¡Macareeena! ¡Guapa, guapa y guapa!

Jordi Pérez Colomé
Dos mujeres hablan ante la iglesia del Buen Fin de Sevilla en la mañana del miércoles santo. Tienen unos 70 años, una se ha dejado el pelo blanco, la otra lleva un tinte caoba; las dos se han puesto laca. Esta tarde sale la procesión de la Hermandad del Buen Fin y ahora acaba de celebrarse la misa previa. Ayer martes hubo otras procesiones, que las señoras comentan:
–¿Viste esa Virgen que llevaba hasta una diadema de esmeraldas debajo de la corona? ¡Con un destello que iba! –la mujer dice esto convencida y con salero. La otra le responde sobre otra figura: “Me gusta más con la túnica roja que con la blanca, es más sencilla”. La que ha destacado las esmeraldas ve que su amiga aboga por menos zarandajas, y asiente:
–Ya no pueden llevar más cosas. Y eso que de unos años acá han dejado de ponerles tantas alhajas –concluye. A su lado un grupito de hombres encorbatados discuten sobre el gran tema del día: la lluvia. Ayer un chaparrón pilló tres procesiones en la calle. La mayoría de hermandades tienen tallas de madera de hace tres o cuatro siglos, y el agua puede hacerles daño. Los hombres discuten si podrá salir el Buen Fin esta tarde:
–Dicen que hay un 30 por ciento de posibilidad de agua –en Sevilla he oído a menudo “agua” por “lluvia” y esto del porcentaje es algo también habitual: en los periódicos e internet hablan no de si va a llover, sino de si hay un 20 por ciento de probabilidad o un 70. Es el tema del día.
Todos estamos aquí –mis señoras con laca y los hombres de la lluvia– esperando que venga “el cardenal”. El arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo, que también es cardenal, cada mañana de Semana Santa visita las iglesias desde donde ese día saldrán “estaciones de penitencia” –que es una expresión más propia que procesión.
Yo ya he visto hoy al cardenal con su birrete rojo en otra hermandad, el Baratillo. Allí los pasos están en una capilla junto a la plaza de toros de la Maestranza. (El Baratillo ha sido tradicionalmente la procesión de los toreros.) Hay cola para entrar a ver los pasos, que el cardenal se ha saltado, como es lógico. Cuando alguien quiere decirle algo a Amigo, el cardenal le atiende con cordialidad, e incluso le pone la mano en la mejilla.
Hago la cola para ver los dos pasos, que no es muy larga. Justo antes de poder ver a la Virgen, un joven me da un simpático sobre que dice: “Si no puedes nada, nada. Si puedes poco, poco. Si puedes mucho, mucho”. Es para donativos. Al lado de la urna donde se colocan los sobres, que ya está rebosante, una abuela coge en brazos a su nieta y le dice mirando a la Virgen del Baratillo: “Anda, pídele que el hermanito salga bien”. La madre, a su lado, está embarazada.
Antes del Baratillo, he pasado por la iglesia de San Bernardo, que son los primeros en salir hoy, a las dos, si la lluvia lo permite. El templo está casi vacío, con los dos pasos engalanados ante el altar: un Cristo y una Virgen. Casi todas las hermandades tienen dos pasos. El primero representa un momento de la vida de Jesús. El de San Bernardo es crucificado, pero también los hay cargando la cruz o en el momento de la sentencia. El segundo es casi siempre una Dolorosa, una María que llora. Cada hermandad tiene su paso más célebre y cada paso tiene sus devotos particulares. Es todo un mundo, y para entendidos.
Siguen llegando los cofrades a San Bernardo y el tema de charla es la lluvia. Hay uno que sabe más que los otros y habla incluso de isóbaras: “Las isóbaras están hacia Portugal y Valencia; Sevilla queda enmedio. Hay alerta, pero seguro que no llueve”. Toda esta sabiduría meteorológica tranquiliza, más allá del 30 por ciento de probabilidad. Más y más hombres llegan. Se saludan entre abrazos y “¡hombre!” Todos van bien ataviados, con traje azul marino, camisa a rayas, corbata con cenefas y pelo peinado con gomina. “Este es el hijo de Teodosio”, dice uno para presentar a un hombre de unos cuarenta años, que lamenta no poder vivir ya en el barrio por el precio de los pisos, pero que sigue pertenenciendo a la hermandad de su padre. Otro que observa la llegada de los cofrades para la misa de hermandad, le dice a su colega: “Cada año la misma gente a la misma hora. ¡Es la tradición!”

UNA HISTORIA DE SIGLOS
Es una tradición, sí, que se mantiene fuerte desde hace al menos cuatro siglos. En Sevilla hay hoy 58 hermandades que salen durante los días de la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección, que hay sólo una, aún de poca raigambre. Una hermandad está centrada en una iglesia de Sevilla y puede tener de unos mil cofrades a cinco o seis mil. En una ciudad de menos de un millón de habitantes, hay cerca de doscientos mil en hermandades.
Pertenecer a una u otra hermandad depende básicamente de dos cosas. Primero, de la familia. Si los padres son de una hermandad, los hijos serán de la misma. Segundo, de los amigos. Si alguien no es de ninguna hermandad –porque no ha nacido en Sevilla o porque sus padres no están vinculados a ninguna – , los amigos si se tercia te decantan por una u otra. Unos padres de una niña de siete años que no son de ninguna hermandad me cuentan cómo su hija quiere entrar en la Sagrada Lanzada porque tiene dos amiguitas allí. El padre preferiría otra más cerca de casa, pero va a ser difícil convencerla. Para ser de una hermandad hay que pagar una pequeña cuota anual.
Cada hermandad tiene una junta de hermandad y un presidente o “hermano mayor”. Durante el año, la afluencia de público a sus actos y misas es menor, aunque los días de “besamanos” o “besapiés” de figuras importantes son multitudinarios. Los lazos que unen a los miembros de una hermandad son sólidos y conceden una estructura peculiar a la sociedad sevillana. De entre los hermanos surgen los nazarenos, que son los que acompañan los pasos ataviados con túnica y capirote, y los costaleros, que cargan los pasos.

MÁS Y MÁS NAZARENOS
Este miércoles santo ha quedado en Sevilla una tarde preciosa, soleada. Van a salir todas las procesiones previstas. La primera es San Bernardo. Allí voy y espero a la comitiva en un puente. Me han dicho que es un sitio bonito para verla. Llega la cruz de guía –que dirige el camino– y nazarenos. Muchos nazarenos, montones. Yo, poco ducho en procesiones de esta magnitud, esperaba una docena de capirotes ante del paso. Aquí hay centenares. Todos van con su capirote, túnica y un cirio. Donde el atuendo varía un poco es en los pies: calzado de todo tipo, algunos en calcetines y unos pocos descalzos. Debajo de los capirotes hay de todo: hombres, niños y mujeres –desde hace muy pocos años.
Algunas familias buscan a su pariente entre los capirotes y le procuran compañía en las constantes paradas de la comitiva. El sol y este acompañamiento ruidoso de familiares le da a la estación un delicioso toque de peli de Buñuel. Cada hermandad tiene su carácter y tradición. En algunas no está permitido ningún objeto –reloj, anillo– que identifique al nazareno, en otras se les prohíbe hablar o en otra incluso mirar atrás. Otras también llevan pasos más austeros, o música de cámara o ninguna música y exigen silencio. La de San Bernardo parece relajada; algunos nazarenos, veo, se toman pequeñas libertades.
Entre los que miramos, hay incluso algún paraguas para el sol, lo que a un hombre detrás de mí disgusta: “A mí el paragüita ese aunque sea pal sol me da un poquito de yuyo, ea”. El temor a la lluvia todavía no ha escampado. Como intuyo que esto de los nazarenos va para largo, empiezo a remontar el recorrido hacia el origen. Me gustaría ver salir a la Virgen de la iglesia. En el puente la gente no está apelotonada, pero en las estrechas calles del barrio de San Bernardo cuesta más andar. Viene de repente el Cristo, se hace el silencio y las cabezas miran hacia arriba. Pasa despacio, balanceado, suave.
Llegan nuevos penitentes con capirote y cruz. La gente vuelve a charlar. Sigo hacia adelante en busca de la puerta de la iglesia. Cada vez hay más gente. Llego por fin. “Todavía no ha salido”, me dicen. Pero la expectación es grande. En seguida salen los ciriales, que preludian el paso. “Ya viene, ya viene”, somos centenares de cabecitas mirando. “Ahí está la Virgen”, exclama alguien cuado aparece el palio por la puerta. “¡Ssshttt!” Hay unos segundos de ansiedad, casi de esperanza, está saliendo, va a salir. “¡Ya está!”, se levantan aplausos y la banda entona el himno de España. Más aplausos. Cuando la Virgen avanza un poco le tiran pétalos desde los balcones. Hay que verlo.
Vuelvo hacia el puente de nuevo y aún tengo tiempo de ver al Cristo cruzarlo. Me pongo cerca del paso. Es de madera maciza y unas cortinas de terciopelo cubren los laterales hasta el suelo. Detrás de las cortinas, a oscuras, van los costaleros. Habrá unos cuarenta y los dirige un capataz desde fuera: indica cuándo deben parar y seguir, girar y enderezar. El capataz es uno de los grandes papeles de la Semana Santa. Va a cara descubierta, elegante, chilla mientras todos guardamos silencio. Se luce.
El paso está ahora parado, sólo se ven zapatillas negras de deporte debajo la cortina. El capataz da tres golpes en un picaporte que lleva el paso; significa “preparados”. Ahora grita: “¡Vamo a ir ahí otra vé mis valientes!” Desde dentro uno responde: “¡Otra vé, otra vé y otra vé!” Y el capataz grita aún “¡vamo ahí!” antes de dar el golpe definitivo y decir la frase clave: “¡A ésta es!” Todos a una los costaleros empujan el paso hacia arriba con todas sus fuerzas. El paso queda unas décimas en el aire y cae con todo su peso en sus cogotes, que es por donde lo cargan. Son décimas en las que el paso vuela y cae sobre los costaleros. Ay, se oye un suspiro, nos duele a todos. Cada vez que veía este vuelo no podía evitar agacharme un poco, en frágil solidaridad con los costaleros. Cargar un paso no es ninguna broma. Hasta hace unos años los cargaban los estibadores del muelle, que eran contratados por las cofradías. Hasta que en 1973, la hermandad de los Estudiantes decidió que ellos mismos iban a cargar los pasos y, además, gratis. El resto, no iban a ser menos, siguieron el ejemplo. El paso avanza y una chica de unos quince años grita: “¡Qué buen ritmo, chicos!” y se santigua abrazada a su noviete. Él, más bajito y agarrado a ella con su derecha, se santigua con la izquierda. El paso sigue su camino hacia la catedral. Una vez pase por allí volverá del mismo modo a su iglesia. Hasta el año que viene.

UNA CHARLA EN EL BALCÓN
Más tarde, después de ver un trecho de las estaciones de la Sed y del Buen Fin, he quedado con unos amigos sevillanos para ir a una terraza de otro amigo a ver pasar el Baratillo. Mientras por abajo cruzan nazarenos, charlamos. En la conversación con ellos, todos católicos, me entero de las dos grandes críticas que recibe toda esta “parafernalia” de la Semana Santa. La primera es más obvia: la exuberancia y el lujo de los pasos. El cristianismo, en teoría, es una religión poco dada a la ostentación. Algunos pasos demuestran lo contrario: oro y plata en cualquier recoveco, joyas para la virgen y túnicas bordadas en oro. En nuestra charla, uno recuerda que el último regalo que ha recibido una hermandad –la mayoría de los lujos son donativos– es una túnica que ha costado más de 250.000 euros. Y es el tercer manto que tiene la Virgen (que además no es una de las más famosas de Sevilla). Las hermandades tienen también su obra social, pero según los más críticos se basa en hacer un poco de caridad aquí y allá, “aunque algunas empiezan a trabajar de verdad en lo social”, me dirán. La segunda gran crítica enlaza con ésta: Sevilla se echa a la calle a ver las procesiones, pero los domingos las iglesias están igual de poco concurridas que en otros lugares. Uno de los que habla conmigo en esta terraza cerca de la iglesia de la Magdalena, lo lamenta: “Mira toda esa gente en la calle y luego no hay nadie para hacer catequesis”. No habrá nadie para hacer catequesis, pero una de las cosas que más me sorprende de esta Semana Santa es que niños y jóvenes son los primeros en salir de nazarenos y en seguir los pasos. Hay gente de todas las edades en la calle.
Un amigo jesuita que hace poco dirigió unos ejercicios espirituales para curas sevillanos me cuenta un caso curioso. Tras decir algún elogio de una hermandad, un cura le respondió de mala gana. ¿Están los párrocos celosillos del éxito de las hermandades?, le pregunto. Podría ser, me dice el jesuita.
Esta aparente falta de religiosidad pura de los que siguen los pasos la utilizan los críticos desde el lado agnóstico o ateo, que dicen que todo esto “es un fenómeno sociocultural”. Es verdad que es cultural, incluso tiene algo de folclórico, pero va más allá. Es algo que confirmo con otra gente de fuera que ha ido a alguna Semana Santa sevillana. Cuando cruza un paso por la calle, se siente algo, se mueve algo. Incluso el más crítico de los que charlan en mi terraza concluye así: “Si todo esto sirviera para poner una semillita en alguien”.
La seriedad de la Semana Santa es algo que preocupa. En su crónica del jueves santo, un periodista del Diario de Sevilla criticaba que en el balcón que tiene el club de fútbol del Sevilla alguien veía los pasos con una copa de vino en la mano. La Semana Santa es recogimiento. No es el carnaval. Nosotros, en nuestra terraza, incumplimos con gravedad esta ignorada norma. Mientras pasaba la Virgen del Baratillo, bebíamos coca-​cola.

LA GRAN MADRUGÁ
El jueves santo empieza a llover a las tres. Las hermandades que deben salir no arriesgan y se quedan dentro. La noche del jueves al viernes es la madrugá. La previsión dice que no lloverá (sólo hay un 20 por ciento). A las seis deja de llover y a las ocho salen dos: la Quinta Angustia y el Valle. Yo voy a ver la salida del Valle. Está muy lleno; después de varios sinsabores, la gente tiene ganas. Esperamos; tengo a mi lado en la bulla –así es “multitud” aquí– a cuatro vascos, unos jóvenes y a un matrimonio de cuarentones, que charlan:
–¿Qué zapatos llevas? –pregunta ella.
–Unos que me compré –dice él.
–¿Los impermeables?
–No, son marrones.
–Ah, y vas de gris –concluye satisfecha ella mirando también si se ha puesto la corbata correcta.
Sale el primer paso del Valle, que no lleva música trompetera, sino de cámara, más seria. Esta hermandad tiene tres pasos. Hay pues menos nazarenos para no alargarla. Según las crónicas, el paso de la Virgen llevaba una inmensa variedad de especies de flores, alguna muy rara.
Llega la madrugá. Voy con un grupo de sevillanos que han escogido ver el Cristo del Gran Poder y la Macarena. Esperamos al Cristo en una calle de aceras estrechas, amontonados, es de noche. Cuando llevamos una hora, a la una y pico, aparecen los nazarenos. Van muy juntos, no hablan, ningún familiar les acompaña. “Es de las hermandades más serias”, me avisa Teresa, una amiga. Al rato, “ahí está, ahí está, sshhhttt”. El silencio es voluntario y expectante. Es un Cristo que carga la cruz, sobrio, con muy poco oro. Lo mecen despacio y parece que ande. Nos hemos puesto expresamente en la acera hacia donde mira la cara de Jesús. Mira hacia aquí, ahí está y pasa en silencio.
En la Alameda esperamos a la Macarena. Son las tres de la mañana, hace fresco y hay mucha gente. No la veremos de cerca –“¡es guapííísima!”, dice Teresa en un golpe de emoción – , lástima. Primero llega la Sentencia, el primer paso de la hermandad, que representa a Cristo mientras le leen la sentencia. Es un paso enorme y, en mi poca experiencia cofrade, es el que he visto mejor llevado. La música lleva un ritmo y la Sentencia lo sigue, es increíble. Más de una hora después llega la Macarena. Son ya las cuatro. Se oye algún “¡guapa!”, pero ya me avisa Teresa: “Cuando el paso de la Macarena lo da todo es a la vuelta, en su barrio”.
Y allí estoy. He ido a dormir a las 5, me he levantado a las 11 y a las 12 ya estoy esperando ante la basílica de la Macarena que llegue. Primero aparece la Sentencia, tan fresco como ayer. Un padre quiere hacerle una foto a su hijo en brazos de su madre, pero el niño no posa bien. La madre hace abandonar al padre: “Deja al niño, ¡no ves que está mirando al Cristo!” Antes de entrar en la basílica la Sentencia aún da un par de vueltas sobre sí mismo, como si se despidiera de los que hemos venido. La Macarena tardará aún un buen rato. Algunos de los nazarenos que ya han llegado, se abrazan. Son abrazos muy sentidos, de haber conseguido algo grande. Llevan más de catorce horas a pie por Sevilla. También hay algún costalero. Cuando se quitan la gorra y la protección que llevan en el cogote puede verse la piel desollada, al rojo vivo. Están aún como concentrados; dan la impresión de que han participado en algo mayor que ellos. Llevar un paso así, no tiene explicación común. Hay un sentimiento general de camadería honda.
Llega la Macarena. Es el momento cumbre: la Macarena vuelve a casa. El carril por donde debe pasar no está muy bien hecho y se nos va echando encima. Se oyen los gritos: “¡Macarena!” “¡Guapa!” “¡Macareeeena!” “¡Guapa, guapa y guapa!” No es un clamor pero se oyen bien. Sólo lo dicen mujeres.
El viernes santo también se levanta extraño. No llueve, pero puede llover. Voy a ver al Cachorro, una de las mejores tallas de la Semana Santa. Viene del barrio de Triana y para llegar a la catedral debe cruzar el puente de Triana. Allí lo espero. Ya pasan nazarenos. Pero empieza a chispear. Son unas gotitas de nada. Pero aumenta, se abren paraguas. La gente empieza a desfilar. El Cachorro no habrá salido, oigo. Pero de repente, aplausos: “¡Allí viene el Cachorro!” Es un Cristo crucificado al que llaman Cachorro porque, dicen, su rostro de dolor es el mismo que el de un gitano al que muerde un cachorro. Es bonito. Ha desafiado la lluvia. Cruza el puente de Triana, bajo el agua, es una silueta preciosa. Salió el Cachorro, aunque lloviera. Valió la pena.

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