Qué es el diálogo interreligioso

Jordi Pérez Colomé, Francesc Xavier Marín, Javier Melloni
Jordi Pérez: ¿Cómo nació hace 20 o 30 años el diálogo interreligioso?
James W. Heisig: Hay que aclarar que no nació en las iglesias ni en el mundo académico, sino esporádicamente entre una generación de personas que fueron muy criticadas por buscar una religión a la carta, estilo buffet. Surge cuando alguien dice ‘para mí ir a la iglesia no es suficiente, tengo que ir también al templo budista y hacer yoga’. Cada cual escoge con su bandeja lo que le gusta de las distintas religiones. Esta gente fue muy criticada, se les acusó egoístas, de hacer una religión a su manera. Eso no es una religión verdadera, cierto. Pero cuando pensamos en las grandes causas éticas de hoy: liberación de la mujer, el hambre, la población, el medio ambiente, etc. Todas estas causas sin excepción salieron también de esa generación. No salieron del budismo, del cristianismo o de otra religión. Lo mismo sucedió con el diálogo interreligioso.
Nosotros, los académicos, estamos intentando ponernos al día con el corazón de esa gente. Es verdad que los Papas y otros líderes han hecho documentos hablando de la importancia del diálogo, pero ese no es el modelo. El modelo sale desde abajo.
Francesc X. Marín: Esto es lo que empezaron a hacer en el Instituto Nanzan.
J. Heisig: Cuando empezamos el Instituto Nanzan en 1979, la idea del diálogo casi no existía. Entonces el diálogo era el político, no entre religiones. Así empezaron a nacer cursos sobre diálogo o libros que hablaban de la metodología del diálogo. Era gente que nunca había hablado con nadie de otra religión y que escribían textos sobre cómo dialogar. Se daban reglas antes de experimentarlo. Para nosotros eso resultaba muy raro; no teníamos tiempo para escribir cosas metodológicas sobre el diálogo.
Javier Melloni: El diálogo interreligioso es un nuevo modelo desde donde pensar y vivir la propia fe, que ha surgido en estos 20 o 30 últimos años. ¿Qué implica para ti desde tu rica experiencia?
J. Heisig: Es una actividad bastante esotérica. Es un lugar especial; entras y sales del diálogo. No es la fundación de una espiritualidad, de una mística, de una religión. Lo que pasa con el diálogo de hoy es que tiene una meta, sirve para resolver problemas. Es decir, si hay un problema entre cristianos y musulmanes, se dialoga y cuando se resuelve, se acaba el diálogo. Se ha cumplido su fin. Para mí en cambio el diálogo no tiene principio ni fin. Es algo que debemos hacer porque no somos sólo cristianos. Es algo natural. El diálogo interreligioso es como hacer el amor. Cuando tiene finalidad, una meta, ¿para qué? Es una cosa que se hace y punto. No se puede buscar si fue bien, si tuvo resultado. Cuando es perfecto, no se piensa en la finalidad.
J. Pérez: Es un proceso.
J. Heisig: ¿En qué consiste exactamente? Yo lo explico así. Hay varias corrientes de la ceremonia del té en Japón. En una de ellas hay una explicación de cómo uno se hace maestro de té. Consiste en tres etapas. La primera es conservar. ¿Conservar qué? La forma, la forma de la ceremonia del té. Tú escuchas a tu maestro y haces todo lo que te dice. Si te dice que dobles el pañuelito cinco veces en lugar de cuatro, lo haces así. Si te dice que debes inclinar la tetera 43 grados y no 45, lo haces. Obedeces al maestro hasta que tú has incorporado la forma de la ceremonia. Esto requiere diez años, sin quejas. Sólo obedeciendo. Después de diez años no se puede decir que has entendido la ceremonia. Tú ‘eres’ la forma. Si todo el mundo que conoce la ceremonia, si todos los libros que la describen desaparecieran, la ceremonia seguiría contigo. Pero es sólo la primera etapa. La segunda etapa es alejarse de la forma. Alejarse no significa hacer estudios de la ceremonia del té comparada con los sacramentos de la misa o la ceremonia china del siglo xvii. Alejarse es dar un paso atrás y ver desde fuera lo que tú eres. La psicología dice que hay que conocerse a uno mismo objetivamente, no sólo con nuestros propios ojos. ¿Pero cómo puede uno mismo verse objetivamente? Esta es una forma, convertirse en forma exterior y luego dar un paso atrás para verse. Este dar un paso atrás –uno solo– exige diez años más.
J. Pérez: ¿Cómo se consigue eso?
J. Heisig: Pues igual que uno reflexiona o piensa sobre sus prejuicios.
J. Melloni: En la primera parte la energía está destinada a aprender.
J. Heisig: A aprender pasivamente. La segunda es activa. Y la tercera etapa es romper la forma. No quiere decir destruirla, sino cambiar un detalle, sólo uno. Pero ¿qué detalle? Tres pliegos del pañuelo en lugar de cinco, cinco gotas en lugar de cuatro. Para saber qué cambiar, diez años más.
J. Melloni: ¿Cada cual cambia lo que quiere?
J. Heisig: Sí, sino sería pasivo. Tú haces una aportación. Es un detalle en la ceremonia que queda para siempre. Y luego ya eres un maestro y puedes enseñar. Voy a poner un ejemplo para que se entienda: pensemos en la vida de Jesús, unos treinta años. En los primeros años, qué hizo: aprender. Aprender lo que aprenden los de su edad. Luego fue al desierto. Se alejó de la civilización, de su familia, de todo. Luego volvió y se hizo judío. Después, en su tercera etapa, cambió sólo un detalle y modificó para siempre la tradición. ¿Qué hizo? En lugar de llamar Dios a Dios, lo llamó padre. Eso es lo único que cambió. Por lo demás fue judío. Nunca en el Antiguo Testamento se llama a Dios papá, pero Jesús cada vez que reza, sin excepción, dice ‘papá’.
J. Pérez: ¿Qué relación tiene todo esto con el diálogo entre religiones?
J. Heisig: El diálogo está en nosotros. San Juan pone en boca de Jesús estas palabras: ‘Tenéis que estar en el mundo sin ser del mundo’. En el diálogo creo que ocurre lo mismo: uno debe ser del cristianismo sin estar en el cristianismo. El diálogo es un foro que no pertenece a ninguna tradición. Yo soy una persona educada en el cristianismo, lo llevo conmigo, pero no represento toda la teología, la tradición, los magisterios. Nada de eso. Sólo soy una persona, un ejemplo, bueno o malo, del cristianismo entrando en el foro. Y hablo con personas de otras tradiciones que dejan en gran parte su fe en la puerta. Como si fueran armas. Como los cowboys que entran en un salón y dejan las armas fuera. Entran como personas educadas en varias fes, pero sólo personas. No es una fe, ni una comunidad, es sólo una experiencia y luego regresas a la vida habitual. Después de la experiencia de muchos años en diálogo, uno puede empezar a pensar que hay algo en el cristianismo que yo puedo cambiar, como en la ceremonia del té. Yo estoy pensando algo ahora pero todavía no tengo la seguridad.
J. Pérez: ¿Qué es?
J. Heisig: No, no, no me atrevo a decirlo aún.

SER BILINGÜES
J. Melloni: ¿Estaríamos de acuerdo en que las religiones, más que distintas lenguas, son diferentes métodos para aprender la misma lengua?
J. Heisig: Esto tengo que pensarlo, pero sí, estoy convencido de que no hay ninguna idea budista que no pueda traducir al cristianismo.
J. Pérez: ¿Ninguna?
J. Heisig: Su posición en la teoría y en la vida religiosa es distinta, pero las ideas siempre se pueden traducir. Yo creo que tenemos que hacernos religiosamente bilingües. Yo sé que hablo el budismo con un acento cristiano bastante fuerte; pero lo hablo. Como mis compañeros hablan cristianismo con un acento bastante japonés. Pero de todos modos comulgamos. Porque si conoces un solo idioma, no sabes qué es el idioma. Eres como un pez cuando le preguntan ‘¿qué es el agua?’ y responde: ‘¿El agua? ¿Qué es el agua?’ Sabiendo un segundo idioma conoces por primera vez los límites de tu propia lengua: lo que puede decir y lo que no. Así aprendemos en el Nanzan qué es la religión. Esto es algo que sólo puede ocurrir en el diálogo interreligioso. La pertenencia doble o múltiple va a ser típica de ahora en adelante. Ha sido normal en Oriente desde hace mucho tiempo, pero no para nosotros.
J. Pérez: ¿Por qué no?
J. Heisig: Pues porque en el cristianismo –que igual que el islam es una excepción en la historia de las religiones– el centro es el dogma, la doctrina. Mientras que la práctica puede cambiar. En Oriente, en cambio, la doctrina es periférica. Por eso cuando en diálogo interreligioso hablamos de los dogmas del cristianismo y del budismo, estamos hablando de algo central para una tradición y periférico para la otra. Este modelo no puede salir del mundo académico, porque siempre se interesa por el dogma. Pero la gente que sigue su corazón no les interesa tanto el dogma, sino su experiencia religiosa. Por ejemplo, si vamos a la iglesia y después del sermón nos invitan a estar de pie y a confesar nuestra fe, fijémonos en qué consiste: ‘Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra y en Jesucristo su Hijo Único, Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, que nació de María Virgen, que murió, resucitó, creo en el fin del mundo, en la comunión de los santos, en la Iglesia, etcétera’. Es decir, mitos y metafísica. Pero en este credo –la fundación, la confesión de mi fe– no queda ni una palabra de las enseñanzas de Jesús. Ese es mi motivo para ser cristiano: poner la otra mejilla, morir por sus amigos, de olvidarte de ti mismo, de ser como los lirios del campo. Por esto yo soy cristiano y no por el Dios de luz de luz, unigénito y esas cosas que no tienen nada que ver con la vida de cada día. Es la gente que sigue su corazón y que tiene a Jesús como maestro la que provoca el diálogo. El diálogo es la búsqueda de un nuevo maestro, o de varios maestros. Tener varios maestros no es un problema, tener varios dogmas es un problema porque solo uno de ellos puede tener razón.
J. Melloni: ¿Ser bilingüe religiosamente significaría hacer la ceremonia del té de dos modos distintos o sería aprender la ceremonia del té, el tiro al arco u otros ejercicios, donde cada práctica pertenece a una religión y cada una de ellas requiere la misma atención, finura y virtud?
J. Heisig: Hay muy pocas personas que puedan vivir en dos tradiciones simbólicas distintas. Lo que yo sé del shintoismo es puramente académico. El budismo lo conozco un poco más. El islam sólo lo conozco por libros. Pero cuando estamos en diálogo no tengo que entender muy bien el budismo, porque estamos buscando el idioma que podemos hablar todos. No pertenece a nadie.

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