Más penas, más

El Código Penal crece. El Gobierno acaba de aprobar una reforma del Código Penal que entrará en vigor en 2008. “Nace un Código Penal más duro para combatir los delitos del siglo xxi”, titulaba un periódico. No valoraremos la necesidad de ajustar el Código a nuevos delitos –relacionados con las nuevas tecnologías o la conducción– o clarificar otros, como los fiscales o económicos.
Sí que dudamos que la solución para los delitos sea, cada vez más, la cárcel. Siempre la cárcel. La cárcel es, suponemos, el método más simple para acallar voces contra la delicuencia. Pero una sociedad puede ser más valiente.
En Estados Unidos, sólo se han dado cuenta de que enviar a menores a reformatorios es inútil y caro cuando ya no les cabían: entre 1990 y 2004, los jóvenes encerrados crecieron en un 208 por ciento. “La gente ha visto que encarcelar en sí mismo, en los niveles en que lo estábamos haciéndo, no tiene por qué funcionar”, dice un miembro de una organización dedicada a la justicia juvenil. Ahora proponen otro enfoque y empiezan a implantar métodos alternativos como servicios de salud mental, escuelas alternativas y programas religiosos o comunitarios que pueden ayudar a los jóvenes. Todo esto sucede en el país con más internos adultos por habitante: 1 de cada 32 norteamericanos está en la cárcel o en libertad condicional.
Quizá para renovar la actitud ante las penas de prisón en España no tengamos que llegar tan lejos.

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