¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

Íñigo Méndez de Vigo
Si pudiéramos utilizar aquella máquina del tiempo que imaginó H. G. Wells y consiguiéramos traernos del pasado a Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi o a cualquier otro de los padres fundadores con objeto de celebrar con nosotros el 50 aniversario de los Tratados de Roma, y les diéramos un paseo por la Europa de hoy no saldrían de su asombro: nunca hubieran soñado con llegar tan lejos.
Y es que la construcción europea inició su andadura hace 50 años con tres objetivos principales. El primero era la reconciliación franco-​alemana como instrumento para garantizar la paz en el continente. El resultado no ha podido ser mejor. Francia y Alemania han dejado atrás siglos de contiendas fratricidas para acabar hoy enfrentándose a diente partido en los mundiales de fútbol. El segundo objetivo radicaba en la defensa de la democracia y de las libertades; algo en modo alguno obvio cuando del otro lado del telón de acero el comunismo amenazaba con exportar a Europa su ideología totalitaria. Objetivo igualmente cumplido: hoy hasta los comunistas se declaran demócratas. El tercer propósito consistía en asentar la paz y la democracia sobre las bases firmes de prosperidad y bienestar material de los europeos. Las conclusiones son igualmente concluyentes: de un continente arrasado por dos guerras mundiales, la Unión Europea se ha convertido en la primera potencia económica del mundo.
Europa es una realidad. Europa, como le gusta decir a Alberto Navarro, secretario de Estado para la Unión Europea, es como el aire que respiramos. Y al igual que no nos levantamos cada mañana obsesionados por la pureza de ese aire que nos da la vida, también Europa forma parte de la cotidianeidad de nuestra existencia. Porque somos europeos sin saberlo. Y nos apercibimos de la presencia y la influencia de Europa en nuestras vidas en muy contadas ocasiones.
Les contaré una que me ha ocurrido muy recientemente: hace pocos días me tocó llevar a mi hija Inés al colegio. La chica alemana que le ayuda con los intrincados jeroglíficos de la lengua de Goethe sufrió una peritonitis. La ingresamos en urgencias y fue operada al día siguiente con la sola presentación de su tarjeta sanitaria alemana. Esa experiencia me retrotrajo varias décadas cuando de niño acompañé a un amigo que se había roto un brazo a un hospital inglés y para curarle nos exigieron un depósito de no sé cuántas libras esterlinas. La diferencia entre uno y otro caso se llama Europa. La madre de nuestra alemana se personó ipso facto en cuanto le comunicamos el ingreso de su hija en el hospital. Cuando llegó a Madrid nos comentó que el billete de avión desde Hamburgo a nuestra capital le había costado 89 euros. Recordé entonces los 500 euros que pagaba yo hace quince años para volar hasta Bruselas. La diferencia entre una y otra cantidad tampoco es una casualidad. Proviene de la desaparición de los monopolios y del juego de la competencia. La causa tiene también nombre: Europa.
Cuando aquella mañana preparé el desayuno a mi hija, vi que el bote de Cola-​Cao especificaba toda una serie de condiciones que obedecían a normativas europeas para proteger la salud de los consumidores. Más tarde cogimos un autobús que enarbolaba orgulloso el lema de “no contaminante”, de acuerdo, claro está, con la normativa europea. Una vez que llegamos al Kindergarten de Inés comprobé que los juguetes con que se entretenían sus compañeros portaban unas etiquetas donde constaba su sujeción a las normas europeas. Dentro de unos años, esos mismos niños tendrán una oportunidad que no disfrutó la gente de mi generación: atravesarán las fronteras entre países sin guardar colas interminables, sin presentar pasaporte, sin cambiar moneda, sin sacar la carta verde para estudiar un ciclo de estudios en una Universidad europea. Y así podría continuar con ejemplos de la vida de cada europeo ad infinitum.
Pero Europa no ha terminado de construirse. Al contrario, medio siglo después de su creación Europa afronta un proceso de ampliación que reconcilia a los europeos y “cose las dos Europas” según la hermosa imagen de Bronislaw Geremek. La ampliación es un reto, puesto que hemos incorporado a países que representan a un tercio de la población actual de la Unión y un tercio de su territorio, pero cuya renta media equivale también a un tercio de la renta media comunitaria. De ahí la necesidad que teníamos de “repensar Europa”, de echar la mirada atrás para consolidar aquello que había funcionado bien y enmendar todo aquello que requería una nueva formulación para hacer frente a los nuevos desafíos de los albores del siglo XXI.
La nueva situación derivada de la ampliación exigía por tanto un acto refundacional de la Unión. Su resultado fue el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, que los jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros de la Unión Europea firmaron en Roma hace dos años y medio.
Sin embargo, el debate sobre la Constitución europea en dos países fundadores sacó a la superficie un malestar muy generalizado contra Europa y una falta de confianza en el proyecto europeo que destilaba un cierto miedo a un futuro incierto: la ampliación no era percibida como una oportunidad sino como un riesgo que amenazaba puestos de trabajo o generaba un sentimiento de inseguridad. La campaña de los insatisfechos unió en torno al “no” a personajes que no eran capaces de sentarse a tomar un café juntos.
Afortunadamente, dos años y medio después los europeos parecen haberse dado cuenta de que todos aquellos que preconizaban el rechazo a la Constitución no han sido capaces de ofrecer alternativa alguna y que los retos que Europa debe afrontar, llámense éstos el papel de la Unión en la política internacional, la globalización, la ampliación, el euro, la seguridad interior y exterior en nuestro continente, el terrorismo, la inmigración, la educación, los avances tecnológicos, el racismo, la xenofobia o la exclusión social, siguen estando ahí y hay que hacerles frente. Así lo muestra el eurobarómetro publicado a finales de diciembre y según el cual el apoyo a la Constitución europea ha ganado seis puntos en el conjunto de aquellos países que todavía no la han ratificado y, aún más, salvo en Gran Bretaña, en ninguno de ellos el respaldo al texto constitucional baja del 50 por ciento. Y es que hay que tener bien presente que de los 27 países que componen la Unión Europea, 18 de ellos –que representan a 272 millones de europeos– ya han ratificado el Tratado constitucional y sólo en dos (Francia y Holanda) el referéndum consultivo obtuvo un resultado negativo.
La Constitución europea está más viva que nunca. Los europeos han percibido que el Tratado constitucional era una palmaria necesidad y no un capricho de mentes ociosas. La diferencia entre los Tratados actualmente en vigor y el Tratado constitucional puede comprenderse mejor a la luz del siguiente ejemplo: los Tratados actuales son como un minibús construido en los años 50 para seis plazas, el número de los Estados fundadores de las Comunidades europeas. Se trata de un minibús contaminante, con demasiados kilómetros encima, con las ruedas desgastadas, sin dirección asistida ni airbags, sin aire acondicionado ni GPS. El Tratado constitucional es como un autobús recién salido de fábrica, donde pueden acomodarse los actuales 27 Estados miembros y cuenta con los mayores adelantos técnicos y las más altas prestaciones de seguridad. Durante la campaña referendaria en Francia o en Holanda a algunos les pareció insuficiente por no haber incorporado hilo musical o no ser de plasma las pantallas de su televisor y lo rechazaron. Craso error, porque, aún con defectos que nadie ha negado, la distancia entre el minibús de los años 50 y el autobús de 2004 es sideral. El minibús circula, sí, pero a qué velocidad y con qué incomodidades. En estos últimos meses, los europeos hemos comprendido que mientras no entre en vigor el Tratado constitucional seguiremos viajando en aquel minibús concebido para albergar a seis pasajeros y donde hoy habrían de hacinarse 27.
Quedémonos pues con nuestro autobús y dejemos el minibús para que los padres fundadores regresen al pasado pensando, como termina Jean Monnet sus Memorias, que “no podemos detenernos cuando en torno nuestro, el mundo entero está en movimiento”.

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