Glosario sobre una asignatura polémica

Josep M. Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía Social en ETEA
El debate sobre la educación para la ciudadanía sigue este otoño, aunque algunos empezamos a estar cansados. Los argumentos no son fáciles, porque hay una parte oculta que cuesta entender. Con argumentos educativos y éticos se dirimen cuestiones de estrategia político-​cultural. Unos quieren forzar el laicismo, otros aunar catolicismo y conservadurismo; la mayoría busca mejorar el compromiso cívico de los alumnos y/​o una formación moral más profunda de acuerdo con los valores evangélicos. Se oye más a los dos primeros que a la mayoría. En este breve –y discutible– glosario digo algunas cosas de forma apresurada. Ya el Concilio Vaticano II nos recordó que con frecuencia los católicos tenemos posiciones diferentes sobre temas seculares; lógicamente pretendemos que nuestras posiciones son las más conformes a nuestra fe. Hemos de hacer un esfuerzo para reconocer, sin embargo, el legítimo pluralismo católico, y no apropiarnos de ese nombre para defender nuestras ideas; son sólo unas de las posibles. Este glosario puede servir para el diálogo pluralista. Así lo espero.

Educación para la Ciudadanía. Hace falta, sin duda. Es un proyecto que desde hace tiempo vienen promoviendo muchas personas y grupos muy serios y preocupados por el déficit de cultura democrática (responsable y participativa). Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004 y quiso aprobar una nueva, e innecesaria, ley de educación, encontró esta estrella entre las pocas que podían justificarla. Desde el principio levantó sospechas y resistencias entre muchos sectores cristianos, y también en cierta izquierda radical. Cuando se fue configurando, los sectores conservadores eclesiásticos cargaron contra ella. La batalla se desató en febrero cuando estos sectores defendieron la que ellos llamaban objeción de conciencia contra la asignatura. Algunos grupos más laicistas han aprovechado para introducir su agenda y promover una deseducación ciudadana (algunos lo han confesado) o para meter sus agendas particulares: laicismo ideológico, movimientos queer y genre (aquí lo llaman ideología de género). Para algunos se trata de hacer presente en la escuela lo que algún sociólogo ha definido como vida líquida (también lo han reconocido). Otros piensan que la escuela debe equilibrar la desestructuración de la postmodernidad. El gobierno con los sectores sociales moderados, cristianos y otros, ha llegado a acuerdos. La propuesta ministerial es aceptable, no la ideal, pero muy conveniente para afrontar el reto. Hay que apoyarla críticamente. En lugar de azuzar la polémica y extremismos, los católicos podríamos liderar el desarrollo de esta educación. Sería bueno para todos.

Integristas. Son una parte del problema. Para ellos el error no tiene derechos, y sólo cabe la defensa de la verdad íntegra (como ellos la entienden). Sardà i Salvany, nuestro integrista más conocido, arremetía en El liberalismo es pecado (1884) contra los católicos liberales (mestizos). Una parte pequeña, pero vociferante, del mundo católico, es integrista. Por eso afirman que colaborar con una asignatura como ésta es un mal objetivo, algunos han llegado a vislumbrar al demonio. Parecen textos tomados a Sardà, pero menos inteligentes y sabrosos que los del cura de Sabadell, que años después se retractó.

Laicistas. Varios grupos pueden meterse bajo este paraguas. No son el gobierno. El gobierno, como todos los gobiernos, gobierna, está en el centro, es responsable y no quiere demasiados problemas de gestión. Le pagamos para que haga las cosas bien, es decir, lo mejor que pueda. Intenta acuerdos. Pero luego están los laicistas, poquitos pero jaraneros, en el PSOE y fuera. Quieren aprovechar la ocasión para introducir una especie de “religión laicista”. Lógicamente los grupos religiosos están con la mosca detrás de la oreja. También hay otros laicistas serios que quieren profundizar en la laicidad de un Estado no confesional y se preocupan al ver las actuaciones de algunos sectores católicos. Tienen razón y son necesarios. Veremos qué pasa.

Legalidad. La ley debe ser acatada y cumplida. Si la ley ha sido aprobada por un parlamento democrático con todas las garantías jurídicas, más a favor de esa presunción. Rechazar abiertamente el cumplimiento de una ley es muy grave; desde luego, dice muy poco de la calidad ética y ciudadana de quien lo hace. Si quedase la sospecha de que una institución social, reconocida constitucionalmente, no cumple la ley, se produciría un daño muy grave para la convivencia democrática. ¿Puede una institución social fundamental promover la objeción de conciencia?

Liderazgo. Una buena dirección y organización de la educación para la ciudadanía es la mejor manera de neutralizar muchos de los efectos negativos posibles y desviaciones inducidas. Estamos a tiempo de que alguien se lo tome en serio. Hay que preparar buenos profesores, elaborar buenos libros y materiales curriculares, diseñar buenos planes de formación, realizar buenos proyectos. Pueden ejercerlo los mestizos, es decir los cristianos dialogantes. Debe hacerlo, en su campo, todas las administraciones públicas responsables. Integristas y neocon alimentan las posiciones extremistas de los laicistas, y viceversa. Hay que hacer que el gobierno gobierne y los maestros y profesores eduquen. Nada más. Todos deben aceptar la legalidad vigente.

Maestros y profesores. La inmensa mayoría son honestos profesionales que buscan el bien de los alumnos con seriedad. Son la clave que necesita un buen liderazgo institucional. Hay que confiar en ellos, por principio, como en los religiosos en la enseñanza.

Mestizos. Así (nos) llaman los integristas a todos los que creyendo en el Evangelio (ellos también dicen creer; no lo parece, se mueren de miedo, por eso no son capaces de creer) y buscando un humanismo integral, practicamos la misericordia (Juan XXIII), la agenda del diálogo (Pablo VI) y el encuentro con la sociedad contemporánea (Concilio Vaticano II). Buena parte de la dirigencia eclesiástica, del alto clero, de los líderes seglares de organizaciones y movimientos y de los católicos, tanto los ilustrados como las mayorías del mundo popular (parroquial, etc.) somos mestizos, es decir, simplemente “conciliares”. Los mestizos creemos que hay que dialogar, avanzar gradualmente, sumar, defender crítica y abiertamente las posiciones, pero sin agresividad ni seguidismos políticos.

Neocon. En el catolicismo español actual hay un sector importante, pequeño aunque creciente, heredero del peso que tuvo durante años el conglomerado llamado nacionalcatólico. Ahora ya no lo es, claro. Entonces, aquellos católicos, abundantes pero no los únicos, controlaban todos los aparatos estatales. No hay que confundir a estos grupos con los integristas. Nuestros neocon actúan como brazo agitador de los grupos políticos más conservadores. Es lógico, pero no necesariamente cristiano, tampoco inteligente para la Iglesia. Los neocon tienen sus teólogos armados.

Objeción de conciencia. La objeción que actualmente promueven grupos variados del catolicismo conservador no lo es. Lo que ellos promueven se llama, desde un punto de vista individual, insumisión, y desde un punto colectivo, desobediencia cívica o resistencia civil. Los integristas la entienden como parte de su “politique du pire” (agudizar problemas y tensiones, provocar contraposiciones fuertes: es la antigua estrategia paleomarxista que hoy defienden también los neocon) a la que están muy acostumbrados desde mediados los años 1920. Quizá se les escape de las manos.

Religiosos en la enseñanza. Los religiosos y religiosas son titulares de muchos y acreditados colegios. Llevan siglos enseñando, a veces en condiciones difíciles. Desde el siglo xvi vienen haciéndolo, entre otros, los jesuitas y los escolapios, desde el xvii la compañía de María, las “irlandesas” (o “alemanas”) de la congregación de Jesús y los hermanos de las escuelas cristianas, desde el xviii las “dames du Sacré-​Coeur” y ya en el xix las escolapias o las “vedrunas”, entre otros. Parece que saben hacerlo aceptablemente bien, pues han sido y son capaces de afrontar problemas difíciles con creatividad. Decir que no saben acomodar esta educación para la ciudadanía a su “carácter propio” suena a torpeza. Pensarlo sería más grave. Quizá la torpeza no es reflexiva, pero los integristas son así. No piensan demasiado, pues ellos “poseen” toda la verdad. Eso dicen. Los religiosos merecen que confiemos en su buen hacer.

Teólogos armados. La expresión es de los años 1930, para referirse a un bando en guerra. Algunos parecen ser la avanzadilla guerrillera de las divisiones pesadas partidistas que luego vendrán en manifestaciones o en elecciones. ¿Deben dedicarse los eclesiásticos a dejar la tierra quemada? A quienes pensamos que la Iglesia debe estar más presente, y mejor, en la plaza pública, nos gusta que el trabajo político plural lo hagan los partidos, y que la Iglesia ordenada se dedique a orientar los horizontes de emancipación y a estar cerca de los que sufren y buscan. Estos teólogos armados hablan en nombre de todos, pero no representan a nadie. Su política tampoco, salvo a los neocon.

Vida líquida. Es otra parte del problema. Cuando el hombre no es sólo la medida de todas las cosas, sino el centro de todo el mundo afectivo y axiológico y cuando no hay verdades que fundamenten la existencia, ésta se escapa como el agua (líquida): todo es posible e imposible al mismo tiempo. Algunos dicen que se está construyendo una “identidad a la carta”, donde todo es elegible incesantemente. Otros estamos cansados de tanta vida líquida (como la llama Zygmunt Bauman). La educación para la ciudadanía, según algunos, puede servir para aumentar esta desorientación, en lugar de enderezarla.

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