Mi discoteca de ópera

Luis Suñén
Luís Suñén nació el 21 de junio de 1951 en Madrid. Estudió filología hispánica y un poco de medicina en la Universidad Complutense de Madrid. Luego fue director de las editoriales Alfaguara, Alianza, Espasa Calpe y Acento. Ahora escribe sobre música clásica en el diario de El País y desde hace cuatro años es director de la revista musical Scherzo. Este año ha publicado su poesía reunida en El que oyó llover (19782006) en la editorial Dilema.

No es fácil elegir de una discoteca aquello que uno prefiere. Le pesa detrás toda su vida de aficionado, aquellas cosas que amó porque le revelaron algo y hoy, ingrato, tiene en el purgatorio o, peor aún, en el limbo que ha dicho el Papa que no existe. Y luego están las que hoy, echado a perder, le gustan. Y diga lo que diga estará mal el autorretrato que salga de sus palabras, pues mañana quizá fuera distinto porque esa voz le descubre un corazón que antes pareciera más bien frío y el desprecio de ayer es hoy simple gratitud. Así que ahí van unas cuantas óperas –añadan también Wozzeck de Alban Berg, Diálogo de carmelitas de Poulenc, The Rake’s Progress de Stravinski– que hoy –ayer fueron unas, mañana serían otras– le pide el cuerpo a este oyente que sabe que ni en tres vidas que viviera podría escuchar todo lo que quiere, o sea, eso: todo.

Händel,
Alcina. Sutherland, Berganza, Sciutti, Freni. Bonynge
Todo Händel es extraordinario. Y el Händel vocal, simplemente sublime. Prolífico y siempre diverso, Alcina es, con Julio César –igualmente seleccionable– quizá su ópera cuyo libreto ha soportado mejor el paso del tiempo. Va a ser la única de las aquí traídas de las que me voy a permitir hablar de la versión escogida. Se trata de voces lúcidas, poderosas, expresivas y que en la época de la grabación y después de ella se dedicaban en buena medida al bel canto y la ópera italiana. Y es que se olvida que eso, las voces, son fundamentales en Händel y que seguramente a él le hubiera gustado poco escuchar esas correctísimas versiones filológicas de hoy cantadas por intérpretes de pequeño formato, tímbricamente deliciosos pero carentes del empuje dramático –apoyado en lo canoro– que aquí se exhibe.

Mozart,
Las bodas de Fígaro. Taddei, Schwarzkopf, Moffo, Wächter. Giulini
Olvidados ya los tiempos en que pesaba el libreto como pequeña bomba contra el Antiguo Régimen, queda, claro está, la maravillosa trama teatral, capaz de mantenernos en vilo durante esa loca jornada en la que el amor, el poder, el abandono y la juventud se dan cita en un palacio de Sevilla. Beaumarchais era un genio, Da Ponte otro, pero Mozart más que los dos juntos. Y de todos los que salen en esta peripecia en la que triunfa el amor –también ese que tiene la cáscara más bien amarga– surge un personaje que volverá a aparecer en esta selección: Cherubino, el joven paje enamorado del amor –también volverá esta misma expresión– que anda perdido entre mujeres. Sus dos arias son –con el dúo de los hombres armados de La flauta mágica– tal vez lo más grande que ha dado Mozart para la escena. Eso y otro momento increíble: el aria de Marcelina, capaz de transformar la pérdida de un broche en un canto desgarrador. Música, toda la de Las bodas de Fígaro, para una isla desierta. Para esperar la muerte sin parar de llorar al pensar en lo agridulce de la vida.

Verdi,
Simon Boccanegra. Capuccilli, Freni, Carreras, Van Dam. Abbado.
Toda esta ópera vale lo que el Prólogo de su segunda versión vale. No es justo decirlo, ya lo sé, pero me lo permito llevado por lo excitante de esta aventura seleccionadora. En ese Prólogo está el mar de la República de Génova sólo un poco antes de que sea proclamado su primer dogo. En ese mar se mirará cuando, agotado, envenenado, su cuerpo se rinda a la evidencia del destino convertido en historia. Verdi, el más democrático de los músicos, nos entrega una obra de una plenitud casi tan absoluta como la de Falstaff pero en la que aún queda algún jirón –bien sea mínimo– de esa vulgaridad que lo enaltece. Aquí el amor se confunde, el perdón se crece, la política se adelgaza, y una vez más el músico al que los suyos adoraban cuida su obra con la delicadeza de una criatura para la que se quiere lo mejor. Ah, esas acotaciones verdianas que lo dicen todo…

Wagner,
Tristán e Isolda. Suthaus, Flagstad, Thebom, Fischer-​Dieskau. Furtwängler
Los enamorados del amor, que decía Rougemont, de sí mismos como actores de lo imposible, en manos de un vegetariano que comía carne humana, como define a Wagner mi amigo Blas Matamoro. El problema es que, a diferencia de los demás títulos de esta selección, no se puede escuchar con frecuencia. La sobredosis es mortal. Wagner escribió el segundo acto en Venecia, en el Palacio Vendramin, donde moriría, y que hoy es sede –así es la vida– de un casino. Todo es difícilmente soportable. Su final es, tal vez, lo más grande jamás escrito, la prueba irrefutable de que se puede ser un creador genial y un ciudadano de dudosa conducta que sólo vive por y para su obra, que se permite regalarle a su mujer una nueva partitura o un volumen de sus escritos encuadernado sólo para ella y no un collar de perlas o un anillo de oro.

Puccini,
Madama Butterfly. Scotto, Bergonzi, Di Stasio, Panerai. Barbirolli
Las penas de la pobre japonesita hacen llorar, y si no, es que algo no funciona. Pero hacen llorar a través de una música que las subraya sin trampas y que nos lleva de la exaltación al desastre con paradas en la intransigencia familiar, la irresponsabilidad de un marino americano o la piedad de un diplomático. Hay quien prefiere Tosca o La bohème, las dos tan maravillosas como su autor, pero esta historia tan triste –también lo son las otras– tiene algo en su orquestación, en la delicadeza de su acento, en la traducción de lo íntimo, que me parece que va más allá que sus hermanas. Stravinski admiraba a Puccini y a este no le daba miedo el porvenir. Oído desde la modernidad, sorprende siempre.

Strauss,
El caballero de la rosa. Lott, Von Otter, Bonney, Moll. Kleiber
Todo es aquí casi perfecto –y el casi viene de la imposibilidad del concepto pleno. El autor de Elektra y Salomé decidió desandar lo andado, le dio miedo y prefirió ser fiel a sí mismo, burgués, acaudalado, profesional. Pero el golpe de genio le pilló bien preparado. Contaba con Von Hoffmanstalh, que le consentía casi todo, y entre los dos firmaron este testamento del fin de un mundo –aún habría de ser peor, ya lo vería Strauss cuando contemplara la caída de los dioses alemanes– a partir de la parábola de una Mariscala que contempla en carne propia cómo pasa el amor igual que el tiempo. Escuchar el trío del último acto –si ese crescendo de la orquesta no sale bien de nada habrá servido lo anterior– es comprobar cómo la música es capaz de todo, aún después de haber firmado algún otro certificado de defunción –el aria del tenor italiano en el primer acto. Todo lo acabará rematando la Condesa en Capriccio. Sí, en efecto, fue un sueño y nada es ya lo que ha sido.

Massenet,
Cherubin. Von Stade, Anderson, Upshaw, Ramey. Steinberg
Hay que pedir perdón. ¿Una obra menor de un autor menor tenido por sentimental? Es la historia de Cherubino crecidito, del mozalbete que sigue sin conocerse, que elige el amor duradero porque el otro le está vedado, porque siempre hay alguien por encima que se queda con lo venal y por eso no resta sino la seguridad de lo que, al fin y al cabo, está al alcance de la mano. “Es Don Juan”, dirán de él. “Es Doña Elvira”, sentenciarán de Nina, su mujer elegida al fin. No es más que un juego, seguramente. Pero es el juego del amor inacabable, inmaduro porque sus frutos nunca lo son del todo. Mejor que Manon y que Werther juntas, créanme, este Cherubin muestra el genio de un autor que a veces lo tenía pero que prefería no complicarse la vida.

Janacek,
Jenufa. Söderström, Ochman, Randová, Dvorski. Mackerras
Casi cualquier ópera de Janacek podría aparecer en esta selección: Katia Kabanova, El caso Makropoulos, Las excursiones del señor Broucek, De la casa de los muertos. Jenufa es trágica en el fondo y algo truculenta en la forma pero Janacek –uno de los grandes operistas de la historia– supera su libreto con una música de una expresividad insólita, de una inteligencia dramática excepcional que, además, se pliega como un guante a la articulación del idioma checo.

Britten,
Peter Grimes. Pears, Watson, Pease, Kelly. Britten
Otra vez el mar. Y el ser humano enfrentado a los demás y a sí mismo. Y los niños. Y la homosexualidad. Y la justicia que no acaba de ser ciega pues ignora lo más hondo. Todo, pues, muy Britten, ese inglés pacifista, socialista y que murió en manos de su amado. Podría haber seleccionado Billy Budd o Muerte en Venecia, que vienen a decir lo mismo. Pero en Peter Grimes la importancia de la gente, la presión del pueblo que no comprende nada de lo que ve es más fuerte. Y luego están esos Interludios marinos que son escena y telón, música más allá de cualquier suceso.

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