Qué hacen exactamente las ONG

Jordi Pérez Colomé.
Periodista
En 1992 Francesc Mateu llegó a Mozambique con una mochila. Era el responsable de África Austral de Intermón y buscaba un proyecto para financiar. El país acababa de salir de una larga guerra. Era difícil dar con gente que supiera en qué se podía ayudar. Francesc llegó hasta Beira, segunda ciudad del país. Se acercó a una iglesia: “Era el único lugar en que podía haber cierta organización”.
Allí había un grupo de jóvenes. Habló con ellos todo un día, sobre todo les escuchaba: “Hay que escuchar lo que dicen”. Al final se les ocurrió una propuesta: ya tenían el primer proyecto que Intermón iba a financiar en Mozambique. “¿Qué queréis?”, preguntó Francesc. “Queremos hacer una hoja parroquial”, respondieron.
Ahora Francesc Mateu, hoy director de Intermón Oxfam Cataluña y Andorra, explica su aventura con la mochila sonriendo, pero entonces –no hace tanto, en 1992– tuvo que volver a Barcelona y decir que en Mozambique le habían pedido una hoja parroquial. Francesc quería hacerlo: “Hay que darles la razón, dejar que se equivoquen”. La gente de aquí no quería pagar una hoja parroquial. Al final Francesc lo consiguió y volvió allí.
Los jóvenes la hicieron. Duró poco; a algunos sacerdotes y feligreses la hoja no les gustó. Hubo un segundo proyecto: una granja de pollos. Francesc consiguió de nuevo el dinero: “Fue un desastre, aunque ellos dicen que fue mala suerte”. Hubo aún un tercer proyecto: mejorar la escuela. “Era el primer proyecto en el que hacían algo por los demás”, dice Francesc. Primero había que construirla, y esta vez Francesc decidió: envió a un grupito de cuatro a Kenia a aprender un sistema de construcción con cemento que permite levantar casas en una o dos semanas. Volvieron y, al fin, algo funcionó: aquel barrio tenía un edificio para su escuela. Además, las nuevas viviendas del barrio pasaron a hacerse con aquel sistema.

Qué es una ONG
Sin la ayuda de una ONG, el barrio de Beira no hubiera tenido su edificio escolar. Una ONG es una asociación de ciudadanos con una estructura estable, independiente del poder público y sin ánimo de lucro. Sus objetivos son transformar el mundo –o parte de él– y para ello necesitan el apoyo de una base social que colabore y presencia en la sociedad, para que se sepa qué quieren cambiar. En España el boom de las ONG se dio en los 80, tras la transición, y sobre todo en 1986 con la entrada en la Unión Europea. El dinero público que administraban las ONG se multiplicó.
Hay ONG de muchos tipos, pero las cuatro más importantes son las dedicadas a desarrollo, derechos humanos, paz y medio ambiente. Este reportaje se centrará en las de desarrollo, que son las más célebres, las que mueven más recursos y las que han salido más en la prensa por los casos de Anesvad e Intervida. Son casos excepcionales. Intervida era una de las ONG más grandes de España, pero no estaba asociada en ninguna de las federaciones de ONG por no cumplir los requisitos básicos. Todas las personas con las que he hablado sabían que la explosión del caso Intervida era cuestión de tiempo. Se intuía que desviaban fondos y que ese tipo de apadrinamiento tenía los días contados.
El apadrinamiento es una técnica de márketing insuperable: pensar que nuestro dinero salva la vida de un niño tiene mucha fuerza. Pero roza la publicidad fraudulenta y económicamente no funciona: ¿quién escoge a los niños que reciben el apadrinamiento? ¿Por qué esos y no otros? ¿Qué pasa con el resto? ¿Cómo se ayuda a un solo niño que vive en una familia pobre: se compra comida sólo para él? Las soluciones a estas preguntas son dos: o conocer muy bien el terreno y apadrinar sólo en una pequeña comunidad –sería el loable caso de Vicente Ferrer en la India, según me han contado– o lo que hace Ayuda en Acción, que es reunir el dinero de todos los apadrinamientos para ayudar a comunidades enteras. Intervida, por su lado, según me dijo Tono Alvareda, director de Cooperacció, lo que hacía era reunir a los niños apadrinados en una escuela nueva con maestros que no eran los de la pública. El desaire al resto del pueblo o el desvío de los fondos destinaba ese proyecto inviable al fracaso.
Entre las ONG se distingue entre los ciudadanos que apadrinan y los que colaboran con una ONG que promueve el desarrollo con proyectos más sensatos. “Suelen ser dos tipos de personas distintas”, cree Jordi Armadans, director de Fundació per la Pau. Las ONG más tradicionales, agrupadas en la Coordinadora Estatal de ONG para el Desarrollo (CONGDE) o en federaciones autonómicas, cumplen las premisas de independencia, transparencia y buenas prácticas. Los nueve principios de la Fundación Lealtad, que se encarga de controlar las ONG que lo desean, son rígidos. Cualquier persona que dé dinero a una ONG puede comprobar en la web de esta Fundación la transparencia de la organización. En las entrevistas que he tenido me he encontrado con gente seria, que me daba la memoria anual de su ONG, con detalles sobre ingresos y gastos. Hace poco hice un reportaje sobre sindicatos, cuya transparencia está lejísimos de esos niveles. Las ONG se rigen por principios severos, que cumplen, y me ha parecido que no tienen nada que esconder. Pero, claro, no son perfectas.

Esto es una gota de agua
Para este reportaje he hablado con catorce personas. Nadie ha escurrido el bulto al hablar de problemas. En mis entrevistas se reconocían dos debilidades en la labor de las ONG para el desarrollo. Todos las sabían y las admitían sin dudar. Lo que no sé es si los ciudadanos lo saben con tanta certeza. Son sobre todo dos asuntos: las ONG hacen lo que pueden de buena fe, pero su alcance real es una gota de agua en un océano de pobreza. Y segundo, hacer que los países pobres salgan del subdesarrollo es una tarea complejísima, que a veces puede incluso ser perjudicial.
Para comprobar el conocimiento del primero de estos obstáculos que tienen las ONG hice una encuesta a 21 amigos. Todos eran, en principio, gente informada. Mi pregunta era ésta: “¿De 0 (nada) a 10 (todo) cuál crees que es la capacidad de todas las ONG del mundo para resolver la situación de los más de 2.500 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios?” La media de las respuestas fue 3,6, es decir, que las ONG tienen recursos para ayudar a unos mil millones de personas. Sin embargo, lo correcto es, siendo generosos, 0,5.
La ayuda total al desarrollo de los principales países donantes en 2005 fue de unos cien mil millones de euros. De esos las ONG gestionan una parte pequeña; en España por ejemplo, de la ayuda española, las ONG administraron en 2006 un 17 por ciento. Pongamos pues que las ONG del mundo –contando sus fondos privados– manejen cincuenta mil millones de euros, más o menos la producción de Guatemala en 2005. Así, según Tono Alvareda, de Cooperacció, “si tenemos en cuenta lo que los países pobres deben por deuda externa, lo que pierden por la relación desigual comercial con el Norte y la enorme inversión que hacen en armas, la cantidad que movemos es minúscula”.
Francesc Mateu, director de Oxfam Cataluña, explica así lo que para él es la cooperación al desarrollo: “Imagina dos amigos que pasean por la playa cuando baja muy rápido la marea. Miles de estrellas de mar no reaccionan y quedan sobre la arena; van a morir. Uno de los amigos coge una y la lanza de nuevo al agua, y el otro le dice: ‘¿Qué haces, no ves que igualmente van a morir todas?’ Y responde el amigo: ‘Eso díselo a la que he salvado’”. Para comprobar cómo las ONG salvan su estrella de mar no hace falta buscar mucho. En la memoria 20052006 de Intermón están todos los proyectos que hacen, lo que cuestan y a cuántas personas benefician. He sumado los proyectos de Mozambique –menos dos muy baratitos de formación en políticas de género y de políticas contra desastres que favorecen a “1.000 comunidades” y “1 organización”– y en ese año beneficiaron a 37.392 personas, gracias a una inversión de casi un millón y medio de euros. Mozambique tiene casi 20 millones de habitantes. Está claro que estos proyectos quieren provocar cambios que afecten a más gente y que en Mozambique trabajan muchas ONG –aunque Intermón Oxfam no sea de las pequeñas, y tampoco es que estén muy coordinadas – , pero de 37.392 a 20 millones la distancia es sustancial.
No por estos números la labor de las ONG tiene menos valor. Luis Magrinyà es el jesuita que fundó Intermón. Magrinyà me habla con admiración de algunos de sus proyectos, en Bolivia por ejemplo, y de cómo cambiaron la vida de aquella gente. Es rigurosamente verdad. Las ONG sirven para mucho, pero a muy pequeña escala. El mismo Magrinyà lo reconoce: “Es como si en un país como España la ayuda de la ONG llegara a una comarca como la Anoia”, que es una comarca catalana de cien mil habitantes.
La tarea de las ONG es necesaria, admirable, imprescindible; que cada cual ponga el adjetivo que le parezca justo. Pero por encima de esto es algo más: es diminuta. Y como tal, incapaz de cambiar el mundo por sí sola.

Además el desarrollo es difícil
El trabajo de las ONG para el desarrollo es pues de alcance muy limitado. Esta dificultad no es la única. La tarea de las ONG se enmarca en un esfuerzo de los países ricos para eliminar la pobreza: la cooperación al desarrollo. Los grandes gestores del desarrollo son los gobiernos y las instituciones multilaterales: Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, junto a los bancos regionales de desarrollo.
La cooperación al desarrollo empezó con el Plan Marshall. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos concedió entre 1948 y 1952 a 16 países europeos una enorme cantidad de dinero, el equivalente a un 10 por ciento de la producción anual de esos países y a un 4 de la de Estados Unidos (en 2005 el país que más dio de su producción fue Suecia con el 0,92). Con ese dinero los europeos decidían qué hacer e incluso se les permitía poner aranceles a productos norteamericanos. Fue un éxito y lo prueba la recuperación rápida de Austria, Holanda, Irlanda, Francia, Noruega e Italia. Fue el primer gran éxito de la cooperación al desarrollo. Y, hasta hoy, el único.
La muestra más clara de que la cooperación no ha funcionado es que muchos millones se han destinado a mejorar la situación de los países pobres y su situación actual es, en muchos casos, peor que en 1960. Hay algo que no funciona. Uno de los casos ejemplares es el de Nicaragua, que tras recibir muchos más millones que el entero plan Marshall sigue tan pobre como en 1990 [el caso de Nicaragua lo explica el reportaje de Sergi Picazo y Iolanda Parra, ganadores del II Memorial Joan Gomis, en la página 15].
Otro ejemplo es el de Mali hasta el año 2000. Un informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) de finales de los 90 llegaba a estas conclusiones, después de haber gastado en Mali 50 dólares por persona durante 20 años: la ayuda no está coordinada, los proyectos no están integrados en la estructura nacional ni en su economía, la eficacia de la ayuda es cuestionable y la gente del lugar cree que sus prioridades son desestimadas. El estudio concluía así: “Sabemos que Mali debe asumir toda la responsabilidad en su proceso de desarrollo. Esto es algo que ya sabíamos en la época del plan Marshall, pero perdimos la perspectiva cuando la cooperación al desarrollo despegó en los 60”. Esto sería un resumen de cómo se ha malgastado el dinero en el tercer mundo.
En los años 60, los países africanos empezaban a independizarse. La ayuda al desarrollo sirvió para poner condiciones: si los gobiernos no cumplían unos requisitos, no había ayuda. ¿Era una manera de mantenerlos controlados en lo político por la Guerra fría y dependientes en lo económico para tener recursos a mano? Es probable. Pero una de las cosas para las que sí ha servido la ayuda es para ocultar los problemas reales que impedían el desarrollo real. Según David Sogge, autor de uno de los libros emblemáticos de la crítica a la cooperación, Dar y tomar (Icaria), escribe: “La cooperación aparece como un remedio a los enormes, viejos y complejos problemas de la pobreza, la ayuda al desarrollo afronta unas expectativas que no puede asumir. Está sobrecargada de esperanza y bombo. La ayuda se convierte así en una distracción que oculta otras fuerzas: un comercio injusto, la fuga de cerebros, la fuga de capital, el descenso de los ingresos públicos”, sin olvidar la dependencia que crea un sistema que ofrece dinero gratis y el paternalismo que implica la caridad [el artículo del economista Pere Escorsa en la página 14 ahonda en esto]. La bibliografía, sobre todo en inglés, con ejemplos desastrosos de la ayuda a la cooperación es vasta.
La ayuda al desarrollo suele ser también interesada. Según el artículo de Carmen González en el libro La realidad de la ayuda 20062007 (Intermón Oxfam), “sólo seis de los 22 donantes principales han desligado la ayuda por completo o casi por completo (Bélgica, Finlandia, Irlanda, Noruega, Suiza y Reino Unido)”. Desligar la ayuda significa no obligar que con los créditos concedidos el país receptor deba comprar productos del país donante.

Una nota a pie de página
En este panorama en el que las instituciones multilaterales y los gobiernos ricos han fallado en su aparente intento de eliminar la pobreza, las ONG son una nota al pie de página. Pero no por ello evitan los vicios de la cooperación: en mis entrevistas no he parado de oír casos como el de un albergue para refugiados que se construyó en Kosovo, que cuando estuvo acabado ya no había refugiados y que hoy es un hotel regentado por la mafia. O el del propietario de una ONG alemana que se encargaba de distribuir medicamentos en Bosnia durante la guerra, que cuando la Unión Europea llegó para establecer un sistema público de distribución, esa ONG fue la principal opositora: “Si esto lo hacen ahora los bosnios, ¿qué vamos a hacer nosotros?”, lamentaba el director.
Cada vez está más comprobado que la asistencia técnica (construir hospitales, pozos o llevar tractores) no funciona. Carmen González cita un estudio de los ingleses Action Aid de 2006 para lamentar que “al menos un cuarto de los presupuestos de los donantes en 2004 se gastó en consultores, investigación y capacitación, a pesar de la creciente evidencia de que la asistencia técnica está a menudo sobrevalorada y es ineficaz”.
Uno de los métodos que idearon las ONG para mejorar su rendimiento fue conceder todo el poder de decisión a organizaciones locales. Según Francesc Mateu, “el delegado allí no puede tener ideas, sólo ayuda a ajustarlas”. Pero como demuestra el libro El mundo real de las ONG de Dorothea Hilhorst, publicado que yo sepa sólo en inglés, sobre las ONG en Filipinas, muchos dirigentes de asociaciones locales tienen sus propios intereses, que vehiculan del mejor modo posible. No es la panacea dar todo el poder a las ONG locales. Ignasi Carreras, ex director de Intermón Oxfam y ahora profesor de Esade, me cuenta cómo si hace unos años llegaba al aeropuerto de Managua (Nicaragua) un encargado de una ONG con unos eurillos bajo el brazo para un proyecto, al día siguiente tenía diez propuestas sobre la mesa de mediadores locales.
Sin embargo, la crítica más dura que he oído del modo de trabajar de las ONG ha sido del médico Quique Bassat. Quique ha trabajado tres años en el centro de investigación que tiene la Fundació Clínic en Manhiça (Mozambique). Allí ha podido ver de primera mano cómo trabajan lo que él llama “los oenegeros”. Otro de los sistemas que las ONG han imaginado para ayudar sobre el terreno sin dar asistencia técnica es dar formación. La educación es lo que al final queda, lo que puede provocar cambios. Esta sería la teoría. La práctica, según Quique, es otra: “No pongo en duda la buena fe y predisposición de los oenegeros, dice, pero la formación que dan es de aficionados”. El problema es siempre más o menos el mismo: “Los proyectos de la ONG son de un año, de tres, pero para ayudar al desarrollo los proyectos han de ser de 25 años y asegurar que lo que has hecho siga en pie dirigido por gente del lugar”. Esto no pasa, según Quique, que ve cómo cuando se va un cooperante que ha estado tres años y llega otro nuevo, el modo de trabajar de esa ONG puede cambiar. O da otro ejemplo de implicación admirable pero puntual: “Una ONG que se dedica a operar cataratas. Vienen a Mozambique, instalan sus cosas y en un mes operan doscientas cataratas. Hacen sus fotos del viejete llorando en señal de agradecimiento y se van. Es admirable, perfecto. Pero es una tirita. ¿Qué ayuda al desarrollo es esa?”. El problema no es que esto esté mal, sino que oculta la realidad.
Cuando termino este reportaje se celebra el día del cooperante. La Vanguardia aprovecha para publicar una entrevista con una cooperante. Allí explica cómo Acción contra el Hambre fue a Níger en 2005 por una crisis alimentaria y puso en marcha centros para niños desnutridos. Fue una emergencia, que es donde algunas ONG dan lo mejor de sí; Médicos sin Fronteras sería el mejor ejemplo. Ahora la emergencia ha terminado y la ONG presiona al gobierno para que asuma los centros. Si no lo hace, igual podrían convertirse en gallineros.

Pero también hay soluciones
La implicación a largo plazo es una de las medidas para mejorar el desarrollo. Pero seguramente no está al alcance de los recursos de las ONG. En el centro de investigación de Manhiça en Mozambique donde trabaja Quique Bassat aspiran a conseguirlo. Sobre todo en dos ámbitos: formación e investigación. La formación consiste en becas de cinco años a mozambiqueños recién licenciados para que se formen en el centro y en el extranjero. “Tienen al menos los mismos recursos que yo, que soy europeo, para formarse”, dice Quique. El objetivo es que de estas becas surjan los futuros director y jefes de área –que hoy ya son mozambiqueños– cuando el centro sea una fundación privada en manos de nativos.
Por otro lado, en el centro se investiga, además de la vacuna contra la malaria, que es su proyecto estrella, cómo remediar las muertes por enfermedades respiratorias, diarreas o sida. Su financiación depende de la ayuda al desarrollo española y de la Fundació Clínic, pero para estos grandes proyectos reciben dinero de la Fundación Gates. Esta fundación no es obviamente una ONG. Los Gates tienen mucho dinero y quieren gastarlo durante su vida. Pero eso no significa mucho. Patty Stonesifer, presidenta ejecutiva de la Fundación Gates, escribe que “nuestros recursos son una gota en un cubo en comparación a lo que se necesita. Para ponerlo en perspectiva, en los últimos nueve años, nuestra Fundación se ha gastado menos de dos mil millones de dólares en sida. En cambio, Naciones Unidas prevé que sólo en 2008 se necesite diez veces esa cantidad para luchar contra el sida en los países de renta media y baja”.
Pero eso no significa que no puedan intentar cambiar algo. Su propuesta es conceder mucho dinero a proyectos que ya están en marcha. Por ejemplo, conseguir la vacuna de la malaria, describir mejor las enfermedades respiratorias que afectan a niños africanos, poner internet en las bibliotecas chilenas o conseguir que una compañía desarrolle tecnología que permita hacer gestiones bancarias con el móvil; así los miles campesinos que viven alejados de las ciudades podrían por ejemplo pedir microcréditos. Para cada campo la gente que escoge los proyectos son muy profesionales –“tienen a los mejores”, me dice Quique Bassat.

¡Que vienen las ONG!
Las ONG prefieren centrar sus pocos recursos en muchos proyectos. Así están en más destinos y tienen más presencia social; parece que se ocupen de más cosas. Como esto no es solución perenne, hace ya años que en las ONG grandes han empezado a verse las cosas desde otro punto de vista. En la carta que encabeza la memoria 20052006 de Intermón, la directora general, Ariane Arpa, dice: “Nuestra experiencia y conocimiento nos ha demostrado que para poner fin a esta lacra [la pobreza] no son suficientes nuestras actuaciones sobre el terreno. Es necesario denunciar las causas que generan desigualdad e influir en ellas”.
Esas campañas son por ejemplo su presión en Hong Kong en la reunión de la Organización Mundial del Comercio, donde acudieron con seiscientas mil firmas españolas para pedir algo. Las ONG de desarrollo trabajan cada vez más en el primer mundo: hacen estudios que demuestran los intereses ocultos de los gobiernos, presionan a la Unión Europea o a Estados Unidos para que no subvencionen sus productos agrícolas o procuran que empresas multinacionales hagan sus negocios de manera limpia. Estas cosas ya había otras ONG que lo hacían: las de derechos humanos –como Amnistía o Justicia y Paz– o las de paz, como la que dirige Jordi Armadans, y que me dice que ve este camino de las ONG de desarrollo como “un proceso de maduración”: empezaron con el desarrollo porque era más inmediato, más efectista, pero los cambios de verdad se consiguen en nuestros países.
Francesc Mateu me pone un ejemplo claro. En junio se firmó un acuerdo entre Starbucks, multinacional de cafeterías, y el gobierno de Etiopía que concede a los campesinos del país un porcentaje mayor en el cultivo de granos patentados. Intermón ha presionado para conseguir el pacto. Según me dice Mateu, el beneficio que obtendrán los cultivadores de café etíopes será de unos 81 millones; el presupuesto anual de Intermón Oxfam es de 69.
Las ONG de desarrollo ven cómo su labor es más útil aquí y mantienen unos proyectos de desarrollo que a pesar de tener poco peso pueden ayudar a pequeñas comunidades. No existen pues en vano. Ni han surgido de la nada. También hay intereses humanos detrás de las ONG. En una de mis charlas hablo con Jaume Ribera, profesor del IESE, que defiende los intereses que pueda tener una multinacional para hacer crecer su negocio y concluye así: “¿O es que la persona que da 100 euros a una ONG no tiene como interés tener la conciencia tranquila?” Está bien poder dar 100 euros y saber que ayudamos a un pobre mozambiqueño. Pero debemos saber que los problemas de los países pobres se resuelven desde nuestros países, y no sólo dando más. También cogiendo menos.

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