1963. Ya somos viejos, Paca

Félix Grande
Poeta
Fue en 1963. De casi todo hace ya mucho tiempo. No me quejo. Confieso que he vivido. Una tarde de julio, bebiendo vino en la taberna Farra, cerca de la Puerta del Sol, Fernando Quiñones, que ya murió y que tanto me falta, dijo con esplendor: “Dile a Paquita que en agosto vais a veranear en Cádiz”. ¡Dios mío, veranear, como los ricos! Pudimos reunir dinero para el tren. El alojamiento y las comidas fueron gratis. Pilar Paz Pasamar y su marido, Carlos, tenían su casa en el número 8 de la calle Brasil, a cincuenta metros del mar. Dispusieron para nosotros una habitación admirable, con una cama omnipotente. Todos los días reíamos unas pocas de horas, comíamos como saurios y éramos felices como gorrinos en un charco. Carlos era un gran aficionado al flamenco, Pilar era la mujer más guapa del mundo, Paquita era la mujer más guapa del mundo, y yo era el apocalíptico más dichoso del mundo. Cádiz entero nos besaba la cara, el drago de la Facultad de Medicina nos serenó las sienes con su calma de siglos, y el gaditano Paco Mateo nos dio lecciones de saber estar: entre otras cosas, Paco era coleccionista de crepúsculos. Dice Pablo García Baena que la poesía es precisión y misterio. Es cierto. Aquel verano se resume en cuatro palabras de Juan Ramón Jiménez: “Qué tiempo el tiempo”. Ya somos viejos, Paca. Pero en aquel verano que pasó en un suspiro éramos jóvenes y fuimos inmortales.

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