El extranjero en el cuarto oscuro

Alberto arce y Luca Gervasoni
Politólogos
El extranjero ha dormido mal. Tiene calor. Mañana de domingo ante el Parlamento kurdo. Asiste a una concentración de protesta. Las organizaciones sociales exigen que se actúe contra los “crímenes de honor”. Gritan. Unas veces en kurdo. Otras en árabe. Tres semanas antes, Doa, una joven de confesión yazidia en la aldea de Bahzani, a pocos kilómetros de Mosul, fue asesinada a pedradas por su familia y una turba de vecinos. Tenía 17 años. ¿Su crimen? Enamorarse de un musulmán. No se trata de un hecho aislado. Otras veces, antes de que llegue el asesinato, la propia joven decide actuar. Normalmente se prende fuego a sí misma. ¿A quién le importa cuando aquí no paran de llover muertos? El extranjero calcula que asisten a la manifestación unas doscientas personas. Frente a ellos, unos treinta militares equipados con material antidisturbios y un número indeterminado de policías de paisano se esfuerzan por evitar que la actividad devenga en manifestación. Ahram Jamal, del Instituto para las Elecciones de Suleimanya, describe la situación: “Es muy difícil desarrollar la democracia en estas condiciones. Nos encontramos ante la responsabilidad de ayudarla a nacer, pero el clima de violencia generalizada, incluso en una concentración pacífica, es muy fuerte”. Ahram le explica al extranjero: “El gobierno no confía en la sociedad civil. La tensión es continua en nuestras actividades. Es muy difícil conseguir permisos para desarrollarlas. Las libertades sufren violaciones constantes. Este ha sido un lugar tradicionalmente violento y las autoridades actuales han recogido esa tradición pese al cambio de régimen”. Los activistas de Al Mesalla están presentes en la manifestación. Están en todas. Siempre que la sociedad civil empieza a organizarse. Abdullah y Waleed reparten los carteles de su nueva campaña. Convocan una semana de actividades para aprender, juntos, a resistir al miedo. A toda clase de violencia. Entre sorprendidos e interesados, los participantes se los quitan de las manos, los leen y hacen suyos, levantándolos al aire ante los soldados. Comienza la Semana Iraquí de la No violencia.

El extranjero acompaña a los miembros de Al Mesalla. Presencia la misma escena una y otra vez. Mosul, Suleimanya, Dohuk, Kirkuk, Halabja y Gharmian. Es testigo. Un incansable grupo de activistas se levanta a las seis de la mañana, prepara carteles, calendarios, flores y palomas. Los introducen en el maletero de un coche para distribuirlos a través de los bellos paisajes del Kurdistán en una primavera de esquina rota. Viajan para encontrarse con otras organizaciones e invitarlas a participar de su trabajo. Invitarse mutuamente. Exigen la reconciliación. Sueltan palomas por la paz junto a cientos de escolares en un antiguo centro de tortura del Partido Baaz. Exigen la retirada inmediata del ejército invasor. Plantan olivos en la carretera que une Dohuk con Mosul. Exigen elecciones democráticas. Inundan de pancartas una avenida de Kirkuk. Exigen paz. Organizan actividades, conferencias, pases de documentales. Hablan de Gandhi y de la no violencia como estrategia para transformar el conflicto en Irak. Exigen justicia.

El extranjero, en principio, se pregunta si se trata de acciones meramente simbólicas. Vive en Barcelona. Allí la violencia iraquí es solo un paisaje distante. Una litografía donde el horror se repite, aleatoriamente constante, saturando su retina. Los iraquíes, las iraquíes se pasean por la pantalla del televisor de los honrados ciudadanos de occidente como si no tuviesen corazón. Casi siempre alzando las manos hacia un cielo que no responde. Entre los restos de un atentado reciente. Gritando. Como si, antes de que los matasen, nunca hubiesen estado vivos. El extranjero recuerda que antes de venir aquí no creía que estuviese sucediendo. Ahora, a veces, en la noche se revuelve y se incorpora. ¿Cómo creer que aquí mueren tres mil personas cada mes? Creerlo de verdad. Hacerlo suyo. Empatizar. El extranjero se pregunta por qué se pudren lentamente veinte millones de personas en éste país. Y si consigue una respuesta, ¿cómo comprender que unas palomas, olivos, carteles, salvarán a alguno de ellos?

El extranjero sabe que las palomas no salvarán a nadie; pero quizás alguien volverá a tomar aire y compartirá su determinación. Alguien aprenderá a dirigir sus gritos. Abdullah dice: “Queremos recordar que todavía estamos vivos. Que todavía existimos. Que no nos hemos rendido. Que todavía tratamos de recuperar el futuro que nos roban. Todavía”. Paciencia y valor. Lucha. Sobre todo valor. El de los que deciden pasarse al activismo en una sociedad donde el reto es la creación, desde cero, de una democracia. Por este país han pasado décadas de dictadura y guerra que nos cargan de responsabilidad. A los honrados ciudadanos de occidente.

El extranjero va encontrando respuestas. Cree con ellos. Las acciones de Al Mesalla, profundas y trascendentes en su aparente minimalismo, devienen en detonante. Es más interesante que considerarlas, ciego en sus apriorismos, un fin en sí mismo. El detonante se sienta en los encuentros, junto a ellos. En la visibilidad que otorga ese “a la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que pues vivimos anunciamos algo nuevo” se establece la radicalidad propositiva de su existencia. Tras esas flores, tan artificiales como reales, cortadas y clasificadas en bolsas de plástico durante largos viajes en coche e inmensos madrugones. También mientras el extranjero infla globos con ellos. ¡Globos frente a tres mil muertos al mes! En largas noches de tertulia, con un generador como banda sonora llega siempre el porqué. “Tratamos de crear una red de activistas contra la violencia en Irak. La red LAONF. Lo mismo que soñamos aquí, mientras nos despertamos y descubrimos que era cierto, sucede estos días a lo largo de todo el país, en Bagdad, Basora, Kut, Najaf, Tikrit.” El extranjero hace recuento. Durante la concentración de protesta contra el asesinato de la chica, Abdullah lanza una convocatoria: ¿por qué no nos coordinamos y planeamos viajar al pueblo de la chica para celebrar un acto en su memoria y contra la violencia? Os convoco a una reunión en el Centro Hiwar, la sede de Al Mesalla”. Durante más de una semana, decenas de personas tratan de coordinarse para plantar un olivo en el lugar del crimen y abrir un diálogo con sus habitantes en torno a la necesidad de terminar con la violencia. Ese árbol nunca llega a Bahzani. Lugar inaccesible a las actividades de la sociedad civil. Sumido en el caos y el desgobierno de las milicias encapuchadas. En Al Mesalla son valientes, pero no suicidas. Más de una decena de organizaciones han tenido tiempo para conocerse, coordinarse, debatir y buscar puntos en común utilizando como plataforma física y de debate político el Centro Hiwar. La generalización de estos encuentros permite construir, sutil y gradualmente, esa difusa red de confianzas, alianzas y complicidades que constituye una sociedad civil activa tras el paso, constante, de los años. Este es el objetivo de Al Mesalla ¿Os parece poca cosa? ¡Que nadie olvide que aquí mueren tres mil personas al mes! ¡Que estamos en un país de más de un millón de muertos!


Viaje a kirkuk
El extranjero viaja a Kirkuk, puerta de entrada al cuarto oscuro. Representa a la perfección el avispero iraquí. Ciudad mixta en la que conviven kurdos, árabes sunitas y chiítas y turcomanos. Las bombas y atentados suicidas ya son, aquí, prácticamente aleatorios y no hay más seguridad posible que no visitar el lugar. ¿Pero, dónde se quedan sus habitantes? Para ellos, la vida es más que una visita turística. Al Mesalla teme el secuestro. Un grupo armado puede parar el coche y percatarse de que un extranjero viaja dentro. Fin de la historia, seguro, para los iraquíes que le acompañan. Aun así, el corazón obliga. En cualquier situación, es necesario que alguien traspase las fronteras de la sensatez. “Aquí te llamas Assad. No hables con nadie, si alguien se dirige a ti no contestes y déjanos hablar a nosotros, escóndete detrás de la cámara de video y no dejes de grabar.”

El extranjero capta el significado del silencio, la velocidad y la música a todo volumen. La culpa es de Kirkuk. Se para el coche, comienzan a colocar una pancarta en medio de la calle y un grupo de curiosos se acerca. No llegan a la media docena. Se entabla un debate. Inmediatamente dos Humvees del ejército iraquí se detienen a preguntar qué sucede. Mientras los activistas explican el concepto de su campaña, los peatones abren una discusión con los soldados y se muestran hartos de “la situación”. El extranjero realiza un par de entrevistas y filma a los soldados estudiando con detenimiento lo escrito en los carteles. Lo que no se ve, no sucede. Estas imágenes constituyen la mejor carta de presentación de Al Mesalla. Pasan los minutos. Diez. Demasiados. Ante la duda, subirse al coche y abandonar el lugar con rapidez. La misma operación se repite en un par de ocasiones y finalmente la campaña se dirige al local de un grupo de estudiantes, donde se entabla un debate intenso sobre la necesidad de apropiarse de las calles y los espacios a cuerpo descubierto. Ya basta de esconderse. “Estas calles y plazas son nuestras, de los ciudadanos. Las milicias y el ejército nos las han arrebatado”. Tristemente, el límite sensato con el que los activistas pueden salir a la calle y tratar de fomentar entre sus compatriotas el concepto de la no violencia es de apenas minutos en “acciones de comando, veloces y arriesgadas”. El riesgo, siempre presente: la muerte, que no quepa la más mínima duda.

¿Tiene sentido jugarse la vida para que cien personas vean una pancarta? El extranjero se lo pregunta a Abdullah. Lo soluciona tajantemente: “¿Qué vamos a hacer, quedarnos en casa, asustados, esperando a que los maten, irnos del país y entregarles la victoria a los norteamericanos y los terroristas que han traído con ellos? Esto es lo que se puede hacer ahora y lo hacemos. Cuando podamos perfeccionar nuestras actividades no tengas la más mínima duda de que avanzaremos, pero simplemente salir a colocar pancartas supone un riesgo altísimo. El ser humano se adapta y sobre todo, no se rinde, llegando hasta el límite en cada situación que se le plantea”.


Bagdad por teléfono
No fue posible que el extranjero se desplazase a Bagdad con el objetivo de documentar en persona las actividades de la “Semana iraquí contra la violencia”. La ciudad, convertida en un no lugar donde millones de personas tratan de sobrevivir en condiciones inimaginables se ha convertido en oscura referencia, inaccesible para todos aquellos que no se han quedado atrapados en su caos. En conversación telefónica con Bagdad, Basil Abdul Karim miembro de Al Mesalla, anuncia emocionado: “Lo hemos hecho, hemos comenzado la campaña en Bagdad”. Basil continúa. “Dos decenas de activistas se han concentrado a las puertas de la Universidad de Al Mustansiriya, en el mismo lugar donde en enero, más de 60 estudiantes y profesores fueron asesinados. Hemos inaugurado una exposición con sus fotos y hemos repartido carteles por la noviolencia incluso fuera de la universidad, en la calle. También durante la manifestación del primero de mayo hemos estado presentes, estableciendo contactos con diversos grupos para invitarles a participar de la red LAONF”.

Prácticamente al mismo tiempo que comenzaba la actividad, una fuerte explosión tuvo lugar a unos cientos de metros de donde se encontraban. La vida diaria en Bagdad se ha convertido en explosiones y secuestros aleatorios de los que los activistas no saben si saldrán con vida. No van a modificar sus planes de cotidianeidad por las explosiones. Los supervivientes de Bagdad ya no están dispuestos a rendirse. Varios días después, Basil y Zaid Wardi del Centro Mesalla en Bagdad viajaron a Erbil para encontrarse con el extranjero. Largas charlas nocturnas y una asombrosa visión: “La situación (así es como ellos se refieren a la situación) terminará. Lo que tratamos de hacer es mantenernos unidos y esperar a que llegue ese momento. Las actividades y metodología de la noviolencia son el instrumento mas integrador que hemos encontrado para tratar de generar esa red de confianza y esperanza que nos permite sobrevivir y continuar trabajando. Quienes sobrevivan tendrán la responsabilidad de construir un país. Un país justo. Ahora sí: democrático”.


Alberto Arce (Gijón, 1976) es licenciado en Ciencias Políticas y se gana la vida como realizador de documentales. Ahora termina uno titulado ‘La situación: pacifistas en Irak’, que está en la base del reportaje premiado y ha sido el motivo de sus viajes a Irak, donde ha ido varias veces en el último año. Luca Gervasoni (Barcelona, 1978) también es licenciado en Políticas, y se ha encargado de coordinar el proyecto de Arce desde la ONG en la que trabaja.

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