Mi biblioteca de escritor

José María Guelbenzu
El aprendizaje de la lectura comienza por la figura del lector ingenuo, es decir, aquel que se identifica con la historia y la sigue como si se tratara de sí mismo. Primero fueron los libros de aventuras, los de Emilio Salgari, el capitán Wilson, Harry Stephen Keeler, José Mallorquí, pero también Elena Fortún, Richmal Crompton o Enid Blyton, y en seguida empecé a sentir verdadera fascinación no ya por la lectura sino por los libros mismos. Los cambiaba en un prestamista, de los que había entonces en un minúsculo caseto de madera en la calle, a cambio de unos céntimos; leía cualquier cosa porque era la época de devorar. Antes ya habían aparecido mis primeros clásicos, que aún hoy resisten, como El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, Emilio y los detectives, de Erich Kastner. La presión religiosa me empujó hacia las concepciones de la vida sostenidas por Tihamer Toth, el padre Finn y otros semejantes aunque el que mayor daño me infligió (sin que entonces fuera consciente) fue La vida sale al encuentro, de Martín Vigil. A esa etapa desdichada de mi afición por la lectura le siguieron las novelas policíacas, cientos de ellas, que me enseñaron a interponer la distancia de lector y a comprender que una novela no es algo que sale del alma como una exhalación sino algo que se construye; es decir: dejé de ser lector ingenuo y empecé a ser lector complejo. Más o menos como en el caso de la escritura, en que uno empieza a escribir por mimetización y acaba encontrando su propia voz, con la lectura pasé de aceptar cualquier relato con tal de que estuviera editado a comparar y seleccionar. Pero estos eran libros que ya podía comprar con mi paga; los de prestamista eran e menudo morralla, pero siempre tuve buen olfato para elegir entre semejante oferta títulos de autores como Mika Waltari, van der Meersch, Priestley, Paul Morand, Charles Morgan, Booth Tarkington y otros muchos autores de ese perfil.
El gran encuentro con la novela llegó bajo la tutela de Charles Moeller: Graham Greene, Julián Green, Georges Bernanos, François Mauriac, Saint-​Exupéry, Camus, Malraux. Y, posteriormente, la primera mirada global a la literatura y el arte la hice de la mano de Arnold Hauser. En fin, a grandes rasgos, ese fue mi camino de iniciación y esos libros constituyeron mis primeras bibliotecas. Nunca he leído de una manera sistemática ni con una dirección más o menos apoyada sino que me considero un autodidacta. A lo largo de la vida, el azar y la intuición me ayudaron a encontrar maestros de lectura gracias a los cuales pude ir estableciendo un criterio con el que ordenar todo lo que era desorden y búsqueda arbitraria hasta dar con las grandes rutas del mundo de la ficción. Después, como escritor, recuerdo perfectamente el día en que decidí serlo: fue tras la lectura de El hombre que era jueves, de Chesterton; por primera vez, la lectura no me bastó y comprendí que yo también quería hacer algo de eso. Los libros que selecciono son una muestra, pues una verdadera “biblioteca de escritor” es indescriptible, pero todos son libros seminales en mi formación, hitos de lectura.

Laurence Sterne,
Tristam Shandy
Laurence Sterne es uno de los escritores más innovadores e influyentes de todos los tiempos. Tiende un puente perfecto entre la gran tradición de la literatura satírica, la concepción novelesca de Cervantes, la creación de la novela y el formidable alcance de su inventiva, cuya influencia llega hasta la narrativa moderna de un Joyce o un Beckett. La complejísima estructura, el ingenio perfecto, el rechazo a la linealidad temporal, los juegos de palabras, la invención de situaciones, la capacidad de integrar el pensamiento, el uso de la oratoria, el manejo de la ironía y el humor y hasta las piruetas tipográficas convierten este libro en el más venerado de mi biblioteca.

Franz Kafka,
La metamorfosis
Para un escritor, la lectura de esta novela es mucho más que el encuentro con el nacimiento del absurdo en literatura, que es la etiqueta que le han cargado. Es, sobre todo, el ejemplo perfecto de un rapto de genialidad y una intuición única de escritor que altera sustancialmente el modo de escritura existente hasta entonces, pues todo el poder de convicción del caso de Gregorio Samsa que despierta convertido en escarabajo se apoya no en la fantástica situación del protagonista sino, paradójicamente, en el escrupuloso realismo con que está contada la historia.

Charles Baudelaire,
Las flores del mal
La percepción del artista moderno; de la “ciudad como desierto del hombre”; del gozo y el terror a la multitud anónima; de la búsqueda del origen y el viaje al extremo opuesto, “al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo”; la noción del instante como forma de eternidad del hombre moderno (“À une passante”), en fin, la percepción de que el paso de la mentalidad agrícola a la mentalidad urbana establece el suelo de incertidumbre e inseguridad que, desde entonces, pisa el hombre moderno, es lo que hace inevitable este libro anticipando el curso del siglo XX.

James Joyce,
Ulises
Representa el encuentro con la libertad de lenguaje y de composición. La estructura y la expresión saltaban por los aires y el realismo aparecía por vez primera a unos ojos juveniles no como una barrera y un límite, a la vez, de la escritura, sino como una fuente de recursos inagotable que saltaba sobre su propias cláusulas y establecía un territorio única y exclusivamente literario. De manera implícita –pues el deslumbramiento de la lectura era mucho más incitante y cegador que reflexivo– supuso, de una parte, el descubrimiento de un asunto central del campo narrativo: la diferencia entre veracidad y verosimilitud; de otro, la gran conquista de la literatura del siglo xx: la creación de la voz interior.

Ernst Jünger,
Diarios
Los Diarios de Ernst Jünger constituyen no sólo un monumento a la prosa descriptiva, tanto de emociones, sentimientos y pensamientos como de paisajes y lugares, de guerras y de viajes: cuentan la dedicación de toda una vida a la búsqueda del equilibrio interior dentro del siglo más turbulento y catastrófico y configura un espíritu y una escritura que se aúnan en un grado de exigencia humanista como pocas veces se ha podido alcanzar en la literatura contemporánea. Un monumento, también, a la construcción del yo ante y desde el mundo y a la ordenación de la experiencia.

Walter Otto,
Los dioses de Grecia
Sin la mitología más podría haber nacido la narración y yo sería peor lector. Hay tantos grandes tratadistas que elegir a uno es pura arbitrariedad. El libro de Walter Otto es el que me descubrió que “lo que otorga al héroe trágico la oportunidad de desplegar su heroísmo es precisamente la certidumbre de que este heroísmo será castigado, la certeza de su aniquilación”. Este libro, de inequívoca raíz literaria, cuenta cómo los dioses pasan del mundo de lo telúrico a la individualidad prodigiosa y múltiple que los convirtió en portadores de las ideas del espíritu griego y del destino de los hombres, lo cual es también una representación del ideal del creador y del anhelo del lector.

Leonard Cottrell,
El toro de Minos
Este libro significó la vuelta a la lectura de la aventura ¡pero qué cambio! La historia de Schlieman en busca de Troya supuso para mí dar la vuelta por completo a la noción de aventura para entrar en la narración de una pasión que aunaba el espíritu intelectual al espíritu aventurero. Sencillamente: percibí lo que era entregarse a una obsesión como nunca antes lo había entendido. Una obsesión por amor al arte, a la historia, a la vida y a la formación personal de una persona y el resultado era un libro con un poder de seducción semejante al que es capaz de crear una gran novela.

Erich Auerbach,
Mimesis
La conciencia de lo que puede llegar a conseguir la crítica literaria entendida como exploración de la expresión del ser humano a través de la Historia es lo que corona este libro. En él se sigue el concepto de realismo como representación poética de la realidad en Occidente y el modo en que la posición del creador ha ido cambiando a lo largo de tres milenios de historia. Y lo admirable es que a través de él se sigue el empeño del hombre europeo en hacer cristalizar su experiencia intelectual, pasional, religiosa y social en forma de experiencia literaria.

Joseph Conrad,
Victoria
Una novela de extraordinario valor simbólico de un autor a caballo entre la novela decimonónica y la novela del siglo xx; de un autor extraordinariamente capacitado para penetrar en el alma y el corazón de los seres humanos; de un verdadero narrador de “estilo alto”, como corresponde a la mejor y más poderosa línea de prosa noble que viene recorriendo la literatura desde Tito Livio y, además, una soberbia muestra de lo que es la dedicación de un creador de ficción a la representación persistente de un tema de grandeza humana y literaria, uno de los que conforman los picos de la gran cordillera temática de la literatura, como es el de la expiación.

Louis Ferdinand Céline,
Viaje al fin de la noche
A veces una novela consigue ser la representación más honda y compleja de un momento histórico porque todo en ella, desde la estructura hasta la expresión se corresponde plenamente con ese momento. Este es el caso de la novela de Céline, en la esencia de cuya escritura completamente novedosa, rompedora, escalofriante, está el hundimiento de la vieja Europa, el momento en que el antiguo régimen se sumerge en la catástrofe y se derrumba para siempre, como un planeta que estalla en mil pedazos y se disuelve en la inmensidad del espacio sideral. La historia, empero, da sentido y recuerdo a la catástrofe al incorporarla al pasado y esta novela hace lo mismo pero proyectando formalmente al futuro cualquier obra de creación posterior.

Thomas Bernhard,
Extinción
El arte de la exageración como vía de superación de lo grotesco, que es lo que está en el fondo de su escritura. Extinción es el testamento y la summa literaria de uno de los más grandes escritores europeos contemporáneos, quizá el que mejor representa la soledad que emana del humor siniestro y del individualismo radical como única respuesta a la ausencia de Dios. Su escritura, llena de recursos musicales, es una escritura contra el origen, verdadera obsesión que él personifica en el país natal, convertida en un intento de sustitución por la muerte. Con todo ello, Bernhard construye la última gran manifestación literaria del hombre agonista europeo al final del siglo.

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