Superar el pim, pam, pum

Oriol Llop
Jefe de prensa de Artur Mas
Voy a desvelar cómo descubrir a un buen político (reconozco que la fórmula no es mía, me la contó el colega Albert Sáez): el buen político es aquel que no lee los periódicos hasta las ocho de la tarde. ¡Desconfiad siempre de quien necesita leer la prensa a las ocho de la mañana! Y es que el buen político tiene las ideas claras, tiene un proyecto en mente y evita dar tumbos en función de hacia dónde vira el viento de la actualidad mediática. Y que nadie se preocupe. Si algún artículo es vital de leer sus asesores diligentes son quienes deben avisarle a tiempo.
También es cierto que un buen político no debe ignorar que su obra política además de ser eficaz lo debe de parecer ante la sociedad. Y no hay otro camino para conseguirlo que a través de los medios. Y en este punto siempre estalla la batalla, demasiado mitificada, entre políticos y periodistas. Incluso con tópicos no siempre del todo ciertos. Os lo aseguro. Repasemos algunos.
Los políticos son ambiciosos: lunes, 7h.”Buenos días radioyentes. Gracias, político tal, por acudir a nuestro programa. ¿Qué opinión le merecen las duras acusaciones que ayer se vertieron contra usted?” Lunes, 23h. “Y la tertulia versará hoy sobre la polémica generada por su gestión al frente de…” Resulta que la vida de los políticos consiste en levantarse un lunes sabiendo que durante toda la semana van a recibir críticas por tierra, mar y aire. ¿Quién es capaz de mantenerse firme cada día y seguir creyendo en sí mismo ante tal alud de bofetadas a través de les medios? Conclusión: dosis de ambición en política, a su debida cantidad, son necesarias para la propia supervivencia anímica y personal.
Los asesores de imagen mueven a los políticos como títeres: “¡Pero si la corbata no combina con la camisa ni la americana!”, exclamaba el asesor. “¡Pues es la preferida de mi mujer!”, contestó el político que se había vestido a oscuras para no despertar a la familia. Otro tópico hecho añicos: las mujeres siempre deciden y superan al más influyente de los asesores.
Los políticos lo deben responder todo: ¿Tres objetos para una isla desierta? ¿Prefiere hacerlo arriba o abajo? ¿Calzoncillos o boxers? ¿Puede ponerse estas gafas de sol y saludar a cámara? ¿Cuánto cobra? ¿Sabe cuánto cuesta el billete de cercanías de tercera corona? Vaya, que los políticos muchas veces necesitan dotes de payaso para saber ser graciosillos ante las chorradas que se le ocurre al primero que pasa con un micrófono.
No hay políticos con ideas propias: “Perdón, tengo entendido que su conferencia versará sobre el balance de 30 años de democracia. ¿Podría hacerme un corte de 20 segundos para el Telediario de las nueve?” ¡Ni ideas propias ni nada! El tempo mediático se ha convertido en una dictadura para los políticos que deben construir cada día un titular a gusto y medida de la televisión.
Ni tampoco con las ideas claras: “Y en la parte final de la entrevista, le planteo algunas cuestiones de respuesta directa. Sólo puede contestar con un sí o un no. ¿Las parejas homosexuales deberían adoptar hijos?” “Verá usted, yo creo que…” “¿Puede plantearse un referéndum de independencia en el País Vasco?” “Hombre pues le diría que…” “¿Una niña musulmana puede ir a la escuela con velo?” “Yo empezaría diciendo que…” La vida está llena de matices pero parece que a los políticos se les obligue a vivir en un mundo donde todo es blanco o negro.
Cierto es que la relación entre políticos y periodistas es, también en buena medida, perversa e interesada y está viciada por todo tipo de ambiciones empresariales. Pero reconozcamos que el mundo de la política lo forman personas que tienen sus habilidades y debilidades.
Llevo ocho años trabajando como asesor en el campo de la política. Y lamento confesaros que me siento ya incapaz de romper las rutinas entre periodistas de información política. Se constata un evidente desapego político entre el conjunto del electorado, pero con el pim, pam, pum actual no es posible recuperar el interés por la cosa pública. El buen político que sepa romper esta rutina se llevará la banca. Eso sí, a riesgo de entrar en el campo de la demagogia de masas.

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