También bailan pachanga

Ángel A. Giménez
Periodista de la Agencia EFE en el Congreso de los Diputados
Apareció de no se sabe dónde impecablemente trajeado y poco después se encontró admirablemente desaliñado. Vísperas de la Navidad de 2005. Los periodistas parlamentarios organizan anualmente una fiesta para hermanarse con los políticos. Al principio rige el decoro, pero luego se descuidan las formas. Y no pasa nada. ¿A quién le importa? Aquel alto cargo de un partido, mientras resonaba en la sala de un hotel madrileño la melodía pachanguera de una canción de moda, no tardó mucho en quitarse la corbata, desabrocharse la camisa hasta unos centímetros debajo del pecho y romper a bailar. Adiós a la corrección, bienvenida la fiesta. Los demás, quienes le rodeaban, no quedaron perplejos, al contrario, acompasaron los movimientos torpes del político en cuestión. Parecía la sala embarullada de una discoteca del extrarradio. Pero en vez de coches “tuneados” en la puerta del hotel, aguardaban los chóferes. Los políticos también bailan. Pachanga.
Los Real Madrid-​Barcelona son acontecimientos más que partidos de fútbol. Hay un bar en Madrid donde con asiduidad periodistas y políticos se congregan para exhibir su fervor por uno u otro equipo. También hay gente que nada tiene que ver con el Parlamento, ciudadanos estudiantes o funcionarios, qué más da. Políticos catalanes cantan los goles del Barça con entusiasmo y se abrazan con el primero con el que se topan. Igual hacen los seguidores del Madrid. Termina el partido y todos brindan con sus vasos de cerveza. Nadie se acuerda del resultado.
Un amigo periodista me contó una vez que se cruzó con un ministro en una diminuta localidad de la sierra madrileña. Acompañado por sus dos hijos pequeños, éste intentaba explicarles las características de los mamíferos. Y durante la sobremesa de cierto día de primavera un diputado que de vez en cuando proporciona jugosos titulares me contó un chiste un tanto subido de tono. Los políticos también hacen reír.
Tras intercambiar descalificaciones en el pleno del Congreso, los dos altos cargos de los dos partidos rivales por antonomasia, ya en los pasillos, fuera de las cámaras, se saludaron y emplazaron a tomar un café. Es como en el teatro, sólo que el autor es nefasto, porque los debates parlamentarios, generalmente, son un tostón.
La actividad política, que no la política, conlleva la consecuencia perversa de transformar a quien se sube a la palestra, sea una tribuna de oradores o el improvisado altillo mitinero en medio de la calle. Cinco minutos antes el político ha podido llamar a su mujer, a sus hijos o a sus padres, incluso ha podido dedicarles palabras de cariño. Superada esa fina franja que separa la vida personal de la actividad política, el mandatario de cualquier partido se olvida del cariño, del afecto, de la familia y de los amigos, y taladra promesas e improperios como quien cava agujeros en la arena de la playa. Así es la política que profesan los políticos. No hay ser humano que les entienda. Un profesor universitario dijo en cierta ocasión: “La política puede ser muy fácil, pero los políticos siempre serán complejos”.
De regreso al teatro, a modo de último acto. Al igual que los actores cuyos personajes enseñan una moral cuestionable, los políticos, cuando termina la función y se apagan los focos, regresan a casa y encienden la televisión para comprobar el resultado de su equipo de fútbol. O acuden a la habitación de sus hijos para darles las buenas noches. O hablan con sus parejas de una visita al médico. O llaman a un amigo del colegio que acaba de llegar a la ciudad. Y todo con la mirada puesta en la próxima función y con el deseo enfocado hacia la próxima fiesta, la próxima oportunidad para bailar pachanga.

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