Desacelera, señor conductor

Andrés González Castro
Poeta
Existen dos versiones sobre mi capacidad al volante. Según la oficial (la mía), no tengo accidentes, no suelo ir a más de la velocidad indicada y aparco bien. Fuentes independientes (mi mujer) apuntan, sin embargo, a que no he tenido accidentes porque Dios es bueno y a que me pongo nervioso con cualquier excusa: los demás siempre van o demasiado rápido o demasiado lento o demasiado algo, o son malos aparcando o aparcan en doble fila. Arguyo en mi defensa que practico una conducción defensiva, esa que prevé que el zote del camión esperará a cambiarse a tu carril cuando tú no puedas cambiar al de más a la izquierda y, tate, allá va sin complejos el tráiler de marras obligándote a un frenazo in extremis.
Aunque uno de mis coches tiene 130 caballos, una de las cosas que más me fastidia es que la gente corra. En Suecia y Noruega predominan los cochazos y se circula a velocidades irrisorias según un concepto latino de la velocidad. Pero es que, por mucho que se quiera mantener lo contrario, ante determinados imprevistos la capacidad de reacción es mucho menor si se circula, pongamos por caso, a 140 kilómetros por hora, que si se respetan las indicaciones. La transgresión impune, que menudea, da mucho coraje: los prudentes consumimos más tiempo en los desplazamientos que los cafres que circulan como salvajes, te ponen en compromisos y encima se van de rositas.
En cuanto a los peatones y los ciclistas, su fragilidad los exculpa de encarnizarnos con sus incorrecciones. ¿Acaso provocan tantos accidentes como padecen? ¿Protege acaso un maillot como una carrocería? A mí me han atropellando dos veces, un coche y una moto, ambas por mi culpa. ¿Cabe más castigo que los tremendos trompazos que me llevé en ambas ocasiones?

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