El arte harta

Rosario Bofill
Enciendo la televisión antes de comer. Encuentro un conocido cocinero enseñándome cómo guisar un plato de pescado. Mientras cocina hace sus chistes. Después de comer, en otra cadena, cuando tengo el estómago lleno, cada día de un restaurante distinto me presentan un guiso. Y acaban con un: “Que aproveche”. Otra vez abro la tele a media tarde: desde no sé que rincón de España una abuela me enseña cómo guisar un suculento cocido con habichuelas y chorizo. Abro la tele antes de cenar y un muchacho delgado y vivaracho, que quiere, creo yo, simplificarme la vida, me prepara un plato, según él, muy fácil. Acabo pensando que no sé si es un arte la cocina pero si que estoy muy harta de tanto ver cocinar. ¡Ah! Y a todas estas sus cocinas resplandecen, no hay nada sucio, todo brilla y cacharro que ensucian cacharro que no vemos más. Se me antoja un arte con trampa.
Cuando me casé, como me casaba con un intelectual las amigas sentían curiosidad por saber de que hablaban los intelectuales cuando se reunían: “Hablan de restaurantes y de cocina”, solía decirles. Se quedaban muy sorprendidas y yo misma estaba sorprendida, pero estas eran la mayoría de conversaciones que oía.
Ahora los medios de comunicación se han empeñado en enseñarnos a cocinar. Pues ya me he hartado de aprender. El que tenga el arte de cocinar que lo practique en su casa o en su restaurante. Yo con lo poquito que sé incluso alguna vez hago algún plato digno de ser elogiado por los invitados. Me basta.

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