Qué aprendo de Ronaldinho

Joaquim Gomis
Esta revista preparó meses atrás un tríptico, u hoja de difusión, en la que enumeraba entre otras cosas los temas que trataba (aunque con algún olvido, como la música, pero el lector sabe que tiene en este ámbito competentes colaboradores). Y añadía de lo que no trata, en concreto del fútbol. Quizá como un juego: de lo que casi todos los medios hablan, hasta el exceso, nosotros callamos. Si se trata de un juego, juguemos. Toda norma tiene su excepción. Por eso pido permiso para hablar de un futbolista, quizá el más famoso del mundo. Pero no de él como tal, como futbolista. Sino de su sonrisa cuando falla, cuando fracasa. Precisando también que un servidor, desde su más tierna adolescencia, no es seguidor del Barça sino del equipo contrario en nuestra ciudad, del Español (por motivos más del corazón que de la razón, quizá algún día lo explique).
El novelista sueco Heinning Mankel, uno de mis favoritos, encabeza su última obra, El cerebro de Kennedy, con esta cita: “Las derrotas han de salir a la luz, y no ocultarse, pues son las derrotas las que nos hacen personas. Aquel que no llega a entender sus derrotas no aprenderá nada para el futuro”. La cita es de Aksel Sandemose, que debo reconocer que no sé quién es. Pero me sirve para volver a mi tema, el de la sonrisa de Ronaldinho cuando falla. Una sonrisa que me gustaría que fuera también la mía cuando me equivoco, cuando fallo. Son las derrotas asumidas las que nos hacen personas (¿no fue la gran derrota de Jesús de Nazaret, su muerte asesinado en la cruz, la que le abrió la puerta a su resurrección?)
No es preciso ser aficionado al fútbol para conocer la secuencia. No es preciso porque las televisiones nos repiten una y otra vez la jugada. Antes de tirar una falta, una de sus mayores especialidades, Ronaldinho se concentra, serio. No sé si medita por donde tirarla o es un simple modo de inquietar a los jugadores rivales. Puede suceder, como ante el Werder Bremen, que termine por chutar raso, mientras todos los adversarios que formaban la barrera –alemanes, disciplinados, todos a la una– saltaban porque preveían que intentaría superar la barrera por encima. El balón pasó por debajo, sorprendió a los defensores, desconcertó al portero y fue gol. Una jugada genial, aunque uno dude si fue intencionada o un simple churro.
Sea como sea, aquí no quería hablar de sus aciertos, sino de sus fracasos. Especialmente al lanzar una falta. Me encanta su reacción. Cuando su tiro golpea en la barrera, o sale alto o desviado, ante la desesperación de los espectadores, él sonríe. Me encanta esa sonrisa. Es la de saber reconocer el fracaso. Como si expresara: culpa mía fue, pero tampoco le doy mucha importancia. Algo que me gustaría saber vivir en mi vida.

POLONIA PLURAL. Ya que en este número se habla de la España plural, me gustaría recordar lo que, hacia el año 1994, el hispanista checo Josef Forbelsky, amigo e incluso colaborador años atrás de El Ciervo, nos explicó sobre la Polonia plural. Porque pienso que es algo que aquí desconocemos y, por ello, simplificamos al hablar sobre Polonia. Por ejemplo, recientemente, al tratar de la historia rocambolesca del nombramiento y luego forzada dimisión del propuesto arzobispo de Varsovia, Stanislaw Wielgus, acusado de colaboración con los servicios de información comunista. Y algo más atrás, cuando se hablaba de Juan Pablo II como papa típicamente polaco, olvidando que también Polonia es plural. Lo cierto, lo que luego se procuró olvidar, es que su elección no fue bien recibida por un sector de católicos polacos. Simplificando, porque él era de Cracovia y desde Varsovia las cosas se veían de otro modo.
El profesor Forbelsky –que tiene una especial devoción por la obra de Baltasar Gracián, extrañado porque en España no se le valorara mejor – , nos llevó a mi mujer y a mí a un delicioso jardín de Praga. Y allí tuvo la amabilidad de atender con paciencia las preguntas típicas de quien desconoce el país que visita. La amabilidad y también la pasión, que le agradezco, de proponer su visión, diría que molesta –con razón– ante las habituales simplificaciones de lo que entonces, y ahora, se denomina la Europa occidental.
El resumen podría ser: “Desde la llamada Europa occidental se habla de nuestro país como Europa del este, como si fuera otro mundo. Por el hecho de que durante años estuviéramos sometidos al dominio rusocomunista, se nos expulsa de nuestro ámbito cultural, el que ha sido durante siglos, Europa. Europa central, llena de influencias e interconexiones con los demás países, incluso con España”. Pensé que tenía toda la razón, que era ignorancia nuestra, que bastaba con pasear por la hermosa Praga para constatarlo, con recordar la aportación de escritores y artistas checos para reconocerlo. Y, sin embargo, tantos años después, a pesar de los cambios políticos, me temo que con frecuencia, desde la orgullosa Europa occidental, sigamos conservando el estereotipo absurdo de la Europa del este.
En esta conversación sobre la denominada Europa del este, pregunté sobre Polonia. Y lo que me sorprendió es que hablara de lo que podríamos calificar de Polonia plural. Me quedó grabada la distinción entre Cracovia y Varsovia, la primera Europa central, la segunda Europa del este. Pensé en el distinto talante –entonces de actualidad– entre Wyszinki, cardenal de Varsovia, gran luchador contra el dominio comunista, y el ya papa pero antes arzobispo de Cracovia Wojtyla. Cuando éste fue elegido, todos los medios reprodujeron el abrazo entre uno y otro. Como si fuera un signo de comunión e incluso de reconciliación. Pero no recuerdo que nadie hablara del fondo de la cuestión: la realidad de una Polonia plural.

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