MAYORES: Odio el ocio

Francesc González Ledesma
No es un juego de palabras. Es que no logro concebir el tiempo vacío, el tiempo que no se dedica absolutamente a nada. De las definiciones de “ocio” que de la Academia, no me quedaré jamás con la primera (“inacción o total cesación de actividad”), sino con la última: (“obras de ingenio que uno realiza en los ratos que le dejan libres sus ocupaciones”). No acabo de entender a los jubilados que dicen orgullosamente: “Jo no foto res de res” [Yo no hago nada de nada], y menos a los prejubilados, ante una vida tan corta que nunca se debe regalar al vacío.
Supongo que eso me convierte en un tipo vagamente insoportable, que no admite ni el delicado placer de mirar las nubes con las manos a la espalda. Y debería hacerlo: acostumbrado desde los 16 años a jornadas inhumanas, entiendo el elemental derecho –que ha costado sangre– a ser lo que un día uno quiso ser de niño. Pero me cuesta creer que, de niño, uno ya quisiera ser un viejo. Hay cosas en la vida que uno tuvo que dejar pendientes, y esas cosas deben hacerse en el ocio, si es posible ahora. Al fin tienes tiempo, pues aprovéchalo.
Yo aprovecho el tiempo mal, debo confesarlo con vergüenza, y más después de tratar de convertirme en apóstol: ya en la raya de mis frágiles ochenta, debería hacer más cosas, entre ellas dedicar a mis nietos el tiempo que no supe dedicar a mis hijos. Pero la vida no me ha dado nietos: me ha dado mil libros que aún no he podido leer, mil páginas que aún no he sabido escribir y mil calles llenas de vida que aún no he recorrido. Por lo tanto leo infatigablemente y escribo –cada vez peor– aun sabiendo que tengo la batalla perdida. También camino y camino en busca de las calles, pero resulta que ni eso es ocio: el andar me lo ha recomendado el médico.
Perdónenme un último consejo malvado. Usted siempre tuvo un sueño: pues hágalo despertar.

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