que soy de Barcelona me recita los nombres de varios jugadores del Barça. Está tan contento de que hable con él en chino, que me paga internet.
A pesar de estar en un lugar alejado de toda gran ciudad, todo es lujo. Mármol, butacas, ordenadores nuevos. Me siento y mi colega de al lado empieza a charlar conmigo. Veo que se entretiene con un juego virtual en el que tiene que comprar cosas. Me enseña su truco para pagar sus compras: son los números de tarjeta de crédito, con sus direcciones, de seis norteamericanos. ¿Cómo las ha conseguido? Me mira como si fuera ingenuo. Los ha comprado a un hacker, que los birla en internet, por 10 yuanes (1 euro) la dirección. Ahora mismo utiliza los datos de un tal John de Raleigh, Carolina del Norte. ¿No tiene miedo de que le pillen? No, no pone su nombre en ninguna parte y gasta sólo pequeñas cantidades que le permiten seguir jugando. Lo hace con toda naturalidad. Pero de repente calla: llega su novia, que no sabe nada.
Es hora de cenar y me siento en un puestecito en la calle. Empieza a llover y me refugio bajo un toldo. Tengo que compartir mesa con una pareja, porque están todas ocupadas. Son médicos, de Wuhan, la tercera ciudad más grande de China, se acaban de licenciar y están aquí con un contrato de cinco años. Ganan 2.000 yuanes al mes (200 euros) cada uno y pagan de alquiler sólo 1.200 al año (120 euros) por un apartamento en el centro. Todo es baratísimo, pero se aburren. En Pengshui no hay nada que hacer, salvo ver la tele. No hay cines, no hay discotecas, no hay bares y son las nueve y todo lo que se oye es un poco de música en la plaza del pueblo, que está medio a oscuras. Antes de despedirme, les pregunto si están casados. Dicen que no, y él mira con picardía. Hace unos años la convivencia de una pareja sin matrimonio hubiera sido impensable. La coacción social lo impedía. Ahora no pasa nada, y estamos en el interior de China, en provincias.

Al pueblo en motocarro
Llego con la barcaza a Gongtan y bajamos una docena de personas. El barco sigue río arriba. Un motocarro nos sube al centro del pueblo por diez céntimos de euro. El pueblo sólo tiene una calle y desde aquí no se ve si aún existe el viejo Gongtan. Mientras camino veo que más abajo, hacia el río, faltan casas. No lo quiero creer. Busco aún una de las posadas que estaba en el casco viejo. Pregunto a una pareja y me dicen: “Estaba abajo”. Miro por el espacio que separa dos casas y todo está destruido. No queda nada en pie, sólo montones de escombros. Más abajo, a escasos metros, baja el río con una fuerza tremenda. Llueve bastante y espero que el nivel no suba porque con esa fuerza se lleva todo por delante.
Me alojo en el único hotel del pueblo. Está desvencijado, como si lo hubieran dejado a medio construir. No hay nadie en la recepción. Espero, llamo, grito, abro algunas puertas y al final sale una joven que se pone los zapatos. Serán 12 euros por la habitación. Subo a ducharme y en la ventana no hay cristales. Con los bichos que ya hay dentro, sólo falta que no haya ventana. Pido que me la cambien y les parece rara mi petición. Pero me cambian.
Antes de volver al pueblo, pido a la recepcionista qué ha ocurrido con el pueblo viejo, pero calla. Yo sonrío y, de repente, empieza reír a carcajadas y se tapa la boca. Le da risa. ¿Y la gente?, pido. Se han ido a otro pueblo un poco más arriba, dice. ¿Les han dado dinero? Sí, pero no sabe cuánto. Un poco más arriba, en el cruce que hace de estación de autobuses hay un enorme cartel con el mapa de Gongtan; todas las casas que debían ser derruidas están numeradas.
El pueblo sigue su vida. Hoy es martes, son las doce del mediodía, y me asomo a una terraza donde en cuatro mesas juegan a dominó. Me miran. Paseo por el pueblo y las tiendas están abiertas, pero nadie trabaja mucho. Es otro ritmo. Pregunto a otras personas por la suerte del pueblo viejo, pero la mayoría no contesta, y menos a un extranjero. Una mujer me dice que algunos de los que vivían abajo ahora viven más arriba, en el mismo pueblo. Les habrán pagado una indemnización y cada familia habrá ido donde ha podido. La duda es si les habrán dado suficiente. Nadie quiere hablar.

Pero las cosas cambian
La secuencia de los hechos parece clara. El gobierno tiene que construir una presa porque necesita más electricidad. Como esto hará que el nivel del agua suba, algunos pueblos de las orillas podrían inundarse, así que hay que eliminarlos. La opinión de los afectados no cuenta. Que el pueblo sea una preciosa reliquia del pasado, tampoco.
China ha apostado por la energía hidroeléctrica como alternativa al carbón, que contamina y representa el 67 por ciento del consumo del país. La hidroeléctrica es más limpia, pero supone perjuicios ecológicos, movimientos de gente y destrucciones de pueblos. No hay decisiones fáciles. Por ahora el gobierno dispone e impone las presas. La opinión de organizaciones y afectados no cuenta.
Pero las cosas pueden cambiar. En el pueblo de Gongtan, remoto, pobre y con poca gente afectada, la tarea ha sido fácil. Pero en los últimos meses se han hecho célebres otros casos. En Xiamen, en la costa, ciudadanos convocaron unas manifestaciones por móvil contra una nueva fábrica química. Los productos usados podían, decían los convocantes, causar leucemia. El gobierno estaba en contra y prohibió ir a los funcionarios. Pero ya no hay sólo funcionarios en China. La creciente clase media depende poco económicamente del gobierno, que a su vez no se atreve a lanzar el ejército contra esas manifestaciones. En Xiamen, el gobierno claudicó y no hubo planta.
Algo parecido ocurrió en Shanghai. El secretario general del Partido quería construir un tren rapidísimo hasta Hangzhou. El proyecto obligaba a destruir miles de casas y además no era necesario: ya hay trenes rápidos de Shanghai a Hangzhou. Hubo movilizaciones y peticiones. El proyecto se detuvo. No sólo por la presión de las clases medias. En un país donde las luchas de poder están ocultas, cualquier excusa es buena para echar a un secretario del Partido y poner otro. Pero los chinos encuentran nuevas maneras de expresar su desacuerdo. El gobierno, a veces, se ve obligado a escuchar. No es democracia, ni mucho menos, pero al menos no usan violencia. O se usa menos.

Si eres extranjero, eres rico
Visto que hay poco que ver, al día siguiente salgo de Gongtan. Voy a Fenghuang, a doscientos kilómetros de aquí. Nadie sabe exactamente cómo ir: está demasiado lejos y muy pocos habrán salido más allá de unos kilómetros a la redonda. El chófer de la furgonetilla de seis plazas que hace de autobús y que me llevará hasta una aldea cercana juega con un móvil Motorola mientras charla conmigo. Me dice que yo soy rico. Le digo que él cómo lo sabe: “Eres extranjero”. Le respondo que tiene un móvil mejor que el mío. “Me lo han dado con los puntos”, dice. Pero yo insisto:
–Tú eres más rico que tus padres, ¿verdad?
–Sí, eran campesinos.
–¿Y tus hijos serán más ricos que tú?
Asiente y ve que su país progresa. Para concluir le digo que en China hay muchos más ricos que en mi país. Queda satisfecho.
En el siguiente pueblo, pregunto de nuevo por mi destino. En la estación de autobuses, unos se preguntan a otros y me colocan en una furgoneta más grande que no sé dónde va. Al cabo de una hora me dejan en una estación que parece de autobuses, pero que resulta ser de trenes. Pregunto de nuevo y como nadie sabe bien, va viniendo gente a verme; estoy en un lugar remoto. Me rodean, sin exagerar, unas treinta personas. Al final el más listo me dice que para ir a Fenghuang coja un tren hasta Tongren y de allí vaya a Fenghuang. Pero faltan tres horas para el tren y prefiero tomar una alternativa: ir en moto hasta otro pueblo y de allí tres autobuses más.
En el lugar donde me deja la moto, Longtan, falta una hora para que salga el autobús y resulta que hay también un casco antiguo. Voy a dar una vuelta: así sería más o menos Gongtan. La gente sigue viviendo aquí como hace décadas. Las condiciones no son las óptimas y habría que mejorar muchas cosas. Quizá algún día. El progreso de momento sólo ha llegado a esta región para llevarse por delante un pueblo remoto, Gongtan.

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