La palabra me desagrada

Carlos Eymar
Las críticas de Nietzsche o Hannah Arendt a la compasión cristiana resultan bastante lúcidas. Dar limosna sin criterio es contribuir a la exhibición de la miseria y de la llaga en la plaza pública o perpetuar al pobre como un mobiliario a la puerta de la iglesia. Comparto las críticas al lumpen hechas por Bertold Brecht en la Ópera de tres peniques o por Buñuel en Viridiana. La misma palabra “limosna” me desagrada porque parece llevar al que la da más allá de la justicia. Si hago alguna “contribución” es a favor de alguna ONG con fines humanitarios, de cuyos criterios y seriedad me fío. Tampoco puedo llamar limosna a esas monedas que voy echando a todos los músicos callejeros que encuentro en mi camino, por riguroso criterio de calidad artística: a unos, 20 céntimos; a los mejores, dos euros. Creo que a Joshua Bell tocando en el metro con su stradivarius le habría echado por lo menos diez euros. Se lo merecen. Al hacerlo me siento como un agradecido mecenas.

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