Diez deseos para un cambio

Juan Fernández de la Gala
1. Por una Iglesia más respetuosa con cada una de las culturas donde el cristianismo se ha encarnado, una Iglesia que entienda la importancia de inculturar las celebraciones de la fe a través de la lengua, los símbolos y los gestos propios de cada una de ellas.
2. Por una Iglesia promotora de un nuevo diálogo interconfesional e interreligioso, construido desde presupuestos de igualdad. Queremos una Iglesia que reconozca que sí es posible la salvación fuera de ella, porque el Reino de Dios es un concepto mucho más grande que la Iglesia, porque Dios es más grande que la propia Iglesia. Nuestra Iglesia, que no es depositaria de la única verdad, deberá asumir este diálogo con esa humildad constructiva de la que tan pocas veces ha dado ejemplo. Deberían darse pasos decididos para garantizar la reconciliación con protestantes y ortodoxos, que deberían ser recibidos en la gran comunidad eclesial, reconociendo y respetando expresamente sus peculiaridades y su historia.
3. Por una Iglesia más respetuosa con el trabajo científico, como medio del que Dios se vale para completar su creación y ponerla en las manos del hombre. Nuestra Iglesia debería promover un diálogo con la ciencia, bajo nuevos presupuestos de igualdad y colaboración, estableciendo como único límite del desarrollo científico la propia dignidad del hombre y proponiendo (no imponiendo) su propia reflexión ética al respecto. Es la calidad y la autoridad de los argumentos y no el peso de su poder el que la Iglesia debe hacer sentir en este terreno. Y es la luz de su doctrina, y no el calor de sus condenas, la que debe abrirse paso en la conciencia de los hombres y mujeres. Como creyentes, echamos de menos una actitud más agradecida hacia la actividad científica, que ha logrado mejorar muy significativamente el nivel de vida y salud de los pueblos. La nueva antropología, surgida de los avances de la biología, remite a una nueva concepción del hombre y de lo humano. Y esto obligará probablemente a redefinir conceptos y abrirá nuevas cuestiones éticas. La Iglesia no está llamada a negar la novedad, sino a reflexionar sobre estos nuevos retos y a actualizar el mensaje intemporal de salvación que contiene en Evangelio.
4.Por una Iglesia más respetuosa con el medio ambiente, abanderada de la lucha por un planeta más habitable. Actitudes insolidarias, derrochadoras e irresponsables en nuestro modo de utilizar los recursos del planeta, deberían considerarse expresamente desde la Iglesia como situaciones de pecado, es decir, contrarias al proyecto dignificador de Dios. Se debería exigir de los cristianos y de su Iglesia una actitud ética de compromiso no sólo con las futuras generaciones, sino con quienes sienten los efectos de un desarrollo devastador cuya medida no es el hombre ni su dignidad, sino el beneficio inmediato de unos cuantos.
5.Por una Iglesia más comprometida con los pobres, con los marginados, con los olvidados, con los que no tienen voz. La voz de Roma debería ser la conciencia solidaria de Europa y del mundo. El capítulo 25 del evangelista Mateo contiene un mensaje radicalmente revolucionario que no parece que hayamos sabido asumir en todo su compromiso: los pobres, los desplazados, los excluidos, los despreciados, las víctimas, los silenciados, los desprovistos de todo derecho, constituyen la imagen viva de Cristo ante nosotros. Son ellos, los crucificados del mundo y de la historia, los que actualizan la propia crucifixión de Cristo en la Jerusalén global de hoy. Y, por tanto, son ellos los que nos evangelizan con su vida y a los que debemos una atención preferente. De forma inequívoca, debe ponerse de parte del crucificado.
6.Por una Iglesia más respetuosa con la mujer, que tiene que empezar a ser incorporada a las estructuras eclesiales de responsabilidad y decisión, en plena igualdad con los hombres. Ya en su tiempo, Jesús de Nazaret rompe expresamente con numerosos preceptos religiosos de carácter misógino, dejando en evidencia que su mensaje liberador no admite ningún tipo de discriminación, y mucho menos de género. Fueron precisamente las mujeres los primeros testigos de la resurrección de Cristo en la comunidad de los apóstoles y la presencia femenina en el germen eclesial de Pentecostés resulta innegable. La misoginia eclesial es un escándalo y carece de justificación.
7.Por una Iglesia más respetuosa con la sexualidad, que ha sido torpemente considerada como pecaminosa y generadora de culpa. Los matrimonios cristianos pueden aportar mucho a esta nueva visión de la sexualidad, como medio humano de expresar libremente el afecto entre las personas, en un clima de responsabilidad y de respeto. Asumir esta nueva visión exige replantearse la cuestión del celibato sacerdotal y convertirla en una opción personal, que podría coexistir, en sana lógica, con la posibilidad de ordenar a personas casadas. Exigiría igualmente replantearse el empleo responsable de los medios anticonceptivos, que la ciencia pone a nuestra disposición. Y exigirá, por último, valorar los nuevos tipos de relación familiar que están surgiendo y, en lugar de negarlos condenatoriamente, ver el modo en que el amor de Cristo se materializa también en ellos.
8.Por una Iglesia más respetuosa con la propia pluralidad eclesial, que constituye siempre una riqueza y un don, aunque a veces pueda resultar desconcertante. La autoridad de la Iglesia no reside en la uniformidad de criterio y pensamiento que puedan imponerse desde arriba, sino en la comunión y en la participación de todos los fieles, reconociendo la diversidad de carismas como un patrimonio al servicio de la Iglesia. Los pastores están obligados, no sólo a palpar el pulso del Espíritu en la intimidad de su corazón o en la colegialidad de sus decisiones, sino a buscarlo también en el sentir de la comunidad a la que sirven.
9.Por una Iglesia que pudiera ser ejemplo de diálogo constructivo, alejada de la cerrazón y de actitudes integristas. No estaremos en condiciones de condenar con credibilidad ningún tipo de integrismo religioso si no abandonamos nosotros esas actitudes que, vistas en otros, nos resultan tan fáciles de detectar y condenar. Será preciso reconocer abiertamente que ha existido un verdadero terrorismo espiritual de la Iglesia católica, basado muchas veces en manejo psicológico del terror al infierno, en la exacerbación de la culpa y en la amenaza de condenas, excomuniones o silenciamientos ante el menor desvío de la ortodoxia.
10.Por una Iglesia capaz de aportar al mundo desesperanzado de hoy un mensaje de esperanza: la esperanza que nos suscita un Dios que, sobre todo, es amor y es perdón. Será preciso, pues, abolir de modo expreso las actitudes catastrofistas y las soflamas condenatorias y ofrecer al mundo palabras y gestos sencillos, que sean capaces de revelar a todos el amor comprensivo del Padre, el rostro cercano de Cristo, y el aliento vivificador del Espíritu.

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