La biblioteca de mi isla

Manuel Rodríguez Rivero
En lo que a mi respecta, el célebre lugar común acerca de los libros que uno se llevaría a una isla desierta no es exactamente un juego inane, sino algo sobre lo que pensé reiteradamente en las lentas y pegajosas horas de la madrugada del jueves 20 de julio de 2006, ahora hace poco más de un año. Exactamente a las 2:28 del día canicular que apenas comenzaba, cuando, tras una larga jornada de trabajo nocturna, llevaba ya veinte minutos entregado a los brazos de Morfeo, hermano amable de Tanatos e hijo favorito de Hipnos y Nyx, me despertó un espantoso estrépito que, en un principio, atribuí al atrezzo de alguna pesadilla apocalíptica, bien metido como estaba en la fase REM de mi precario descanso. Pero no. El fragor inicial se prolongó con alguna recidiva retumbante, de lo que deduje que no podía formar parte del anterior estado de reposo más o menos uniforme de cuerpo y –vamos a decirlo– del alma, sino que pertenecía de lleno a la realidad menos virtual y escapista, la de siempre, en la que nos bañamos o sumergimos durante las otras dieciséis horas de cada maldito día.
Tardé sólo diez segundos en saltar del humedecido tálamo –las noches de julio en Madrid, como se sabe, no son precisamente las de Helsinki– y llegar al escenario de la hecatombe, que no era otro que el despacho en el que había estado trabajando hasta muy poco antes. Y lo que vi no fue precisamente Arcadia (en la que, por cierto, yo también había estado antes de mi doméstica catástrofe), sino un Pandemonium que venga Dios y lo vea. A resultas del enorme peso que sostenía y de las dilataciones veraniegas de la madera, las escaleras verticales de una hermosa estantería de cuatro metros de largo por tres de ancho se habían literalmente hecho añicos, esparciendo urbi et orbi por la estancia los 3.500 libros que, hasta entonces, había contenido en dos apretadas e inoperantes filas. La explosión (supongo que puedo llamarla así) había sido tan pavorosa que buena parte de los contenidos de la antes biblioteca habían salido disparados por el aire (tras romper los cristales y el marco de la ventana de la habitación) y habían caído, después de descender los cinco pisos que separan al mío del suelo del patio) en el único –escúchenme bien: el único– charco (más bien un pequeño estanque) que había en Madrid ese verano. La otra parte se había derrumbado sobre mi mesa de trabajo, sobre la pantalla plasmática de mi ordenador –ahora convertido en papilla ofimática– sobre mis carpetas de trabajo, sobre la foto de mi mujer en aquel verano inolvidable que pasamos en Oxford, Mississippi, sobre mi precaria vida, en suma.
Me pasé el resto de la noche y buena parte del día siguiente intentando domeñar el caos. Achiqué libros de mi despacho con el mismo ímpetu de quienes, aunque ya se saben náufragos, intentan desesperadamente eliminar el agua que ha penetrado en el casco del buque tras el repentino choque con el iceberg, hollé con las suelas de mis zapatillas obras maestras de todos los tiempos desparramadas por el suelo y sobre las que tenía que pasar para acceder a otras.
Fue entonces cuando, poseído de un furor antes impensable contra los demasiados libros, esas herramientas que me han acompañado toda mi vida contribuyendo sustancialmente a que me la ganara con cierta dignidad, caí en la cuenta de que los antiguos objetos de placer se habían transmutado en persecutorios y vengativos testigos que, allí, en el suelo, componían una vanitas acusatoria y caricaturescamente barroca.
Mientras recogía y amontonaba desordenadamente los tomos, reprimiéndome blasfemias literarias aprendidas del viejo capitán Ahab, una voz interior, irónica y despiadada, me formuló al oído la pregunta más odiada: “y usted, sabiendo lo ha aprendido esta misma noche, ¿qué libros se llevaría ahora a una isla desierta?” La lista que sigue es mi respuesta a aquella pregunta diabólica. Es una nómina un poco tramposa, lo reconozco, porque en ella hay muchas obras compuestas de varios volúmenes: pero es que espero que el barco que me venga a rescatar de mi isla de Juan Fernández y de sus simpáticos caníbales tarde bastante en llegar. Al fin y al cabo, uno no se convierte en náufrago feliz –lejos del trabajo y de los políticos cainitas que tanto animan la vida nacional– todos los días. Se trata, en general, de obras previsibles: pero es que pienso en lo que me gustaría (re)leer antes de morir sólo y olvidado en la puñetera isla de marras. Y tampoco es una lista inamovible, porque la vida me ha demostrado que los gustos se transforman. Lo que si les puedo asegurar es que, en este momento, los libros que incluye se encuentran reunidos en una estantería colocada en el vestíbulo de mi casa, muy cerca de la puerta de salida y al lado de un diminuto Ipod en el que están grabadas 100 horas de música de Shostakovich, Schubert, Verdi, John Coltrane, Duke Ellington, Coleman Hawkins y abundante rock and roll de los sixties y seventies. Todo listo para el próximo (e inevitable) naufragio.

La Biblia
No necesariamente como fuente de consuelo espiritual (aunque quizás también: no puedo saber si, cuando lleve una temporada en la precariedad de la cueva, con los escasos enseres y alimentos que he podido rescatar del naufragio, y olvidado del mundo y de Dios, necesitaré el bálsamo de la trascendencia), sino como eterna fábrica de historias y de mitos, como sustento de la imaginación, como belleza de la escritura. Por eso último elijo la traducción de Casiodoro de la Reina (la llamada Biblia del Oso) con o sin las posteriores revisiones de Cipriano de Valera.

William Faulkner,
Los tres primeros volúmenes (de los cinco del total) de sus novelas
Se trata de la edición publicada por la Library of America y que contienen algunas de las más imprescindibles novelas del gran autor modernista. Desde la obra maestra imperfecta que es The Sound and the Fury, hasta ese prodigiosa cumbre narrativa que es Absalom, Absalom! El sello de correos de una pequeña comunidad (Jefferson, Yoknapatawpha) convertida en cifra y sentido del ancho mundo. Perdonen el entusiasmo.

Marcel Proust,
À la recherche du temps perdu
Supongo que no tengo que explicar los motivos. Suma de una época (la 3ª República francesa) y de un modo glorioso de entender la literatura, novela para escritores y para quienes desean serlo. Me llevaría la última edición en cuatro volúmenes de La Pléiade, a cargo de Jean-​Yves Tadié.

William Shakespeare,
Obras completas
Siento molestar a los filológicamente correctos, pero elegiría la edición en 2 tomos de Aguilar, con la traducción de Astrana Marín, que es la que leí de joven y la que, con todos sus defectos, todavía “resuena” en mi cabeza. Para los sonetos, en cambio, prefiero la edición de la New Cambridge Shakespeare editada por Blakemore Evans. Entre el bardo de Stradford y Miguel de Cervantes lo dijeron casi todo, de manera que a nadie le extrañara que también me lo lleve.

Miguel de Cervantes,
Obras completas. Edición en cuatro tomos de la Biblioteca Castro. Al menos los tomos 1 y 4 que contienen El Quijote y Persiles y Sigismunda.
Lo mejor de esta edición es que carece de notas: prefiero no entender todo a distraerme del ritmo de lectura. Sobre todo en las tardes de invierno en la isla, a la luz de la hoguera.

Bernal Díaz del Castillo,
Historia verdadera de la conquista de Nueva España
La crónica perfecta y maravillosa de uno “de los de abajo”. La hermosa relación de un conquistador de a pie. Un monumento a la tenacidad y el esfuerzo de quienes (casi) nunca han protagonizado la historia. Y, desde luego, una obra maestra de la literatura en castellano.

Montaigne,
Les Essais
En la novísima edición (que acabo de recibir) de La Pléiade a cargo de Jean Balsamo (estupendo apellido), Alain Legros, Michel Magnien y Catherine Magnien-​Simonin. El “libro” del escritor más libresco, rodeado siempre de una biblioteca en la que aprendió a expresar –citando a sus clásicos y contemporáneos– lo que él supo decir mejor que casi nadie. Para leer un ensayo cada mañana, a las puertas de la cueva, mientras oteo el horizonte.

José Lezama Lima,
Paradiso
La novela hispánica que a mi me hubiera gustado escribir si Natura o Providencia me hubieran dado el talento necesario. Una fiesta barroca de nuestro mejor lenguaje. Me llevaría la vieja edición de Era –que no es la canónica, pero sí la que tengo trabajada– a cargo de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis. Ilustraciones de René Portocarrero.

Eugenio Montale,
Poesía Completa. Edición Bilingüe de Fabio Morábito en Galaxia Gutenberg.
Para esos días (no muchos, lo lamento) en que me despierto pensando en la condenada hermosura del mundo, en que, al fin y al cabo, no todo está perdido. En que la belleza redime (yo también tengo días algo cursis, como puede verse).

Jean Paul Sartre,
Crítica de la razón dialéctica
¿Qué por qué? ¿Acaso no albergan ustedes ninguna frustración como lectores?. Adquirí este libro (edición de Losada, traducida por el novelista Manuel Lamana) en 1968 con intención de estudiármelo concienzudamente. Lo intenté sin éxito varias veces –una de ellas en los cinco o seis días que pasé en un trullo franquista – . Luego pasó (prácticamente intonsa) al último estante de la biblioteca desplomada, donde estuvo olvidada hasta que me la volví a encontrar entre los escombros. Creo que tengo una deuda de pura cabezonería con este libro. Lo intentaré de nuevo en la isla.

Josep Plá,
El quadern gris
Para volver a la realidad cuando me agote lo de Sartre. Tengo una vieja edición de Destino en catalán con algunas frases subrayadas que me haría gracia revisar.
Nada más. Que tengan buenos naufragios.

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