Las patentes

Pere Escorsa
Acabo de vivir un caso de piratería flagrante. Una pequeña empresa francesa que ha desarrollado softwares de gran calidad, intentaba, con gran esfuerzo, introducir sus productos en China. Pues bien, su representante ha comenzado a distribuir el mismo software con marca china a un precio inferior. Mis amigos franceses están desolados; emprender un proceso judicial será largo, caro y con escasas posibilidades de éxito. Conozco casos parecidos en el sector de la maquinaria. Y no hablemos de las marcas: todas las prestigiosas, como Nike, Levi Strauss o Rolex, son pirateadas sin piedad.
Las patentes premian a los inventores e intentan protegerlos de las copias. La patente es un título que concede un derecho de explotación exclusivo de una invención en el territorio nacional por un período de 20 años desde el momento de la solicitud. Otorga el derecho de excluir a otros de fabricar, vender o importar el invento. Su origen se remonta al siglo XV.
Las patentes son especialmente importantes en el sector farmacéutico. Sin embargo varios factores, como los años que transcurren entre la solicitud y la concesión de la patente, las pruebas preclínicas, en animales, y las clínicas, en seres humanos, hacen que el tiempo real de la explotación de un medicamento sea muchas veces de diez años o incluso menos. En este breve período, las empresas deben obtener los beneficios que les permitan desarrollar nuevos fármacos. No es tarea fácil. Pfizer, por ejemplo, no ha obtenido ningún nuevo medicamento exitoso desde que lanzó el Viagra y se ve forzada a despedir a miles de empleados.
Cuando la patente de un fármaco expira, a los 20 años, cualquier fabricante puede producirlos como genéricos. También se llaman genéricos a las copias piratas o las realizadas en países donde el fármaco no se ha patentado, lo que induce a una cierta confusión. No es extraño que las empresas farmacéuticas intenten prolongar la duración de sus patentes, más allá de los 20 años, alegando la introducción de adiciones o mejoras en sus medicamentos. Estos intentos tienen éxito muchas veces.
Pero en el tema de los fármacos interviene una cuestión esencial: están en juego vidas humanas. Aparece una contradicción entre el lógico deseo de las farmacéuticas de lograr beneficios y la necesidad de los países, sobre todo de los países más pobres, de conseguir fármacos baratos que curen determinadas enfermedades. Es terrible que los enfermos de sida africanos no puedan obtener los eficaces fármacos antirretrovirales de que disponen los pacientes occidentales. Pero personalmente creo que es injusto culpar exclusivamente a las farmacéuticas: otras instancias implicadas, básicamente los gobiernos, deberían intervenir activamente para solucionar el problema.
En el caso del sida, se ha discutido durante años el derecho de los países africanos a tener acceso a genéricos baratos procedentes de países como India o Brasil. Organizaciones como Médicos sin Fronteras o Intermon Oxfam han batallado por esta causa. Afortunadamente la situación ha mejorado mucho ya que en Sudáfrica se consiguió en diciembre de 2003 un acuerdo histórico que permite a los fabricantes de genéricos producir, exportar y distribuir sus medicamentos a 47 países del África subsahariana. En la misma reunión los gigantes farmacéuticos GlaxoSmithKline y Boehringer Ingelheim accedieron a conceder licencias en condiciones razonables a fabricantes de genéricos para que produzcan sus fármacos antisida.
Estos días tiene lugar en Chennai (India) un juicio que enfrenta a Novartis con el gobierno indio, cuya ley de patentes, del año 2005, le permite no patentar el medicamento Glivec, eficaz contra ciertos tipos de leucemia, alegando que no es suficientemente nuevo e innovador. Glivec está patentado en 40 países, incluida China. En India existen varios productores genéricos de Glivec que también lo exportan a otros países. Si gana Novartis y patenta Glivec en India, la producción de genéricos en este país quedará prohibida. Esperamos la sentencia.

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