Las posibilidades laborales

Pere Escorsa
Catedrático de economía
A menudo las previsiones mejor fundadas no se cumplen. Surge un hecho inesperado que las desbarata. Hace sólo cinco o seis años se creía que el sistema de Seguridad Social español era insostenible y requería una reforma urgente. Hoy la situación ha cambiado radicalmente: en la Seguridad Social se usa el sistema de reparto, es decir, las cuotas de los que trabajan hoy financian a los jubilados de hoy.
En los primeros años del presente siglo se produjeron masivas jubilaciones anticipadas o prejubilaciones –una forma elegante de disimular los despidos – , efectuadas por la banca, las compañías eléctricas, Telefónica, Renfe y otras empresas. En 2003 el número de prejubilados en España superaba los 600.000. Todavía hoy están en marcha grandes operaciones de este tipo en Televisión Española y en el propio gobierno, que ha anunciado un plan para prejubilar a 25.000 funcionarios. No es de extrañar que en España sólo un 43 por ciento de los trabajadores de 55 a 64 años continúe activo, porcentaje superior a los de Italia o Francia, aunque inferior a los de Suecia, con un 69 por ciento o Japón, próximo al 80 por ciento.
Junto a las prejubilaciones, otros factores amenazaban con llevar el sistema de pensiones al colapso: una esperanza de vida de las más elevadas del mundo, próxima a los 80 años, con el consiguiente envejecimiento de la población, la baja natalidad y un retraso en el comienzo de la vida laboral. Se calculaba que hacia 2020 el 50 por ciento de la población debería mantener a la otra mitad. Era preciso tomar medidas drásticas: aumentar el nivel de las cotizaciones, reducir las pensiones o alargar la edad de jubilación.
Sin embargo, en los últimos años se ha producido un fenómeno imprevisto y sin precedentes: la inmigración. En muy poco tiempo, España ha pasado de 39 a los 44 millones de habitantes actuales, lo que ha producido, junto a un rejuvenecimiento de la población, un incremento del número de cotizantes. En Cataluña un 13,8 por ciento de sus habitantes son ya extranjeros. La certera demógrafa Anna Cabré reconoce que se han superado todas las previsiones.
Simultáneamente se están notando los efectos del brusco descenso de nacimientos durante la Guerra civil, estimado en medio millón, lo que se traduce ahora en un menor número de jubilados. También se nota, aunque tímidamente, las medidas del gobierno para alargar la edad de jubilación. Como consecuencia, las finanzas de la Seguridad Social han experimentando importantes superávits durante los últimos años, que han permitido constituir una fondo de reserva que supera los 40.000 millones de euros. El ministro Solbes ha afirmado que es posible mirar con optimismo el futuro de la Seguridad Social en un plazo de 25 o 30 años, aunque sea necesario seguir haciendo reformas.

Alargar el trabajo
Sin urgencia, por tanto, la tendencia continúa siendo el alargamiento de la vida laboral para mantener la viabilidad del sistema, al igual que sucede en Europa, lo que suscita airadas protestas. La Italia de Berlusconi retrasó en 2003 la edad de jubilación desde los 57 años, si se si se garantizaba un mínimo de 35 años de contribución a la Seguridad Social, a los 65.
En España, esta relativa tranquilidad en el sistema de pensiones ha permitido avanzar hacia un sistema de jubilación flexible, a la carta, con una ampliación del abanico de opciones individuales. Ahora pueden prejubilarse a los 61 años los trabajadores que hayan cotizado 30 y tengan seis años de antigüedad en la empresa. Pero también es posible prolongar la vida laboral: a los trabajadores que sigan en activo más allá de los 65 años se les incrementará la pensión un 2 por ciento por año y un 3 por ciento si han cotizado 40 o más. Cada vez es más corriente contar con planes de pensiones complementarios.
Desde 2002 existe la posibilidad de jubilación parcial, que permite hacer compatible trabajar a tiempo parcial con el cobro de parte de la pensión. El trabajador reduce su jornada y salario, sigue cotizando pero avanza el cobro de su pensión.
El sistema evoluciona, pues, de forma correcta, intentando adecuarse a los deseos individuales de los trabajadores, lo que no siempre es posible, ya que un inesperado expediente de regulación puede dar al traste con cualquier expectativa.
Pero ¿se sienten satisfechos los jubilados, tanto los que lo hicieron a los 65 como los que fueron prejubilados? Hay de todo. Algunos están felices, realizando tareas domésticas, cuidando a los nietos o, sencillamente, no haciendo nada. Otros pueden dedicarse, por fin, a actividades o estudios que no pudieron realizar en su etapa activa. Pero muchos se sienten frustrados, especialmente los que fueron prejubilados antes de los 60. Son frecuentes las depresiones. Sienten que su capacidad y experiencia no han sido aprovechadas.
La moderna “gestión del conocimiento” insiste en que los conocimientos de los empleados son un activo intangible de enorme importancia para la empresa. Sin embargo, las grandes empresas no parecen prestar ninguna atención a esto cuando prejubilan a miles de empleados. Prevalecen las consideraciones económicas a corto plazo sobre la pérdida del llamado “capital intelectual”. Es además difícil cuantificar el capital perdido, ya que; de una forma u otra la empresa sigue funcionando después de la purga y la falta de conocimientos se verá a medio o largo plazo. A rey muerto, rey puesto.
¿Cómo aprovechar la indudable experiencia de los seniors? Algunos lo hacen colaborando con ong y otras instituciones altruistas. Otros, los que tienen poder para ello, se mantienen activos como presidentes o miembros de consejos de administración. Algunos se asocian para ayudar con su experiencia a las pequeñas empresas, aunque sus servicios no son muy solicitados. Los empresarios no reconocen su falta de experiencia ni saben cómo podrían ser ayudados. Opinan también que los jubilados merecen el descanso. En definitiva, pocos jubilados deben esperar que los activos reclamen sus servicios. Es ley de vida.

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