1977. En Cannes y sus chicas

Íñigo Méndez de Vigo
Eurodiputado del Partido Popular
¿Quién afirmaba que las casualidades no existen? El mismo día en que El Ciervo me pide un apunte sobre “el verano de mi vida” Bettina Arqueros, a quien no he visto en los últimos treinta años, me envía una foto ¡del verano de mi vida! Aunque les cueste creerlo, el de la cinturita de avispa, la pelambrera insultante, la mirada a lo Elvis Presley –eso decían algunas partidarias– y la camisa estratégicamente desabrochada por la que asoma –¡oh cielos!– una cuchilla de afeitar, es el abajo firmante.
Estamos en 1977. Mis padres creían que habían enviado a su primogénito a Caen, ciudad reputada por sus tripas, y en realidad me encontraba en Cannes, más conocida por sus chicas. Cosas de la mala pronunciación. Creía venir de “un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles” y me encontré tarareando la dolce speranza dei tempi migliori y explicando a los alumnos del Lycée International los avatares de la transición política, el papel del Rey, las elecciones democráticas tras la muerte de Franco, y la ilusión que provocaba lo que más adelante sería la Constitución de la concordia. Me apresté a poner medias suelas a mi vida al tiempo que los españoles abandonábamos el Spain is different para convertirnos en un país ávido por compartir un futuro común con el resto de los europeos.
En aquellos dos meses surgió un amor imperecedero por las canciones de Serge Reggiani y por el autor de À la recherche du temps perdu. También guardo en la retina el fogonazo de algún verso de Rimbaud y Baudelaire. No sabía entonces lo que me deparaba el destino pero no me preocupaba nada no saberlo: de aquel verano del 77 conservo el dulce recuerdo de esperarlo todo de la vida sin pedirle nada a cambio. Y treinta años después, un único lamento: el de no recordar el nombre de la bella que en la foto escucha embelesada mis humildes requiebros.

Revistas del grupo

Publicidad