Mi discoteca de cantautores del mundo

Enric Escorsa
Me gusta la música popular, en especial la de los cantautores. Me refiero a aquellos que interpretan lo que ellos mismos componen o escriben, no tanto por el hecho de que formen parte de un movimiento determinado ni porque representen a un pueblo o grupo de gente específico, sino por el hecho de que –quizá por su individualidad que les mantiene un poco al margen de ciertas imposiciones comerciales– logran que los sienta más cercanos. Muestran su propia visión del mundo, sus preocupaciones y por ello suelen dar especial importancia a los elementos líricos, incorporando la tradición musical propia de su cultura pero aportando, de manera natural, su contexto más íntimo. He tratado de escoger algunos que me han marcado para siempre.

Franco Battiato (Italia)
“Fisiognomica” (1988)
Battiato lo ha hecho todo, desde la música más cursi hasta la dodecafónica, pasando por la música ambiental (al parecer se irrita cuando se atribuye a Brian Eno la creación de la música “ambient”, que él hacía mucho antes). Ha hecho discos de música pop nunca convencionales (su discografía de los años 80 –a pesar de que el mismo califica de “ligera”– no tiene desperdicio), también ha hecho varias óperas e incluso una misa. Su música me hace reír y llorar, me pone la piel de gallina, la encuentro sugestiva (también sus letras, surrealistas collages de estados de ánimo y pensamientos). Su timbre de voz es único (debido seguramente a su enorme nariz). Creo que es uno de los músicos actuales más interesantes; aún sigue sacando discos, prolífico y vanguardista –pese a sus 60 años– como pocos. Es más bien malinterpretado y mal conocido, sobre todo en España. Ha pecado alguna vez de pretencioso, pero incluso entonces no ha dejado de sorprenderme con su apabullante sinceridad. Siempre he creído que si lo conociera nos llevaríamos muy bien.

Manu Chao (Francia)
“Casa Babylon” (2002)
Me admira la vitalidad que muestra Manu Chao y su facilidad para captar el ambiente de las calles (leí que grabó la base de las canciones de su disco “Clandestino” en un estudio que el mismo montó dentro de una furgoneta). En su música se respira el viaje, la aventura. Junto con otros músicos y artistas franceses se embarcó, el año en que se celebraba el quinto centenario del descubrimiento de América, desde Francia en un barco de “saltimbanquis” haciendo escala en ocho puertos de América. Llegaron a cuarenta ciudades y unos quince países, durante cuatro meses. Luego, de allí se desplazó con un carrito de cuatro ruedas, a través de vías de tren semi abandonadas, junto con una pequeña orquestra ambulante, por pueblos del interior de Colombia a dar conciertos. El disco “Casa Babylon” refleja esa experiencia. Su pasión por la música y por la diversidad del mundo contagia. Sus letras son vivísimas, directas –de gramática nefasta, por cierto– y emocionantes. El disco se desarrolla sin pausa a través de un encadenamiento de canciones caótico y preciso.

Salif Keita (Mali)
“Moffou” (2002)
En general aborrezco a los virtuosos, me desagradan los músicos que aprovechan la mínima ocasión para hacer ostentación de su talento o habilidad instrumental, a menudo muy a expensas de la canción, o de expresar algo. Hay gran cantidad de música excepcional hecha por gente sin apenas técnica ni formación, pero con capacidad de expresar emoción en cada sonido que producen. Tiendo, pues, a ser un poco reticente a cierto jazz, cuando se vuelve música sólo para músicos, o a cierto rock engreído, e incluso a alguna música original como el blues o ciertas músicas africanas que a veces repiten mecánicamente patrones ancestrales. Salif Keita, a quién en sus primeros discos con “Les Ambassadeurs” encontré insípido, luego se me confirmó como una excepción reveladora. Su potente voz y sus melodías llenas de melancolía, ritmo, paisaje y misterio me estremecieron. Tiene algunas canciones demoledoras en las que sus gritos desgarrados se desbocan por encima de sólidos coros femeninos y ritmos sincopados en tensión creciente. La propia historia personal de Salif Keita, de tintes novelescos, contribuye a rodear a éste músico de un halo legendario: al ser albino, parece ser que su pueblo lo discriminó (lo consideraban la encarnación de algún poder maligno). A los 18 años, dejó su pueblecito natal y se mudó a la capital del país, Bamako. Allí pasó un tiempo como músico callejero, hasta que se unió a diversas bandas de músicos, con las que viajó por África, hasta que finalmente se trasladó a París, donde, como tantos otros grandes músicos de su continente, encontró el respaldo de la industria discográfica para iniciar una carrera en solitario. Sus últimos discos no pierden inspiración; para ejemplo, la primera canción del disco que he escogido: la romántica y emocionante “Yamore”, cantada con otra enorme cantante de Cabo Verde, Cesárea Evora.

Tom Waits (Estados Unidos)
“Frank’s Wild Years” (1987)
Me da la impresión que a medida que la voz del músico Tom Waits se ha ido desgarrando por el paso del tiempo –y del alcohol (estremece escuchar la voz casi adolescente de sus primeros discos, al lado de la voz irremediablemente Louis Armstrong de sus últimos)– su discurso también se ha ido haciendo más rico. Desde el blues bastante convencional de sus principios, hasta el personal estilo subterráneo, húmedo y siniestro de ambientes circenses, cabareteros y de inverosímiles valses y polcas de sus posteriores discos. Tiene canciones de una asombrosa riqueza rítmica, llenas de originales percusiones y sonidos de texturas sorprendentes. Sus baladas, son tiernas, melancólicas y románticas y en ellas muestra una sensibilidad extrema, el sufrimiento y el desamparo de un eterno enfermo de amor. La verdad es que es un individuo un poco extraño. Su expresión al cantar es, a menudo, monstruosa; a uno le cuesta creer que un personaje tan extremo sea real. Es innegable su histrionismo (es además un excelente actor). Con todo muestra una vasta amplitud de registros expresivos. A veces parece como si, en realidad, no quisiese salir de su mundo. Mientras lo siga construyendo tan coherentemente mágico, y quiera seguir mostrandolo, que se quede allí; pero que se cuide un poco.

Lila Downs (México)
“One blood” (2004)
Un amigo me dejó hace poco este disco de Lila Downs sin que yo tuviera ninguna referencia. Su voz es sobrecogedora, destaca en medio de estructuras musicales sencillas, por su increíble versatilidad y por su fuerte carisma. Pronto quise saber más sobre ella: hija de un documentalista y pintor norteamericano que se encontró con una mujer mixteca que cantaba en Ciudad de México, vivió entre las montañas de la sierra Madre del sur de México, Oaxaca y Los Ángeles, donde estudió canto y fue a la universidad (hizo su tesis sobre el simbolismo en los tejidos de la mujer Triqui). Canta utilizando las lenguas mixteca, zapoteca, maya, nahuátl, y sobre todo español e inglés. Se parece incluso físicamente a Frida Khalo (precisamente colaboró en la música para la reciente película sobre la vida de la pintora). En este sentido sería el clásico ejemplo de icono de artista mestiza, tan de moda en estos tiempos, aunque, para mí, su personalidad y su calidad interpretativa la mantienen al margen del estereotipo. En el disco hay una canción fuera de lo común; una canción de cuna llamada Tiringini Tsitsiki, que te susurra deliciosamente al oído en una lengua zapoteca que se entiende a la perfección, porque, es, en realidad, la misma lengua con qué los hijos entienden a sus madres.

Caetano Veloso (Brasil)
“Tropicalia” (1993)
Caetano Veloso es un músico impresionante, de extrema sensibilidad e irresistible sensualidad (muy femenino). Capaz de extraer de su guitarra, con una facilidad técnica asombrosa, toda la riqueza de matices de los acordes de la bossa nova y cantar con voz de terciopelo y exquisita calidez. Pero a la vez –casi paradójicamente– es un artista alocado y rompedor y un crítico pensador de su país. A finales de los sesenta abanderó el tropicalismo, un movimiento que actualizaba y generalizaba, el pensamiento del escritor modernista Oswaldo de Andrade, quien, a grandes rasgos, había propuesto recuperar los motivos de la cultura indígena y reprocesar la información extranjera para crear un arte nuevo originalmente brasileño, estableciendo un puente entre los mundos rural y urbano, la alta cultura y la cultura popular, el buen y el mal gusto. Caetano Veloso retoma el ambicioso manifiesto de Andrade junto con otros artistas de su generación (en el ámbito musical, los compañeros conocidos como los bárbaros dulces: su inseparable Gilberto Gil, Gal Costa y su hermana Maria Bethânia) con un ánimo fundamentalmente expansivo y liberador en un momento de dictadura militar y represión de libertades; Caetano y Gilberto fueron encarcelados por motivos políticos. Luego ambos se exiliaron a Londres, donde pudieron influenciarse de la música anglosajona del momento. Caetano regresó al cabo de pocos años a su añorada Bahía, para seguir nutriendo su estilo de elementos rock, del reggae jamaicano, y también de la música nigeriana. Músico muy prolífico, ha gravado infinidad de discos dónde ha combinado canciones originales con exóticas versiones, siempre con la base de la samba –que poco tiempo atrás su admirado Joâo Gilberto había revolucionado– y siempre expresándose sin prejuicio, más bien con un descaro y una frescura casi insultantes.
Si tuviera que elegir una canción suya, elegiría “Terra”, una canción de amor planetaria: “Cuando me encontraba preso/​en el fondo de una celda/​yo te vi por vez primera/​en una fotografía/​en que apareces entera/​aunque no estabas desnuda/​sino cubierta de nubes/​tierra, tierra”.
Disfruto de tantos otros cantautores actuales. La prodigiosa cantante y compositora islandesa Byörk y la rockera P. J. Harvey con su increíble fuerza desnuda, guitarristas de técnica exquisita y a la vez tan sensibles a lo que pasa en el mundo como el canario Pedro Guerra o el uruguayo Jorge Drexler, de letras tan poéticas, vitalistas como el californiano Van Dyke Parks inundando de arreglos sus canciones, o locos solitarios y atormentados paisajistas sonoros como Scott Walter con su voz fantasmal o Robert Wyatt con su inconfundible voz quebrada, el rosellonés Pascal Comelade y el mallorquín Joan Miquel Oliver, tras Sisa, recuperando la naturalidad infantil, egocéntricos existencialistas pero tan sinceros como el enfermizo Morrissey y el barroco Rufus Wainwright o el ácido Alfonso Vilallonga. ¡Y todos caben en mi discoteca!

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