Los clérigos felices

Hay trabajos mejores que otros, se dice. Pero ¿cuáles son esos trabajos mejores? Una manera de clasificarlos sería quizá los que hacen ganar más dinero. Otra sería cuáles nos hacen más felices. De hecho, no coinciden los trabajos mejor pagados con los mejor valorados. Lo demuestra un estudio de la Universidad de Chicago, que ha analizado datos de más de 50.000 personas.
Han buscado los trabajos que fueran más satisfactorios para quienes los hacían, por un lado, y las personas que se decían más felices con su vida. Ambas listas las han liderado, no sabemos si decir curiosamente, los clérigos. El servicio a los demás y las labores artísticas tienen mucho que ver con la satisfacción: los bomberos han sido terceros; pintores y escultores, cuartos, y los profesores, quintos. Sin estar insatisfechos, las profesiones célebres por su prestigio y remuneración (abogados, médicos, banqueros) no están entre los doce primeros.
Pero es interesante lo de los clérigos. Hay que hacer notar que el estudio es norteamericano y que, por tanto, entre los clérigos felices los hay casados, los hay mujeres y los hay con congregaciones que cada domingo reúnen a veinte mil personas. No sabemos si tiene algo que ver. Pero sí que es valioso ver que la profesión más feliz de Estados Unidos no haya mucha gente que quiera hacerla en España (y en otros países).
En este número hablamos largamente del cardenal Tarancón, que este mes hubiera cumplido 100 años. De él dice su colaborador José María Martín Patino que la primera vez que se reunión con él y le dijo “excelencia”, el cardenal “hizo un gesto espontáneo de extrañeza” y que tenía “una fe casi ingenua en los hombres”. Conocemos a otros célebres clérigos que tuvieron ese carácter, que daban impresión de ser felices: Juan XXIII, su secretario Loris Capovilla, el añorado padre Batllori. Y tantos otros sacerdotes con cargos menos célebres pero igual de contentos.
Sin embargo, no da la Iglesia por aquí hoy esa impresión de alegría, de vitalidad. Ni en Roma ni aquí. A veces, cuando vemos la cara de algún serio obispo, no sólo dudamos que la suya sea la profesión más feliz del mundo. Parece, casi, que su labor requiera estar de mal humor.

Revistas del grupo

Publicidad