UNA ASIGNATURA Y MUCHO MÁS. ¿Cómo enseñar ética?

Victoria Camps
Desde mi punto de vista, la Educación para la ciudadanía designa los mínimos éticos que una sociedad democrática necesita para convivir en paz y coherencia con los valores más fundamentales. Tratar de dar respuesta a la pregunta “¿cómo educar para la ciudadanía?” es tan difícil como responder a la pregunta “¿cómo enseñar ética?” No es una pregunta retórica, en absoluto. Más de un filósofo, desde Aristóteles, se la ha planteado.
La Educación para la ciudadanía tiene dos funciones. Una de ellas es dar a conocer las instituciones de un Estado de derecho, así como los derechos fundamentales y los principios constitucionales. Dicha función no difiere demasiado de la de cualquier otra asignatura que trate de transmitir un saber teórico.
El problema está en la segunda función: enseñar a los alumnos a ser ciudadanos. Si la primera función es teórica, la segunda es práctica. Es un saber hacer que se aprende, sobre todo, a través del ejemplo y de la actividad cotidiana. A esa sabiduría se refería Aristóteles cuando explicaba que la fuente de aprendizaje de la ética es, sobre todo, la experiencia. Por eso, concluía, los jóvenes, cuya experiencia es corta, no pueden ser virtuosos.
Sin enmendarle la plana al filósofo, pienso que también los jóvenes pueden, por lo menos, empezar a habituarse en el ejercicio de la ciudadanía. El concepto de hábito es aquí insustituible pues es a través de hábitos, de la repetición de las acciones que son favorables a la convivencia y del rechazo de las que no lo son, como se adquieren actitudes éticas, entre ellas las que requiere ser un buen ciudadano. Si la solidaridad, la tolerancia, la civilidad, la razonabilidad son virtudes esenciales para el ejercicio de la ciudadanía, se consigue poco si uno se limita a enseñar el significado filosófico de tales virtudes. La teoría o la filosofía ayudan a entender de qué va la cosa, pero son poco eficaces en la práctica. La formación debe tener un componente práctico, de experiencia vivida.
Tal es la razón por la que la Educación para la ciudadanía no puede ser sólo una asignatura. Tiene que ser un objetivo del proyecto educativo como totalidad. He hablado en alguna ocasión de la necesidad de llevar a cabo una “inmersión cívica”, que los niños y jóvenes respiren civismo dondequiera que estén. Lo que, a su vez, comporta implicar en ello no sólo a la escuela, sino a la familia, al municipio, a los medios y, especialmente, a la televisión. Sólo entendiéndola como un proyecto global será posible vincular el “saber qué” y el “saber cómo” que incluye dicha materia.
Pero aún hay otro requisito que, a mi juicio, es imprescindible para que la Educación para la ciudadanía prospere. Hay que creer en ella. Los primeros que deben asumir la condición de ciudadanos son los que se hagan responsables de educar para la ciudadanía. Deben verla como un saber no menos básico que cualquiera de los otros que constituyen el núcleo del currículum. La Educación para la ciudadanía responde a la prescripción constitucional según la cual uno de los objetivos de la educación es “el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. Descubrir y determinar qué tipo de personalidad ciudadana queremos (o, por lo menos, qué tipo de personalidad es incompatible con los valores éticos compartidos) es la tarea que tenemos por delante.

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