Preferimos personas

En el tema de portada de este número, nuestros suscriptores hablan de España. En algunas respuestas lamentan la actuación de un partido político o de otro; algunos especifican las siglas, otros no. Las siglas son también un recurso de muchos periódicos: “El PSOE acusa al PP de tal cosa”, se dice, por ejemplo. Las siglas son útiles en algunos casos. Pero la generalización que conllevan facilita la confusión. Las generalizaciones suelen ocultar lo que hay detrás: que un partido está formado por personas. Si creemos que el PSOE y el PP son tal cosa, sin querer damos esas características –a menudo peyorativas– a todas las personas que defienden honradamente a su partido. Todos sabemos que cada partido lo compone gente dispar. Pero esto, que es evidente, resulta difícil de comprobar en España.
En otros países es común que un diputado disienta de las tesis de su partido, lo diga e incluso vote en contra. Un caso reciente es el del inglés Denis MacShane, un diputado laborista que fue ministro de Asuntos Europeos en el gobierno de Tony Blair hasta 2005. Ahora ha decidido que, por un presunto caso de corrupción al nombrar lores del que se acusa a Blair, votará en contra de su partido. Lo cuenta en un artículo en el Daily Telegraph: “Por primera vez, como diputado votaré contra mi gobierno laborista. Me gusta ser leal. Es una virtud muy despreciada en política. Los columnistas animan siempre a los diputados a que seamos independientes”. En España, la lealtad no es una “virtud despreciada en política” porque sin lealtad al partido no hay diputado. ¿Quién podría imaginar a un ex ministro –aunque fuera alguien como José Bono– votando en contra de su partido? Sería acusado incluso de traición. Aquí es la independencia la que sale cara.
Así ha ocurrido también en Estados Unidos, donde en la votación no vinculante sobre la guerra de Irak, 17 congresistas republicanos votaron contra su presidente y partido [ver cuadro “Irak, aún” en esta página]. “Los electores deben saber lo que realmente sientes”, reconoció el republicano de Arizona Jeff Flake.
Esto no pasará en España mientras no cambie el sistema electoral. Aquí votamos a un partido, no a unas personas. El secretario de organización escoge a sus futuros diputados y los coloca en el orden que le place. Son las famosas listas cerradas. El ciudadano lo único que puede hacer es coger una papeleta u otra. Pero no puede escoger los que él crea mejores. Así, la lealtad de un político siempre es hacia su secretario de organización. Esto es un problema político, pero también social. Si votamos a unas siglas, tendemos a estar de acuerdo con lo que dicen sus representantes. Y nos opondremos a lo que digan los del partido rival. Esto se complica cuando se generaliza. “El PSOE es tal” o “el PP es cual”, oímos a veces. Que la voz de un partido sea monolítica facilita estas actitudes. Que no haya libre y sensata disensión dentro del partido, que las disputas internas se jueguen en el campo de los rumores, es un flaco favor a los ciudadanos. Favorece la sensación de que quien no está conmigo, está contra mí.
Un sistema de listas abiertas permitiría un juego político más sereno. ¿En qué quedarían las penosamente célebres dos Españas si en cada bando hubiese personas que mostraran su desacuerdo, sus dudas? Para hablar, para discutir, para votar, nosotros preferimos hacerlo con personas, no con siglas.

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