Dos veces negro

Jaume Boix Angelats
Periodista
No es lo mismo escribir el saludo del programa de la fiesta mayor que el discurso de clausura de un congreso o la defensa parlamentaria de un proyecto, las réplicas a previsibles respuestas de la oposición, un artículo para un diario sesudo o un billete urgente de diez líneas comentando una noticia del día, supongamos una muerte o la concesión de un premio.
Cada una de estas piezas, y todas las que se les puedan ocurrir: homilía para una boda civil, argumentos para un debate en la televisión, parlamento enfebrecido para un mitin electoral, intervenciones en una rueda de prensa, entrega de premio, glosa del premiado y de su obra, presentación de un libro. Cada pieza debe guardar unas formas determinadas –y todas a su vez – , y se diría que cierta coherencia cuando quien las firma es la misma persona, como suele ser el caso.
La enumeración anterior no es exagerada: al contrario, el catálogo de producción digamos intelectual de un político de la franja media del escalafón puede ser aún más extenso. Piensen en el cáncer del periodismo –las malditas declaraciones – , intenten calcular el número de emisoras de radio y televisión y de programas en cada una de ellas, de periódicos en papel o electrónicos, añadan blogs, webs, podcasts, revistas vecinales, sindicales, académicas, anuarios, balances, hojas volanderas, calendarios, agendas, lo que quieran.
Convendrán en que atender a todo eso es literalmente un trabajo de negros. A veces se trata de uno solo, a menudo de varios (un amigo conoció a un negro que lo era de verdad: escribía sobre inmigración subsahariana para un político local) y pocas veces el firmante tiene tiempo de preocuparse por esa coherencia de que hablábamos. Valor, por cierto, que no cotiza al alza.
Si algún doctorando en políticas o periodismo estudiara a fondo la producción emitida por un político medio en el periodo de un año descubriría una variedad estilística, de léxico, de tono, incluso de ideas, a menudo contradictorias, y sin duda imposible de que cohabiten en una mente sana. Si además confrontara estos textos con una buena entrevista personal a su firmante descubriría, por ejemplo, ignorancias sobre cosas dichas, autores citados, conceptos vertidos. Y si, en el colmo de un trabajo serio, prestara atención a las formas expresivas del personaje podría llegar a conclusiones divertidas sobre sus camaleónicas transformaciones a la hora de escribir, dignas de un Fregoli.
Pero el político suele saber que nadie pierde el tiempo leyendo todo lo que él dice en un día y a través de tantos canales; lo sabe por experiencia porque él es el primero en no hacerlo. Mañana, además, borra el ayer y en los medios el ritmo es frenético y la vigilancia está bajo tales mínimos que solo importa llenar papel o minutos y casi nadie filtra, encarga, contrasta, compara, corrige, contradice o se niega a publicar. Llenar es la obsesión. Por eso los políticos más solicitados tienen a mano a unos cuantos negros para ir atendiendo a la demanda. A veces, igual que los periodistas, ni siquiera se preocupan del contenido. En la primera campaña electoral en la que trabajé me mandaron responder en nombre del candidato a una entrevista que una publicación literaria solicitó por escrito. Yo era joven y un poco ingenuo, de manera que respondí a cada pregunta después de estudiar bien el programa y documentarme a conciencia hasta sobre los tics expresivos del personaje. El tono de las preguntas era agradable y buscaba también presentar eso que llamamos la parte humana del candidato.
De repente le preguntaban por el color de las ciudades. Me gustó la idea y recordé que poco antes había leído un librito sobre Lisboa, creo que de Cardoso Pires, donde se hablaba de ello con mucha sensibilidad. Busqué en casa la cita y la puse en la respuesta. Y entonces, una vez enviada, me entró el pánico. Pensé que un buen periodista podría leerlo y sorprenderse, y acercarse un día al candidato y preguntarle por Cardoso Pires y el librito citado. Imaginé al candidato boquiabierto, con cara de loco, preguntando “¿qué oso dices?” y quedando retratado. De manera que no se me ocurrió otra cosa que ir a ver al buen hombre, regalarle el libro y decirle que teniéndolo y mejor aún leyéndolo sabría a qué atenerse si le preguntaban por Cardoso. No me preguntó “¿qué oso?”, pero casi: no tenía ni idea de qué le estaba hablando, no había visto ni siquiera conocía la existencia de esa entrevista, se fiaba del equipo y, francamente y con todos los respetos, el color de Lisboa le importaba tres pepinos. Quien quedó como un tonto fui yo. Encima perdí el libro, porque se lo quedó.
Pero esto era en campaña electoral, que es algo parecido a la locura. Ordinariamente, los políticos, al menos los que yo he conocido más de cerca, se comportan con bastante sentido común. Delegan. Como decía, se dan muchas situaciones: hay papeles cuyos firmantes ni siquiera leen, mientras que para otros piden ayuda a especialistas; hay políticos puntillosos: corrigen, cambian, retocan, tachan, cortan, alargan; otros se limitan a poner la firma y la penosa dualidad de géneros –ciudadanas/​anos– en un par de frases; a veces toman la iniciativa y piden a sus ayudantes que propongan ideas y argumentos sobre un asunto, a veces debaten con sus asesores cómo responder al encargo, qué decir y cómo; en ocasiones, según el tema, dictan directamente la tesis: hay que decir esto y eso y no decir aquello ni meterse con aquel; el negro toma nota, estructura, ordena, corrige y cuadra. Y cobra.
Todo esto es lo normal. ¿Correcto? En ningún sitio he visto escrito “lo bueno sin negro dos veces bueno”. Además, no es una práctica limitada al mundo de la política sino generalizada en muchos ámbitos, incluido, sin ir más lejos, el periodismo: desde el locutor que lee el telepronter hasta el director que pronuncia (eso es: pronuncia) sesudas conferencias o artículos muy bien documentados (por sus ayudantes).
Si un día el laborioso y callado ejército de negros realmente existente se declarara en huelga quedaría mucho, pero mucho papel en blanco. Ahora bien: ¿los rebeldes sobrevivirían mucho tiempo? Aunque dijeran lo mismo, no creo que se les hiciera el menor caso si firmaran con su propio nombre. Negros de sí mismos, fundidos en su propia sombra, pasarían doblemente inadvertidos: negro sobre negro, la total invisibilidad.

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