Un puñado de tierra

Fermín Herrero
A veces cojo un puñado de tierra y lo aprieto fuerte. Si es roja, se apelmaza y redondea y soy la alegría cuando niño y me imagino modelando la arcilla, el mundo; si es negra, se cuartea, y pienso en la fertilidad, en los años en que fui agricultor y sembraba somero y esperaba el milagro de la granazón; si es blanca, prefiero un terrón, erosionarlo poco a poco al roce de las palmas y con las pellas irregulares que caen vienen los días duros, calizos, las enseñanzas, el tiempo de las creencias y la agria resaca en la que me fui curando de las ideologías; si está suelta, abro lentamente las manos y polvo somos y polvo seremos. Y podría seguir en las conjunciones copulativas pues siento con los latidos de la tierra una ligazón extraña, honda y definitiva.
Al menos en nuestra cultura –aunque bien cabría citar tradiciones ajenas y me limitaré a la poesía clasica china con autores tan queridos por mí como Tao Yuanming, Mei Yao-​Tchen o Wang Wei– muchos han sentido esta continuidad entre el misterio de la tierra y de la naturaleza y nuestra insignificancia. Una emoción que trasciende el instante o la visión de un paisaje, y busca, desde la contemplación meditativa, su sentido, que siempre escapa. Ese “rumor a ras de tierra” en expresión del poeta suizo Philippe Jaccottet, es decir, la poesía. Apegado al terruño la buscó Virgilio en sus Geórgicas o, desde la evasión del “beatus ille”, la persiguieron Horacio y Fray Luis y Yeats en Innisfree y luego tantos sabios como en el mundo han sido. Y necios también, todo hay que decirlo. Lo que sucede es que hemos pasado, a efectos líricos, del prestigio del tópico del “menosprecio de corte y alabanza de aldea” de los siglos de oro a la ignorancia, cuando no rechazo, de cualquier aspecto de la vida (ahora, para más inri, se denomina medio) rural, salvo lo relativo a la ecología y el turismo. Ya a finales del xix, en el delicioso y malvado diario de Jules Renard, un simbolista, creo, del círculo de Verlaine, Alfred Wallette, le espeta: “Un campesino es un accidente del terreno”. Y a partir de las vanguardias el ostracismo estético de la vida rústica o labriega no ha hecho sino aumentar.
Pero en el recién traducido Diario filosófico de Hannah Arendt esta mujer urbana y cosmopolita afirma: “La agricultura no sólo es la actividad más antigua sino también la más sagrada, porque muestra exactamente el punto en el que el mero trabajo como metabolismo con la naturaleza pasa a la obra”. Y, en otro lugar, añade: “Heidegger siente preferencia por el trabajo agrícola. Le parece que hay una conexión entre pensar y ese trabajo que no produce, por la razón de que ambos son actividad pura, mientras que la producción es siempre teleológica”. Algunos todavía creen, sienten, se emocionan, con más o menos metafísica, ante esta conexión. Por eso he espigado unos cuantos ejemplos de poetas vivos (“el escritor, como el labrador, es un superviviente” señala en el prólogo de El pueblo de la noche Manuel Rivas, siguiendo tal vez el esclarecedor epílogo histórico de Puerca tierra de Berger, al tiempo que establece un hermoso paralelismo entre ambos), que como Muñoz Rojas desparraman su corazón por el campo, aun sabiendo que así agravio el quehacer de muchos otros que igualmente podrían figurar. Y que dejo también fuera, por poner sólo ejemplos del siglo xx, el impresionismo azoriniano o machadiano, la dignidad alta de Miguel Hernández o la humilde de Eladio Cabañero, el postismo agrario de Carriedo, el soplo insular de Tomás Morales o el soneto “Espigas” de Domingo Rivero, el sabio asombro de Claudio Rodríguez o la sencillez honda y comprensiva de Eugénio de Andrade, el aldeanismo universal del heterónimo Alberto Caeiro. Y tantos escritores que defendieron una poesía en armonía con la naturaleza, como quien acoge, en un gesto tan simple, tan pequeño, un puñado de tierra.

JOHN BERGER

EMIGRACIÓN RURAL

Las mañanas son madres
que crían sus pastos
tienden sábanas invisibles
en el huerto
y se burlan de las rocas humeantes
con cuentos de sol y cama

las tardes levantaban vallas
miraban a las gallinas
picotear en la hierba alta como un perro
reunirse a las altaneras nubes
y tronaban pasión
a las madres que las alimentaban

día tras día
mañana y tarde se emparejaban
crecían hierbas y hojas
y empapadas candelillas verdes
caían de nuestro nogal
como orugas muertas.

(Trad. de Pilar Vázquez) De Páginas de la herida, 1996


SEAMUS HEANEY

CAVANDO

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda: confortable cual arma.

Y bajo mi ventana, el limpio y áspero sonido
Cuando la pala se hunde en el suelo arenisco:
Mi padre está cavando. Lo miro desde arriba

Hasta que su costado que se esfuerza por entre los macizos de flores
Se dobla, y se levanta veinte años atrás
Agachándose al ritmo de surcos de patatas
Donde estaba cavando.

La tosca bota se acunaba en la pala, el mango,
Rozando con la pierna, se levantaba con firmeza.
Él arrancaba los brotes altos, y enterraba muy hondo aquel brillante filo
Para desparramar patatas nuevas que nosotros cogíamos
Encantados con su fresca dureza en nuestras manos.

¡Dios mío, y cómo manejaba el viejo aquella pala!
Exactamente igual que lo había hecho su padre.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
Que ningún otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
Con un descuidado tapón de papel. Se enderezó
Para beberla; luego se inclinó de nuevo a la tarea
Cortando y rebanando con esmero, arrojando terrones
Por encima del hombro, ahondando más y más

En busca de la turba buena. Cavando.
El olor frío del mantillo, el chapoteo y el golpe
De la turba empapada, los secos cortes del filo
Atravesando las raíces vivas despiertan en mi cabeza.
Yo no tengo una pala con que seguir a hombres como ellos.

Entre el pulgar y el índice
La regordeta pluma se acomoda.
Yo cavaré con ella.

(Trad. de Margarita Ardanaz) De Muerte de un naturalista, 1996


MARK STRAND

MANTENER LAS COSAS JUNTAS

En el campo
soy la ausencia
de campo.
Siempre
es así.
Dondequiera que esté
Soy lo que falta.

Cuando camino
parto el aire
y siempre
vuelve el aire
a ocupar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas juntas.

(Trad. de Eduardo Chirinos) De Sólo una canción, 2004


CARLOS AGANZO

Más te podan, negrillo,
más vida nos das en primavera
y sombra en el verano.
Así, como tú, los hombres buenos:
la raíz bien en tierra,
la copa llena de pájaros
y las ramas dispuestas a dar cobijo siempre
a aquel que lo necesita.
Y frente al leñador, el tronco firme.

De Como si yo existiera, 2004


CÉSAR AUGUSTO AYUSO
Aquí canta la alondra. En estos campos cuajados del verdor de mayo, amanecidos de amapolas. Que con sus labios besan el silencio.

Arderá la mañana de rojos encendidos: color que nunca viera hasta aquí derramarse.

A sus vivas corolas enlazado el trigo también crece (que mi padre sembrara): la verde forma de la primavera.

De Las verdades del trigo, 1992


ANTONIO COLINAS

LA NOCHE EN HUERTOS POBRES

El almendro del clérigo, el manzano
que nunca ha dado fruto, pues la helada
de mayo abrasa nieve entre sus hojas,
el arroyo agrietado y el ciprés
devorador de muerte se reúnen
muy cerca del adobe, a la salida
del pueblo y forman huerto miserable.
Mas el que con el polvo del camino
y la piel escocida de sudores
llega a soñar de noche a su frescura,
se empapa del misterio de lo eterno,
se ve mojado por estrellas altas,
encuentra y besa el labio de esta tierra.
Y el sapo, quieto en lo nocturno, es
–tan lunar y fraterno– como un dios.

De Astrolabio, 1979


JACINTO HERRERO

Cercana a la vendimia del otoño
mañana volveré a verte morir.

Sé que esconden tus uvas otro vino
que ellas darán cuando, pisadas, crujan.

Quizá morirnos sea solamente
ofrecer ese vino de paz quieta
escondido en la piel de la conciencia.

Mañana volveré tal vez cansado
y por fin, madre, te veré ofreciendo
como frescos racimos tu silencio.

De El monte de la loba, 1964


JOSÉ LUIS PUERTO

(OESTE)

He visto el abandono de la piedra:
Paredes alineadas
Para espacios baldíos,
Huérfanos ya de brazos.
Los almendros con sus mandorlas secas,
Ya sin recolección.
La ausencia del amor en las alcobas,
Ya no hay juegos de niños por las calles
Ni en la escuela se entona
El alfabeto del origen,
La tabla con guarismos de existencia.
Los ganados no rumian
Los pastizales de ningún futuro.
Un edicto no escrito
Les hizo desfilar
De espaldas a la luz ya para siempre.

De De la intemperie, 2004


BASILIO SÁNCHEZ

DESPUÉS

Velan junto a nosotros, las paredes
aún tibias de la casa.

Después de la tormenta,
el corazón a oscuras, el centro silencioso del árbol.

De Entre una sombra y otra, 2006


ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

EL HUERTO

En el huerto, ahora,
cantará el jilguero.

La luz del verano,
en el huerto.

Y yo aquí,
tan lejos.

De Elegías, 1984


ANDRÉS TRAPIELLO

UN HUERTO Y UNA CASA

Pienso a menudo: un huerto y una casa,
algunos pocos surcos, los frutales
en pasillo hasta el pozo,
el laurel, los naranjos y el viejo caserón
al fondo…Éste es mi sueño, elemental y grávido,
Ya lo tuvieron tantos, que no puede
casi llamarse sueño. A donde quiera
que voy pienso en mi huerto y en mi casa,
arcaica como un cántaro,
e incluso cuando, pobre, no tengo pensamientos,
me saben esperar con su pobreza
y hacerme compañía. Ni siquiera la muerte
que me da tanto miedo, me acobarda.
Al contrario. Donde se encuentre un mínimo
huerto y la casa en medio de los campos,
quedará algo de mí que no habrá muerto,
y esto elemental, a mí,
todo menos elemental, me ayuda
y me hace col y cántaro, el simple de los simples,
y pozo y agua y tierra de esta tierra
en que pondrá los pies mi sueño,
con su carne y sus huesos arraigados
abonando la hierba y saludando al aire.

De Rama desnuda, 2001

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