EL CONTEXTO. Un pasado con lecciones, un futuro de esperanza

Miquel Siguan
Estoy al borde de los noventa años y es lógico que sea agudamente consciente de cómo ha variado el proceso de socialización de los jóvenes a lo largo de mi vida. En mi infancia, en mi casa, como en la mayoría de los hogares de mis compañeros, la autoridad paterna era indiscutida; mi padre nunca me dio un cachete pero nunca dudé de que lo hubiera hecho si lo hubiese considerado necesario. Y la autoridad paterna de alguna manera se extendía a los adultos próximos. Jugábamos a menudo en la calle, pues en mi infancia en el barrio barcelonés de Gracia circulaban poquísimos coches y podía pasar que a alguno de nosotros se le ocurriese una barbaridad, torturar a un gato por ejemplo, y se puede imaginar que algún vecino nos reprendería. En alguna medida todos nos conocíamos, incluso un transeúnte desconocido era de hecho un vecino del barrio y alguien con derecho a expresar su opinión.
Al lado de la familia la institución socializadora principal era la escuela y la solidaridad entre familia y escuela era en la mayoría de los casos completa. “Si el maestro te da una bofetada yo te daré dos” era la fórmula repetida incluso cuando, como en mi caso, ni en mi casa ni en la escuela se usasen castigos corporales. Pero con castigos o sin ellos la autoridad del maestro era indiscutida.
Y en último término era el conjunto de los adultos quien tendía a orientar y a controlar el comportamiento de los niños y de los adolescentes. Así en casa nos decían que en el tranvía hay que ceder el sitio a una persona mayor pero si alguna vez nos olvidábamos de hacerlo con seguridad otro viajero nos lo recordaría.
Y cuando aprendíamos las primeras palabrotas o los primeros chistes indecentes aprendíamos al mismo tiempo que sólo se podían contar entre nosotros, de hecho aprendíamos que tanto lo que contábamos como la manera de contarlo y el vocabulario utilizado debían tener en cuenta al interlocutor. Empezando porque no se podía hablar de la misma manera ni contando las mismas cosas a otro chico que a una chica.
Con el tiempo descubrí que esta sociedad que con tanto cuidado mantenía y transmitía sus normas era en realidad una sociedad injusta e hipócrita y yo mismo he contribuido con mi actuación a desterrar algunos prejuicios. Pero el proceso de liberalización de los individuos respecto de las normas tradicionales no solo ha favorecido la independencia de los individuos sino que ha producido al mismo tiempo una masificación anónima con lo que ha hecho muy difícil cualquier proceso de socialización.
Los adolescentes que en nuestros días dan una paliza a un compañero más débil para grabarlo en un vídeo y proyectarlo en la red no son mejores ni peores que los niños que en mi calle querían torturar un gato, pero el proceso de socialización en el que se enmarcan estos hechos son claramente distintos. Pensemos en primer lugar que el comportamiento infantil o adolescente se nutre de modelos; los chicos de mi calle ciertamente habían visto alguna vez maltratar animales, por ejemplo cuando un caballo que arrastraba un carro demasiado pesado caía y el carretero intentaba levantarlo a garrotazos pero, incluso si eran frecuentes, eran episodios aislados.
Los adolescentes de nuestros días no han visto caballos maltratados en la calle pero en la tele o en los juegos por ordenador han visto tantas escenas de comportamientos violentos que la violencia se ha banalizado y cada vez ha de ser más violenta para retener la atención. Pero además y sobre todo mientras para los niños de mi calle el maltratar al gato tenía como espectadores posibles además de sus protagonistas a los vecinos del barrio que podían expresar su opinión. Para los adolescentes de nuestros días los espectadores que tienen en cuenta son los espectadores anónimos del vídeo y en último término un sociedad virtual indefinida e inagotable en la que la responsabilidad por las conductas individuales es prácticamente nula. Proponer en estas condiciones prácticas educativas dirigidas a promover una socialización responsable no es desde luego fácil.
Difícil pero no imposible. Los adolescentes de mi generación fuimos capaces de conductas generosas e incluso heroicas que iban mucho mas allá de lo que nos habían enseñado de manera que, igual que estoy seguro de que el mundo no se va a acabar mañana, estoy igualmente seguro de que surgirán nuevas generaciones que no solo encontrarán la manera de hacer viable la sociedad actual sino de mantener viva la ilusión por alumbrar un mundo mejor. Pero deberán ser ellos quienes lo descubran, a mí ya sólo me compete la esperanza.

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