LAS DUDAS DE UN PROFESOR. Sólo se puede enseñar cultura, no bondad

Enrique Moreno Castillo
El sueño del humanismo es el de una enseñanza que configure el espíritu del alumno respetando su libertad y dándole una formación cultural que constituya una posibilidad de mejora humana: de interiorización, de profundidad, de inteligencia, de capacidad de salir de sí mismo y comprender a los demás. En realidad, la gran utopía es que la cultura nos haga mejores, cosa que por un lado parece entrar dentro de la lógica de las cosas y por otro, que la realidad práctica se encarga constantemente de desmentir.
Sabemos que el nivel cultural y la calidad moral no van en modo alguno parejos. Y sin embargo, tenemos que creer en el valor de la cultura y en lo positivo de su transmisión. No sólo por razones de tipo social, dado que una colectividad cuyos miembros estén mejor formados será más creadora y productiva, sino porque pensamos que la cultura es una posibilidad de felicidad, de posesión de sí y de apertura al mundo. Pero no se trata de que haya que crear hombres y no sabios, ciudadanos y no eruditos.
Esta banalidad, muy propia del discurso dominante en la pedagogía de hoy, olvida que la enseñanza sólo puede dar algo positivo a las personas a través de la cultura, que no hay enseñanza de la bondad, ni de la inteligencia, ni de la profundidad a secas, convertidas como tales en asignaturas. Sólo hay enseñanza de lo que un hombre puede enseñar y otro hombre puede aprender. Lo que afirmamos, aunque sea con desesperada esperanza, es el valor moral y humano del aprendizaje, del encuentro con la ciencia, con el saber, con el arte y la filosofía.
Creo que la implantación de una asignatura como Educación para la ciudadanía proviene de este deseo de que la enseñanza contribuya a mejorar humanamente a las personas. Los defensores de esta asignatura pueden recordarnos que no se pretende con ella adoctrinar moralmente, sino ofrecer al alumnado unos conocimientos acerca de las ideas, las costumbres y las leyes que las sociedades civilizadas han ido configurando con vistas a una mayor igualdad y justicia. Tengo ciertos recelos frente a la tendencia a convertirlo todo en materia programada y a hacer de los centros de enseñanza el cajón de sastre en donde se suplan todas las carencias, por lo que habría que ofrecer en ellos desde educación viaria hasta información sexual, pasando por la dietética, la Constitución y el calentamiento global. Pero, en fin, tampoco tengo ninguna razón de peso en contra de esta nueva asignatura.
Lo que sí creo es que todo lo que, en el ámbito de la enseñanza, influye en la formación moral de las personas procede fundamentalmente de la atmósfera de los centros, de las normas que rigen en ellos y del ejemplo de los adultos. Por eso los profesores no tenemos más remedio que ser sumamente humildes. A mí me encantaría que mis compañeros y yo mismo fuéramos un modelo humano para mis alumnos, pero planteármelo como objetivo inmediato y concreto sería de una petulancia monumental. Ocurre lo mismo con otra de las simplezas que propugnan nuestros lamentables expertos y pedagogos: hay que enseñar a pensar, hay que dar a los alumnos espíritu crítico. ¿Estoy seguro de que me hallo capacitado para enseñar a pensar? ¿Estoy seguro de poseer ese espíritu crítico (es decir, esa inteligencia) que quisiera contagiar a mis alumnos?
En realidad, lo que está en cuestión detrás de todos estos problemas es el sentido de una enseñanza humanística. Dejo ahora el problema de las ciencias en sentido estricto, sobre el que no tengo competencia alguna, aunque sospecho que no constituye algo radicalmente distinto. Creo que enseñar literatura, historia, cultura clásica, filosofía, no es fundamentalmente trasmitir algo que uno posee a alguien que no lo tiene. Claro que el profesor tiene que saber y tiene que enseñar lo que sabe. Pero mientras que cuando se enseña una técnica o una destreza determinada, todo empieza y acaba en lo que el maestro tiene y en lo que el aprendiz ha de llegar a tener, cuando hablamos de Homero, de Dante, de Rojas, de Shakespeare, de Baudelaire o de Kafka, cuando nos situamos ante el pasado histórico o ante las grandes preguntas filosóficas, cuando ponemos a nuestros alumnos ante la pintura de Rembrandt, la música de Bach o el cine de Bergman, no estamos fundamentalmente ofreciendo unos saberes adquiridos, sino situándonos ante un horizonte inconmensurable, poniéndonos bajo una luz que nos supera y eleva.
El profesor ocupa sin duda un lugar y el alumno otro, pero hay esa tercera dimensión que da sentido a todo lo demás; pues lo esencial que tiene que transmitir el profesor al alumno es lo que la cultura les transmite a ambos. Me parece que este planteamiento permite dar pleno valor a nuestra tarea sin caer en ingenuas arrogancias ni considerarnos los portentos de inteligencia o los modelos de comportamiento que ojalá pudiéramos ser también.
En todo caso, precisamente porque creo que la formación proviene más de la atmósfera moral que de la trasmisión de unos contenidos concretos, mi opinión sobre la enseñanza en España es bastante negativa. Al pretender que todos los alumnos estudien obligatoriamente lo mismo hasta los 16 años, los que no quieren estudiar o no tienen capacidad para ello se sublevan, como es lógico, contra el sistema. Cualquiera puede imaginar la circunstancia de unos adolescentes que no tienen límite alguno a la hora de boicotear las clases, insultar a los profesores y exteriorizar con toda impunidad su capricho y su rebeldía, y lo que es la situación de unos profesores sin autoridad alguna, obligados a gestionar una enseñanza en unos centros donde son los alumnos, y especialmente los peores de entre ellos, los que tienen la sartén por el mango.
Por esta causa, el ambiente de los centros de secundaria, al menos el de los institutos, ha alcanzado un nivel de degradación difícilmente superable. Hace no demasiados años, la Logse se presentaba como la gran maravilla. Partidos y sindicatos de izquierda la jalearon con entusiasmo, a veces con ingenuidad, otras con cinismo. Hoy día el desastre de nuestra educación secundaria no ofrece dudas, aunque, curiosamente, todo el mundo parece decidido a resignarse. Nadie se ha equivocado, nadie está dispuesto a preguntarse qué errores se han cometido y qué cambios es necesario efectuar. En este aspecto, la creación de una asignatura de Educación para la ciudadanía me parece un remiendo muy modesto dentro de un planteamiento general de educación para la ignorancia y la barbarie.

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