La democracia desnuda

Francesc Ponsa
Periodista
Cuentan que una vez se reunieron todos los conceptos políticos en la acrópolis de Atenas. Dicen que fue la Democracia quién convocó a todos sus colegas para debatir entorno al deterioro de su salud producido por la crisis de credibilidad entre los votantes. Organizar una cumbre política de esta envergadura no fue empresa fácil. Los primeros contratiempos se produjeron en el propio seno familiar: los dos hijos de la Democracia defendían posiciones antagónicas sobre cómo organizar el acontecimiento.
La Democracia Participativa sostenía que la reunión se tenía que celebrar mediante una asamblea general dónde todo el mundo tuviera voz y voto. En cambio, la Democracia Representativa secundaba la vía parlamentaria, donde estuvieran representados los principales actores políticos. Al final se impuso esta última por motivos logísticos. No obstante, la asamblea tampoco hubiera sido posible porqué pocos días después de haber recibido la convocatoria, el Abstencionismo anunció que no asistiría porqué había quedado con unas amigas para ir a la playa. Quien tampoco acudiría sería el Totalitarismo, pero no por problemas de agenda; sino porque no quería contribuir a la mejora de salud de la Democracia. Como antídoto contra las primeras bajas, la Democracia empezó a recibir confirmaciones de asistencia. El primero en hacerlo fue el Liderazgo, seguido del Activismo y la Participación Ciudadana.
Pocos días antes de la celebración de la cumbre, la Antiglobalización decidió acampar delante de los Propileos, junto a un numeroso grupo de jóvenes, en señal de protesta contra la decisión de la Democracia de invitar al Mercado. Rápidamente, el Poder ordenó a la policía acordonar la zona para que su amigo, el Mercado, pudiera hacer acto de presencia sin dificultad alguna.

El electoralismo lanzaba besos
Llegó el día de la reunión. La Democracia vislumbró, entre las columnas dóricas del Partenón, a la Movilización Social apresurando a la Opinión Pública, al Interés General, al Estado del Bienestar y a los Derechos Humanos. Más atrás, la República y la Monarquía discutían acaloradamente. Por la derecha hizo acto de presencia la Derecha y por el lado izquierdo, apareció la Izquierda. También acudieron el Socialismo, Comunismo y Liberalismo. El Gobierno era acechado por la Oposición y avanzaba con paso dubitativo. El Electoralismo, más decidido, iba lanzando besos y promesas mientras la Propaganda repartía octavillas.
Poco a poco, los conceptos políticos fueron cogiendo sitio. El Partidismo se sentó en primera fila, echando sin miramientos a la Soberanía Popular. La Desobediencia Civil gritó que ella no se sentaba y se quedó de pie. Para no ser menos, el Radicalismo decidió abandonar la sala. La Democracia pidió atención para poder iniciar la convención, aunque la protesta de la Antiglobalización y sus amigos resonara con fuerza. Pero eso no parecía inquietar al Mercado, que se mostraba impasible charlando amistosamente con la Privatización. La Democracia procedió y expuso los motivos que habían precipitado la convocatoria de la cumbre. Giraban alrededor de su frágil estado de salud, que había empeorado últimamente y, por este motivo, pidió colaboración a los presentes para idear nuevas fórmulas que ayudaran a reforzarla. Rápidamente, el Conservadurismo intervino pidiendo conservar las cosas tal como estaban porque “más vale pájaro en mano que ciento volando”. La Democracia contraatacó confesando que se sentía sola, deprimida y gobernada por un frío glaciar que le subía por los pies.
En cambio, ella necesitaba el fervor de la multitud y el abrazo cálido de las gentes. La Demagogia interrumpió acusándola de hacerse la víctima. La Corrupción y el Fascismo se sumaron a la crítica, al mismo tiempo que la Justicia salió en su defensa. El Consenso intentó acercar posiciones pero el jolgorio ya se había instalado en la sala, circunstancia que aprovechó el Radicalismo para volver a entrar. Paralelamente, los periodistas no perdieron detalle de la discusión y la retransmitieron digitalmente a todos los rincones del planeta.
Fuera, la Antiglobalización y sus camaradas se enteraron, mediante la televisión, de la algarabía que se había montado. Rompieron el cordón policial –con el balance oficial de seis heridos por daños colaterales– y accedieron al recinto. Un grupo de manifestantes llevaba una pancarta que rezaba: “Otra Democracia es posible”. La aludida, al observar susodicha inscripción, sintió un nudo en el estómago que no la dejo indiferente. En un arrebato de genio, subió al pulpito y se descolgó la sabana que llevaba de atavío dejando a la vista su blanca desnudez. El silencio amordazó la bulla y la Democracia aprovechó para hablar:
–Miradme bien. Los moratones, rasguños y zarpazos que reinan en mi cuerpo son consecuencia de la deserción de todos los aquí presentes. Hoy, lejos de colaborar para encontrar un remedio que rejuvenezca y sane mi estado, os habéis dedicado a ahondar más el punzón que aflige mi vivir.
La Democracia se marchó con los hombros encogidos y desnuda, titiritando por culpa de la fría verdad. No obstante, la ostentación pública del cuerpo demacrado conmovió a un grupo de gente que espiaba, con mirada recelosa, la convención. Eran los Electores.
Un poeta se acercó al púlpito desde donde intervino la Democracia. Se arrodillo y recogió la sábana blanca que, unos minutos antes, cubría el cuerpo erosionado de la organizadora. Estaba húmeda. Sacó la pluma de su bolsillo y escribió: “La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer”. “Esta es la pancarta que todos tendríamos que sostener. Alta, bien alta”, murmuró. Y rompió a llorar.

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